Aguinaldo del Rector Mayor 2011 (III)

abril 6, 2014

Anuncios

Aguinaldo del Rector Mayor 2011 (II)

abril 6, 2014

«Venid y veréis»
(Jn 1,39)
LA NECESIDAD DE CONVOCAR

Roma, 25 de diciembre de 2010
Solemnidad de la Natividad del Señor
Queridísimos hermanos:
Estéis donde estéis, mi saludo os lleva mis deseos vivísimos de una bella, gozosa y fecunda celebración del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Evidentemente no se trata de una afirmación de fe que no tenga que ver nada con vuestra vida. Al contrario, esta confesión de fe se convierte en una declaración del misterio de la persona humana y, por tanto, de un programa de vida. En efecto, Él se hizo hombre en plenitud, como nosotros, compartiendo en todo, menos en el pecado, nuestra pobre condición humana para que nos convirtiésemos en hijos de Dios. No vino a consagrar nuestra naturaleza humana, sino a transformarla desde dentro, y hacerla nueva asumiéndola plenamente. Esta es nuestra vocación: reproducir fielmente en nosotros su imagen (cfr. Rom 8, 29), y también nuestra misión: «educamos y evangelizamos siguiendo un proyecto de promoción integral del hombre, orientado a Cristo, hombre perfecto» (Const. 31).Después de mi última carta, podéis encontrar las actividades durante estos meses leyendo la crónica del Rector Mayor, aunque ANS ofrece un servicio actualizado de casi todos mis viajes, visitas, trabajos e intervenciones. Sin embargo creo que es oportuno que me refiera a algunos hechos y / o celebraciones más importantes.Ante todo, la visita extraordinaria a la Delegación de Malta, a primeros de septiembre, mientras mi Vicario visitaba Irlanda, fue una ocasión para revivir la experiencia de acercarme a las comunidades no por motivos de fiesta o celebraciones, sino para conocer las presencias salesianas, los ambientes en que se encuentran viviendo la vida salesiana y realizando la misión, los retos que afrontan y los proyectos que llevan adelante. De ordinario en la Congregación las visitas extraordinarias las hacen los Consejeros Regionales u otros visitadores, a tenor del art. 104 de los Reglamentos que establece: «El Rector Mayor puede visitar personalmente o por medio de otros las Inspectorías y las comunidades, cuando constate la necesidad». Pienso que para los hermanos la visita ha sido una ráfaga de aire fresco en los pulmones y para mí una verdadera gracia.

La Asamblea mundial de los Antiguos Alumnos, al final de septiembre y comienzo de octubre, se realizó en un clima de gran serenidad y responsabilidad. Una vez más pude constatar la inmensa energía que tenemos a disposición en esta Asociación, de la que, sin embargo, no hemos logrado gozar plenamente. Pienso que estamos desperdiciando un potencial que podría tener gran relevancia si ayudásemos a los exalumnos a pasar de la simple anécdota de haber sido alumnos de una escuela salesiana a la toma de conciencia del don de la educación salesiana y, por consiguiente, a su tarea de enriquecer a las familias y a la sociedad con los valores asimilados y a actuar como verdaderas federaciones y confederaciones con proyectos claros y eficaces. Aquí tenemos un reto que asumir como Congregación.

Sin embargo, según creo, el hecho más importante que hemos celebrado en este periodo ha sido el Congreso Internacional “Don Rua en la historia”, que ha visto la admirable y total representación de las Inspectorías de toda la Congregación, la participación cualificada de las Hijas de María Auxiliadora y algunos otros miembros de la Familia Salesiana. Junto al Congreso organizado hace un año por la ACSSA (Associazione di Cultori di Storia Salesiana), este Congreso Internacional nos ha ofrecido como el más precioso fruto una imagen verdaderamente rica, diría que inédita, de Don Rua. De ahora en adelante no se podrá seguir etiquetándolo con los clásicos clichés usados para definirlo como “la Regla viviente” o “el otro Don Bosco”, sino que se le deberá estudiar sabiendo que representa la fase de la historia más relevante para la Congregación, es decir, la de la transición después de la muerte de Don Bosco fundador. Mientras deseo que las Inspectorías organicen congresos o seminarios inspectoriales sobre el tema, os invito a todos a que leáis y estudiéis los textos ya recogidos de los dos Congresos. Será el arranque mejor para la preparación al bicentenario del nacimiento de Don Bosco.

No puedo además dejar de recordar la reunión de todos los Inspectores de Europa, convocados en Roma los días 26-28 de noviembre, para continuar la reflexión – ya desarrollada en los dos encuentros anteriores – sobre el “Proyecto Europa”. Ese Proyecto se propone realizar la revitalización endógena del carisma en Europa; poner en marcha y consolidar los procesos de resignificación, recolocación y redimensionamiento de las presencias salesianas en ese continente; asumir la tarea de la nueva evangelización para Europa, también con el envío de “misioneros” procedentes de todas las partes de la Congregación. Este tercer encuentro de los Inspectores de Europa ha contribuido a dar mayor claridad y a dar concreción a los objetivos que se deben alcanzar en el bienio 2011-2012.

Finalmente, antes de presentaros el Aguinaldo de 2011, recuerdo que don Marek Chrzan ha sido nombrado Consejero para la Región de Europa Norte después de la renuncia por motivos de salud de don tefan Turansk3í, al que públicamente renuevo mi gratitud por el generoso servicio realizado estos dos años y medio desde el momento de su elección. Además, he nombrado Postulador para las Causas de beatificación y canonización a don Pier Luigi Carneroni en sustitución de don Enrico dal Covolo, nombrado por el Santo Padre Rector Magnífico de la Universidad Pontificia Lateranense y después ordenado Obispo.

Y sin más paso a presentaros el Aguinaldo de 2011. Lo hago con la certeza de haceros un regalo grato, tanto por el valor que el Aguinaldo tiene como tal en nuestra tradición salesiana desde los tiempos de Don Bosco, como por el tema elegido que interesa a nuestra vita y nuestra misión. Os invito a ayudar a los jóvenes a descubrir que la vida es vocación y, más en concreto, a madurar proyectos de vida apostólica por medio de la educación en la fe, la inserción en la Iglesia, la escucha de la Palabra, la oración, la participación en la vida sacramental, el acompañamiento espiritual y la iniciación en el trabajo apostólico.

COMENTARIO DEL RECTOR MAYOR AL AGUINALDO PARA 2011

Queridos hermanos y hermanas,
miembros todos de la Familia Salesiana y amigos de Don Bosco:

Os saludo con el gran afecto y la estima que siento por cada uno de vosotros deseándoos un año nuevo lleno de las bendiciones que el Padre ha querido darnos en la encarnación de su Hijo.

Os escribo para presentar el Aguinaldo de 2011, con la certeza de haceros un regalo agradable, tanto por el valor que el Aguinaldo, como tal, tiene en nuestra tradición salesiana desde los tiempos de Don Bosco, como por el tema escogido que interesa a nuestra vida, a nuestra misión y a nuestra capacidad de ayudar a descubrir que la vida es vocación, como también por el momento que vivimos como Iglesia y Familia Salesiana, sobre todo en Occidente.

Después del Aguinaldo de 2010, «Señor, queremos ver a Jesús», sobre la urgencia de evangelizar, me ha parecido lo más lógico y natural hacer una cálida llamada a toda la Familia Salesiana a sentir, junto a nosotros los Salesianos, la necesidad de convocar. En efecto, nosotros, los Salesianos

«sentimos hoy con más fuerza que nunca el reto de crear una cultura vocacional en cada ambiente, de modo que los jóvenes descubran la vida como llamada y que toda la pastoral salesiana sea realmente vocacional. Esto requiere ayudar a los jóvenes a superar la mentalidad individualista y la cultura de la autorrealización, que los impulsa a proyectar el futuro sin ponerse en la de Dios; esto pide también implicar y formar a las familias y a los laicos. Debe imponerse un compromiso especial en suscitar entre los jóvenes la pasión apostólica. Como Don Bosco, estamos llamados a animarlos a ser apóstoles de sus compañeros, a asumir diversas formas de servicio eclesial y social, a implicarse en proyectos misioneros. Parar favorecer una opción vocacional de compromiso apostólico, a esos jóvenes se les deberá proponer una vida espiritual más intensa y un acompañamiento personal sistemático. Este es el terreno en el que florecerán familias capaces de un auténtico testimonio, laicos comprometidos en todos los niveles de la Iglesia y de la sociedad así como para la vida consagrada y para el ministerio»1.

Evangelización y vocación, queridos hermanos y hermanas, son dos elementos inseparables. Más aún, criterio de autenticidad de una buena evangelización es su capacidad de suscitar vocaciones, de madurar proyectos de vida evangélica, de implicar totalmente a la persona de los que son evangelizados, hasta hacerlos discípulos y apóstoles.

Un dato histórico de la vida de Jesús, confirmado por los cuatro evangelistas, es que, desde el comienzo de su actividad evangelizadora (cf. Mc 1,14-15), Jesús llamó a algunos a seguirlo (cf. Mc 1,16-20; Mt 4,18-19; Lc 5,10-11; Jn 1,35-39). Estos primeros discípulos suyos se convirtieron de ese modo en «compañeros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado» (Hch 1,21-22). La vocación de estos primeros discípulos según el Evangelio de Juan, es fruto de un encuentro personal que suscita en ellos una atracción, una fascinación que transforma su mente y sobre todo sus corazones, al descubrir en Jesús a Aquel en el que se realizan las esperanzas más profundas, las profecías, el Mesías esperado. Esta experiencia los une de tal modo a la persona de Jesús, que le siguen con entusiasmo y comunican a otros su experiencia, invitándolos a compartirla encontrándose con Jesús personalmente. El Evangelio de Lucas habla también del grupo de mujeres que acompaña y atiende al Señor (cf. Lc 8,1-3) lo que quiere decir que Jesús tenía mujeres entre sus discípulos, algunas de las cuales serán testigos de su muerte y resurrección (cf. Lc 23,55-24,11.22).

Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a ser para los jóvenes verdaderos guías espirituales, como Juan Bautista que señala a Jesús a sus discípulos diciéndoles:«/He ahí el Cordero de Dios!» (Jn 1,36). De ese modo ellos le seguirán, de manera que Jesús, dándose cuenta de que algunos lo seguían, se dirigirá a ellos directamente con la pregunta: «¿Qué buscáis?», y ellos, llenos del deseo de conocer en profundidad quién es este Jesús, le preguntarán: «Rabbí, ¿dónde vives?» (Jn 1,38). Y él los invitará, corno a primeros discípulos, a tener una experiencia de convivencia con él: «Venid y veréis». Algo inmensamente bello habrán experimentado desde el momento en que lueron, vieron dónde vivía y aquel día se quedaron con él» (Jn 1,39).

He ahí una primera característica de la vocación cristiana: un encuentro, una relación personal de amistad que llena el corazón y transforma la vida. Este encuentro transformador es la fe que, animada por la caridad, convierte a los creyentes y a las comunidades cristianas en propagadores de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Así lo expresa Pablo en la carta a la comunidad de Tesalónica: «Abrazando la palabra, os habéis convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya; partiendo de vosotros, en efecto, ha resonado la Palabra del Señor y se ha difundido por todas partes» (cf. 1 Ts 1,7-8). Estamos, pues, llamados a renovar en nosotros este dinamismo vocacional: comunicar y compartir el entusiasmo y la pasión con la que estamos viviendo nuestra vocación, de modo que nuestra misma vida se convierta en propuesta vocacional para los otros. Exactamente como hizo Don Bosco, que más que campañas vocacionales supo crear en Valdocco un microclima en el que crecían y maduraban las vocaciones, formando una auténtica cultura vocacional en la que la vida se concibe y se vive como don, como vocación y misión, en la diversidad de las opciones.

1. Volver a Don Bosco

Invitados a volver a partir desde Don Bosco para entender cada vez mejor y poder asumir con mayor fidelidad la pasión que ardía en su corazón y lo impulsaba a buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas, imitémoslo en su incansable actividad en promover vocaciones al servicio de la Iglesia, el fruto más precioso de su obra de educación y evangelización, de formación humana y cristiana de los jóvenes. Su experiencia y sus criterios y actitudes podrán iluminar y orientar nuestro compromiso vocacional.

«Don Bosco, aun actuando con incansable generosidad en promover diversas formas de vocación en la Iglesia, llamaba a algunos jóvenes a quedarse para siempre con él. También para nosotros la propuesta de la vocación consagrada salesiana, dirigida a los jóvenes, forma parte de la fidelidad a Dios por el don recibido. A esto nos impulsa el deseo de compartir la alegría de seguir al Señor Jesús, quedándonos con Don Bosco, parar dar esperanza a muchos otros jóvenes de todo el mundo»2

Don Bosco vivió, no lo olvidemos, en un ambiente poco favorable y en algunos aspectos contrario al desarrollo de las vocaciones eclesiásticas. El nuevo régimen constitucional del Reino Sardo, con las consiguientes libertades de prensa, de conciencia, de cultos, y la potencial «des-confesionalización» del Estado, había producido una creciente disensión con la Iglesia. La libertad de culto y la activa propaganda protestante desorientaban al pueblo sencillo, presentando una imagen negativa de la Iglesia, del Papa, obispos y sacerdotes. Se había creado en el pueblo y sobre todo entre los jóvenes un clima nacionalista impregnado de las ideas liberales y anticlericales.

El mismo Don Bosco escribía recordando aquellos tiempos: «un espíritu de vértigo se levantó contra las órdenes religiosas y las congregaciones eclesiásticas; después, en general, contra el clero y todas las autoridades de la Iglesia. Este grito de furor y de desprecio por la religión llevaba consigo la consecuencia de alejar a la juventud de la moralidad, de la piedad; y por tanto de la vocación al estado eclesiástico. Por eso no había ninguna vocación religiosa y casi ninguna para el estado eclesiástico. Mientras las instituciones religiosas se iban poco a poco desintegrando, los sacerdotes eran vilipendiados, algunos metidos en la cárcel y otros en arresto domiciliario; ¿cómo iba a ser posible, humanamente hablando, cultivar el espíritu de vocación?»3.

Pero mirad, queridos hermanos y hermanas, cómo reacciona Don Bosco. No se pierde en lamentos, sino que enseguida se industria para recoger y cultivar vocaciones y promover la formación de jóvenes seminaristas que se habían quedado sin seminario, cuidar a los muchachos de buena índole y encaminarlos a la carrera eclesiástica. En el Oratorio, junto a los jóvenes trabajadores, huérfanos, Don Bosco acoge muy pronto a muchachos y jóvenes de buen espíritu que manifiestan signos para orientarse hacia el sacerdocio y a la vida religiosa. Se dedica con atención y prioridad a su formación, una formación activa y práctica con un acompañamiento personal y en un ambiente de fuerte valor espiritual y apostólico. Desde los años ’60 a la sección «estudiantes» del Oratorio de Valdocco se la considera una especie de seminario. El mismo Don Bosco escribe en las Memorias del Oratorio «que la casa del Oratorio durante casi 20 años se convirtió en seminario diocesano»4. Según lo que escribe don Braido, entre 1861 y 1872 entraron en el Seminario de Turín 281 jóvenes procedentes del Oratorio.

1.1. ¿Cómo resuelve Don Bosco este empeño para promover vocaciones?

Ante todo Don Bosco prestaba atención especial a descubrir los posibles signos de vocación en los jóvenes con los que entraba encontacto cuando iba a predicar en las iglesias de los pueblos y en los jóvenes acogidos en el Oratorio de Valdocco. Él advierte que, en medio de la masa de sus jóvenes, en algunos aparecen las condiciones para una propuesta vocacional, hasta entonces ocultas por una costra de rudeza e ignorancia. Estos pobres oratorianos, en efecto, unían a la buena conducta un ingenio despierto; los pone, pues, a prueba como animadores entre los compañeros y los estudia con un acompañamiento especial por su parte. Porque Don Bosco no se queda a la espera de un desarrollo casi mecánico de la vocación; sabe por experiencia que la movilidad juvenil la puede poner en serio peligro. Por eso colabora activamente con el don de Dios creando un ambiente apto, manteniendo en él un clima espiritual adecuado a las exigencias de desarrollo de la vocación, y comprometiéndose a ser animador y guía de los que encuentra llamados por Dios a la vida sacerdotal y religiosa o a la cooperación salesiana en la diversidad de sus expresiones. 5

1. El primer empeño de Don Bosco es crear un ambiente, hoy diríamos una cultura, en el que la propuesta vocacional pueda acogerse favorablemente y llegar a maduración.

  • Un ambiente de familiaridad en el que Don Bosco comparte todo con los jóvenes. Está con ellos en el patio, los escucha, promueve un clima de alegría, de fiesta y de confianza que abre los corazones y hace que los jóvenes se sientan como en familia. La alegría que se expandía de toda la persona de Don Bosco mientras realizaba su apostolado sacrificado y entusiasta era ya en sí misma una propuesta vocacional. Los jóvenes en contacto con Don Bosco en la vida cotidiana tenían la grande y estimulante experiencia de ser y sentirse de verdad miembros de una familia, aprendiendo a abrir sus corazones y a mirar el futuro con optimismo y esperanza.
  • Este clima de alegría y de familia se alimenta con una fuerte experiencia espiritual.La visión religiosa del mundo que posee Don Bosco y que unifica su multiforme actividad contagia casi espontáneamente a los jóvenes, que aprenden a vivir en la presencia de Dios. Un Dios que los ama y tiene para cada uno de ellos un proyecto de felicidad y de vida plena. Se crea en el Oratorio un clima espiritual que orienta a la relación interpersonal con Dios y con los hermanos e invade toda la vida. Este clima se alimenta con una sencilla pero constante piedad sacramental y mariana. La oración que orienta a los jóvenes a una relación personal de amistad con Jesús y con María y la adecuada experiencia sacramental que sostiene y estimula el esfuerzo de crecimiento en la vida cotidiana, constituyen el primer recurso para cultivar y madurar las vocaciones.
  • Una tercera característica del ambiente creado por Don Bosco era la dimensión apostólica. Desde el principio Don Bosco responsabiliza a los jóvenes, especialmente a los que presentan signos de vocación, a acompañarlo en su obra de educación y de catequesis. Les confía algunos compañeros más díscolos para que, haciéndose amigos suyos, les ayuden a introducirse positivamente en el ambiente y en la vida del Oratorio. De este modo los jóvenes aprenden a trabajar por los demás con una clara entrega y total desinterés. Aprenden también a estar cada vez más disponibles y abiertos a las exigencias del apostolado, madurando sus propias motivaciones y haciendo todo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Don Bosco, con un acompañamiento atento y constante, procura que este servicio de apostolado entre los compañeros, vivido con entusiasmo y disponibilidad, mientras muestra su eficacia llevando al camino del bien a aquellos a los que se dirige, se convierta también en «propuesta» concreta de vida para los jóvenes que él mismo había escogido. En este clima nacen y se desarrollan lasCompañías, consideradas por Don Bosco como una experiencia clave del ambiente y de la propuesta educativa del Oratorio.

2. Con el ambiente, Don Bosco ofrece a los jóvenes y a los adultos, que buscan una orientación para su vocación, un fiel acompañamiento espiritual. El lugar natural en el que Don Bosco ofrece la ayuda de la dirección espiritual es el confesonario, pero no sólo: Don Bosco propone y facilita de varios modos posibilidades de encuentro y de coloquio entre los «hijos de familia» y el «padre», ofreciendo a todos una experiencia profunda de educación y de dirección espiritual. Su acción se modula de diferentes modos y de manera personalizada según que se trate de jóvenes o adultos, aspirantes a la vida eclesiástica, a la vida religiosa o simplemente a la vida de «buen cristiano y honrado ciudadano». Igualmente su acción de acompañamiento se hace especial y atenta al seguir a los Salesianos Cooperadores, Hijas de María Auxiliadora, Salesianos, etc. Uno de los rasgos que más llama la atención cuando se observa a Don Bosco actuando como director de espíritu, es el discernimiento y la prudencia que revela cuando aconseja sobre la vocación. Aunque en aquel tiempo faltaban en la Iglesia pastores y él mismo necesitaba colaboradores, don Rua atestigua con juramento, que «nunca aconsejaba entrar (en la vida sacerdotal o religiosa) a quien no tuviese los requisitos necesarios … De varios he sabido que los disuadió a pesar de su deseo»6.

Movido siempre por prudente discernimiento, hace lo posible para hacer reflexionar a los que, aun teniendo las dotes para ello, no habían pensado nunca en ser sacerdotes o religiosos. Don Bosco les ponía ante los ojos, poco a poco algunas consideraciones que los ayudasen a pensar bien en su opción, y ninguno de ellos quedó nunca descontento de haber seguido su consejo. La dirección espiritual de Don Bosco está totalmente iluminada por el «don de consejo» que le capacita para orientar con seguridad a los que se dirigen a él.

3. El intensísimo trabajo que despliega Don Bosco en favor de las vocaciones está sostenido por un intenso amor a la Iglesia: él emplea todas sus fuerzas, con total entrega, para procurar su bien. Precisamente es ese amor a la Iglesia lo que nos permite comprender la importancia que daba a la actividad apostólica de promoción de las vocaciones y su insistencia para que todos, de pleno acuerdo, trabajasen y se prestasen para dar a la Iglesia el gran tesoro que son las vocaciones. Por eso solía decir: «Nosotros regalamos un gran tesoro a la Iglesia cuando procuramos una buena vocación; que esta vocación o este sacerdote vaya a una diócesis, a las misiones o a una casa religiosa no importa. Es siempre un gran tesoro que se regala a la Iglesia de Jesucristo»7. La visión del bien de toda la Iglesia no lo abandona nunca, ni siquiera cuando gasta sus fuerzas, su tiempo, los medios económicos que le cuestan tantos sudores, ni cuando emplea su escaso personal y sus Casas.

«Pronto, corred en seguida para salvar a aquellos jóvenes…»8La llamada de Don Bosco moribundo puede tomarse dirigida no sólo a los presentes en aquel momento en su habitación, sino a toda la Familia Salesiana en general. Una llamada que urge y urgirá siempre, porque los jóvenes de todos los tiempos tienen necesidad de «salvación».

Esta invitación de Don Bosco moribundo nos la dirige también a nosotros. Es una invitación a remangarse y a trabajar duro para que a nuestro alrededor broten, florezcan y se consoliden, como sucedió en torno a él, numerosas y valiosas vocaciones salesianas. Asumirla requiere de cada uno de nosotros renovar la santa pasión por la salvación de la juventud que vivía el mismo Don Bosco; esta pasión nos hará valientes y nos hará superar el temor de no ser comprendidos o marginados o excluidos por este mundo nuestro secularizado y desacralizador, que rechaza la diversidad, suprime lo sobrenatural y margina al creyente.

Vivamos, pues, sin miedo un estilo de vida que se opone a este mundo y a esta sociedad que no permiten el desarrollo y la promoción integral de la persona humana; un estilo de vida que estimula a vivir con alegría y entusiasmo la propia vocación y a proponer a los jóvenes y adultos, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, la vocación salesiana como respuesta adecuada de salvación a este mundo de hoy, y como proyecto de vida capaz de contribuir positivamente a la renovación de la sociedad actual. Así se expresa el artículo 28 de las Constituciones de los Salesianos de Don Bosco: «Estamos convencidos de que hay muchos jóvenes ricos en recursos espirituales y con gérmenes de vocación apostólica. Les ayudarnos a descubrir, acoger y madurar el don de la vocación seglar, consagrada o sacerdotal, para bien de toda la Iglesia y de la Familia Salesiana». Este compromiso fue una finalidad de la Congregación ya antes de su aprobación’ y hoy adquiere una urgencia y necesidad extraordinaria (cf. Const, 6), como repetidamente nos recuerda la Iglesia.9

2. Una urgencia previa: crear y fomentar una cultura vocacional

«Es necesario promover una cultura vocacional que sepa descubrir y acoger la aspiración profunda del hombre que lo lleva a descubrir que sólo Cristo puede decirle toda la verdad sobre su vida»”. Hablar de cultura vocacional, como empezó a hacer Juan Pablo II, es hoy no sólo pertinente, sino también urgente. Notemos, en efecto, que, a veces, hay una fractura entre los gestos de personas, aun generosas y bien inspiradas, y la mentalidad colectiva, entre iniciativas personales y manifestaciones sociales, entre la práctica y sus fundamentos. Así en la Congregación como en la Familia Salesiana, notamos que puede hacerse un determinado trabajo vocacional por parte de algunos, los llamados delegados, por las vocaciones, pero al mismo tiempo, en las comunidades o en los grupos, se percibe que no existe una verdadera cultura vocacional.

La cultura, efectivamente, señala no gestos personales, aun numerosos, sino una mentalidad y una actitud compartidas por un grupo; se refiere no sólo a intenciones y propósitos privados, sino al empleo sistemático y racional de las energías de las que dispone la comunidad. Los contenidos de una cultura vocacional, así entendida, conciernen a tres áreas: la antropológica, la educativa y la pastoral. La primera se refiere al modo de concebir y presentar a la persona humana como vocación; la segunda se dirige a favorecer una propuesta de valores acordes con la vocación; la tercera presta atención a la relación entre vocación y cultura objetiva y obtiene de ella conclusiones para el trabajo vocacional.10

2.1. La vida es vocación

Sabemos que bajo todas las actuaciones educativas y pastorales subsiste una imagen del hombre, espontánea o refleja. El cristiano la va elaborando con la vivencia, con el esfuerzo racional por entender el sentido y con la iluminación de la fe. Los tres elementos —vivencia personal, búsqueda de sentido y discernimiento desde la fe— son indispensables y están unidos entre sí. La revelación no debe entenderse corno una superposición exterior a la experiencia y a su comprensión humana, sino propiamente como un desvelar su sentido más profundo y definitivo. Hay, pues, que superar en primer lugar un modo de pensar y de hablar de la vocación como si fuese un extra, un estímulo reservado a algunos, un hecho funcional para el reclutamiento a algún estado de vida, más que una referencia sustancial a la misma realización de la persona. La crisis de las vocaciones, de hecho, puede deberse también al estilo de vida que presentan. Pero más en profundidad se debe a una visión de la existencia humana en la que la dimensión de «llamada», es decir, de tenerse que realizar en la escucha de otro y en diálogo con él, no sólo se excluya de hecho, sino que no puede tampoco introducirse de modo importante. Esto sucede en las visiones del hombre que ponen la satisfacción de las necesidades del individuo por encima de todo, proponiendo la autorrealización como única meta de la existencia o concibiendo la libertad como pura autonomía. Estas sensibilidades están hoy muy extendidas, ejerce una cierta fascinación y aunque no se asuman de modo íntegro, conforman los mensajes de la comunicación e influyen en las orientaciones educativas.
Una primera tarea de la cultura vocacional es, entonces, elaborar y difundir una visión de la existencia humana concebida como «llamada y respuesta», como consideración final de una sólida reflexión antropológica. Hacia esa conclusión llevan le experiencia de la relación, la exigencia ética que deriva, los interrogantes existenciales. Son, así pues, éstos los caminos que hay que recorrer para fijar algunos con‑
tenidos de la cultura vocacional que nos preocupa. La persona tiene conciencia de la propia singularidad. Comprende que su existencia es exclusiva, cualitativamente diferente de otras, irreducible al mundo. Le pertenece totalmente pero tiene las características de un don, un hecho anterior a todo deseo y esfuerzo.

2.2. Abierta a los otros y a Dios

Al mismo tiempo el hombre advierte que es parte de una red de relaciones, no opcionales o secundarias, entre ellas la que tiene con las otras personas, que es inmediatamente evidente y ocupa un puesto privilegiado. Lo primero que la persona percibe no es el yo con sus potencialidades, sino la interdependencia con los otros que requieren ser aceptados en su realidad objetiva y reconocidos en su dignidad. En esta óptica la responsabilidad aparece como capacidad de percibir signos que proceden de los otros y darles respuestas. Se trata de una llamada ética porque lleva consigo exigencias de responsabilidad y de compromiso. El hombre se despierta a la existencia personal cuando los otros dejan de ser vistos sólo como medios de los que servirse. Una cultura vocacional debe prevenir al joven de una concepción subjetivista que hace del individuo centro y medida de sí mismo, que concibe la realización personal como defensa y promoción de sí, más que como apertura y donación. Y asimismo de las concepciones que en la relación intersubjetiva quedan aprisionadas sólo en la complacencia, sin ver su carácter ético. La experiencia relacional y su componente ético orientan ya hacia lo Trascendente, porque en ellos aparece algo incondicional e inmaterial. En efecto, los otros no requieren sólo que se vaya a su encuentro con objetos y estructuras o de actuar con ellos a través de reflejos instintivos. Piden el reconocimiento del misterio de su persona y postulan por tanto respeto, gratuidad, amor, promoción de valores morales y espirituales.

Pero el reclamo a la trascendencia se hace más evidente cuando la persona es capaz de abrirse a los interrogantes fundamentales de la existencia y capta su densidad real. Aparece entonces su apertura al más allá, ya entrevisto en sus realizaciones positivas y en sus límites. Comprende que no puede detenerse en lo que le es inmediatamente perceptible ni circunscribirse al hoy. La persona es un misterio infinito que sólo Dios puede explicar y sólo Cristo puede saciar. Por eso está naturalmente impulsado a buscar el sentido de la vida y a proyectarse en la historia. Debe decidir su orientación a largo plazo, teniendo delante diversas alternativas. Y no puede recorrer la propia vida dos veces: ¡debe apostar! En los valores que prefiere y en las opciones que toma se juega su éxito o su fracaso como proyecto, la calidad y la salvación de su vida. Jesús lo expresa de forma muy clara: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,35-36). El cometido de una cultura vocacional es sensibilizar para que se escuchen esos interrogantes, capacitar para profundizar en ellos. Cometido de una cultura vocacional es también promover el crecimiento y las opciones de una persona en relación con el Bonum, el Verum, el Pulchrum, en cuya acogida consiste su plenitud.

2.3. Vivida como don y como tarea

Todo esto requiere un estudio de la vocación como definición que la persona da a su existencia, percibida corno don y llamada, guiada por la responsabilidad, proyectada con libertad. El filón más fecundo por descubrir ese fundamento es la Escritura, leída como revelación del sentido de la vida del hombre. En la Escritura se definen el ser y las relaciones constitutivas de la persona por su condición de criatura, lo que no indica inferioridad o dependencia, sino amor gratuito y creativo por parte de Dios.

El hombre no tiene en sí la razón de su existencia ni de su realización. La debe a un don y la goza haciéndose responsable de ella. El don de la vida contiene un proyecto; este se va desvelando en el diálogo consigo mismo, con la historia y con Dios y exige una respuesta personal. Esto define la situación del hombre respecto al mundo y a todos los seres que lo componen. Estos no pueden colmar sus deseos y, por tanto, el hombre no les está sometido.

Un ejemplo típico de esta estructura de la vida es la alianza entre Dios y su pueblo como la presenta la Biblia. Es elección gratuita por parte de Dios. El hombre debe tomar conciencia de ello y asumirla como proyecto de vida, guiado por la Palabra que lo interpela y lo pone en la necesidad de escoger. En Cristo la verdad sobre el hombre, que la razón capta vagamente y que la Biblia descubre, encuentra su iluminación total. Cristo, con sus palabras pero, sobre todo, por su existencia humano-divina, en la que se manifiesta la conciencia de Hijo de Dios, abre a la persona a la plena comprensión de sí y del propio destino. En Él hemos sido constituidos hijos y llamados a vivir como tales en la historia.

La vocación cristiana no es un añadido de lujo, un complemento extrínseco para la realización del hombre. Es, en cambio, su puro y simple perfeccionamiento, la indispensable condición de autenticidad y plenitud, la satisfacción de las exigencias más radicales, aquellas de las que está sustanciada su misma estructura de criatura. Del mismo modo inserirse en la dinámica del Reino, a lo que Jesús invita a sus discípulos, es la única forma de existencia que responde al destino del hombre en este mundo y más allá. La vida se despliega así enteramente corno don, llamada y proyecto.

Tomar todo esto como base e inspiración de la acción, difundirlo de modo que se convierta en mentalidad de la comunidad educativa pastoral y especialmente de los mediadores vocacionales con sus consecuencias educativas y prácticas constituye la «cultura» de la que la pastoral tiene urgente necesidad.

He aquí las actitudes fundamentales que dan vida a una cultura vocacional y que nosotros querríamos privilegiar:

  • La búsqueda de sentido. El sentido es la comprensión de las finalidades inmediatas, a medio plazo y, sobre todo, últimas de los acontecimientos y de las cosas. El sentido es también intuición de la relación que realidades y acontecimientos tienen con el hombre y con su bien. La maduración del sentido supone ejercicio de la razón, esfuerzo al explorar, actitud de contemplación e interioridad. Se va descubriendo en diferentes ámbitos: en la propia experiencia, en la historia, en la Palabra de Dios. Todo converge hacia una sabiduría personal y comunitaria que se expresa en la confianza y la esperanza ante la vida. «Por lo demás, sabemos que en toda las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom, 8,28a).

Los tiempos de maduración del sentido pueden ser largos. Es importante no renunciar y no cerrarse ante la perspectiva de descubrimientos ulteriores y más ricos. La cultura contemporánea está surcada por corrientes que ignoran, cuando no niegan, todo sentido que trascienda la experiencia inmediata y subjetiva. Lleva así a una visión fragmentada de la realidad, que hace a la persona incapaz de dominar los mil episodios diarios, de ir más allá de lo epidérmico o sensacional. La madurez cultural comporta una síntesis, un marco de referencia más allá de los conocimientos aislados, para lograr orientarse y no quedar prisioneros de los hechos. La calidad de la vida decae cuando no está sostenida por una cierta visión del mundo. Y con la calidad caen las razones para implicarla al servicio de causas nobles.

  • Apertura a la trascendencia, al más allá humano, a la aceptación del límite, a la acogida del misterio, la acogida de lo sagrado en sus aspectos subjetivos y objetivos, a la reflexión y a la opción religiosa.

Es este un horizonte que aparece en todas las actividades del hombre hasta ser una dimensión constitutiva: en el ejercicio de su inteligencia, en la tensión de su voluntad, en los anhelos del corazón, en la dinámica de sus relaciones, en la realización de sus empresas. La existencia del hombre está abierta al infinito y así es la percepción que él tiene de la realidad. Hay hoy direcciones culturales que, conscientemente o no, llevan a cerrarse en los horizontes «racionales» y temporales y hacen incapaces de acoger la propia vida como misterio y don. Tomar en consideración la trascendencia quiere decir aceptar interrogantes, ir más allá de lo visible y lo racional. Las experiencias, las necesidades, las percepciones inmediatas pueden ser puntos de partida para abrirse a valores, exigencias y verdades ulteriores y más exigentes, que no hay que sentir como negación de las propias pulsiones, sino como su liberación y perfección. Como reveló Jesús a la mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «¡Dame de beber!», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva» (Jn 4,10).

  • Una mentalidad «ética», capaz de discernir entre el bien y el mal y saber orientarse hacia el bien. Esa cultura está iluminada por la conciencia moral, más centrada en los valores que en los medios, y asume como punto básico la primacía de la persona. La cultura lleva siempre en su interior un impulso ético y es en sí misma un valor moral, porque persigue la calidad humana de cada uno y de la comunidad. Pero sobre ella repercuten los límites del hombre.

Algunas de sus tendencias y realizaciones, cuando no sistemas enteros, se presentan bajo el signo de la ambigüedad moral. Y esto en las dos dimensiones, objetiva y subjetiva. El hecho llega a ser grave cuando en el dinamismo mismo de elaboración de la cultura, el criterio ético desaparece o viene subordinado a otros. La referencia al bien y al mal pierde entonces toda incidencia, y prevalecen otras exigencias, como la utilidad, el placer, el poder. El lenguaje, en estos últimos tiempos, ha acuñado una serie de expresiones que ponen en evidencia, bajo forma de polaridad, la primacía o la ausencia de una referencia ética válida en la evolución de la cultura: cultura del ser y del tener, de la vida y de la muerte, de la persona y de las cosas. Desarrollar la cultura con mentalidad ética querrá decir, no sólo hacerla crecer en cualquier caso, sino contrastar sus concepciones y realizaciones con la conciencia iluminada por la fe para purificarla y rescatarla de la ambigüedad y alentarla en la dirección de los valores.

  • La posibilidad de un proyecto. La apatía ante el sentido se transmuta con frecuencia en indiferencia hacia el futuro. Sin una visión de la historia no aparecen metas apetecibles por las que apostar, excepto las que se relacionan con el bienestar individual. En épocas anteriores, las ideologías, con su carga utópica, impulsaron el proyecto social y favorecieron también la disposición personal a implicarse en un proyecto histórico.

Puede haber hoy una contracción del futuro, junto a una dilatación del presente, que lleva hacia una cultura de lo inmediato. Los proyectos se agotan en un tiempo breve y se completan en los espacios reducidos de la experiencia individual. Las mismas iniciativas de bien pueden reducirse a querer corregir alguna cosa, a una búsqueda de autorrealización subjetiva, a un entusiasmo efímero. Proyectar quiere decir organizar los recursos propios y el proprio tiempo en consonancia con las grandes urgencias de la historia y con las demandas de las comunidades para alcanzar metas ideales dignas del hombre. Esto requiere conciencia crítica para defenderse de imperativos aparentes, capacidad de discernimiento para desenmascarar presiones psicológicas, generosidad motivada para ir más allá de los horizontes inmediatos.

  • Compromiso para la solidaridad, en oposición a esa cultura que lleva a centrarse en el individuo. Proyectos personales generosos pueden surgir sólo donde la persona admite que su realización está unida a la de sus semejantes. La solidaridad es una aspiración amplia que sube de lo profundo de las conciencias, del corazón de los acontecimientos históricos y se manifiesta bajo formas inéditas y casi inesperadas. Aparece como respuesta a macrofenómenos preocupantes, como el subdesarrollo, el hambre, la explotación. Inspira iniciativas ejemplares como los planes de ayuda, el voluntariado y los movimientos de opiniones, que van modificando la relación anterior entre persona y sociedad. Todo esto en ámbitos cercanos y mundos lejanos. Por consiguiente, moviliza el espíritu de servicio e impulsa a él.

Pero la cultura de la solidaridad se arrincona frecuentemente o la debilitan fuertes corrientes económicas y culturales. Presupone una visión del mundo y de la persona que considere la interdependencia como clave interpretativa de los fenómenos positivos y negativos de la humanidad. Nada tiene una explicación propia integral o una solución razonable si se considera de forma aislada. Pobreza y riqueza, desnutrición y dispendio son fenómenos correlativos. Entre estos contrastes, funge de mediación e interviene no sólo la ternura y la compasión, sino la responsabilidad humana. La persona no puede concebirse corno un ser que primero se constituye por sí mismo y, sólo en un segundo momento, se orienta hacia los otros. La persona llega a ser ella misma sólo cuando asume solidariamente el destino de sus semejantes.

3. Aspectos que tienen una importancia especial en la animación y en la propuesta vocacional

3.1. Promover una cultura vocacional: cometido esencial de la Pastoral Juvenil

Toda la pastoral, y en especial la juvenil, es radicalmente vocacional: la dimensión vocacional constituye su principio inspirador y su confluencia natural. Hay, pues, que abandonar la concepción reductiva de la pastoral vocacional, que se preocupa sólo de la búsqueda de candidatos para la vida religiosa o sacerdotal. Por el contrario, como se ha dicho antes, la pastoral vocacional debe crear las condiciones adecuadas para que cada joven pueda descubrir, asumir y seguir responsablemente su vocación.

La primera condición consiste, siguiendo a Don Bosco, en la creación de un ambiente en el que se viva y se transmita una verdadera «cultura vocacional», es decir, un modo de concebir y afrontar la vida como un don recibido gratuitamente; un don que hay que compartir al servicio de la plenitud de la vida para todos, superando una mentalidad individualista, consumista, relativista y la cultura de la autorrealización. Vivir esta cultura vocacional requiere el esfuerzo de desarrollar ciertas actitudes y valores, como la promoción y la defensa del valor sagrado de la vida humana, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la interioridad que permite descubrir en sí y en los demás la presencia y la acción de Dios, la disponibilidad a sentirse responsables y a dejarse implicar por el bien de los demás en actitud de servicio y de gratuidad, la valentía de soñar y de desear en grande, la solidaridad y la responsabilidad hacia los otros, sobre todo los más necesitados» En este contexto o cultura vocacional la pastoral juvenil debe proponer a los jóvenes los diversos caminos vocacionales —matrimonio, vida religiosa o consagrada, servicio sacerdotal, compromiso social y eclesial— y acompañarlos en su compromiso de discernimiento y de opción.

Toda comunidad educativo-pastoral debe ser consciente de las características del propio ambiente cultural y de la acción educativo-pastoral que despliega en el trabajo diario con los jóvenes. Todo esto con el propósito de promover y desarrollar los elementos típicos de una cultura vocacional, que con frecuencia no se acepta en el ambiente en el que viven los mismos jóvenes. Os indico aquí dos elementos que pueden ayudar al desarrollo de una cultura vocacional:

  • Hacer de la comunidad educativo-pastoral un ambiente de familia con testigos vocacionales significativos.

Los jóvenes viven en un ambiente masificado, en el que no se sienten reconocidos ni acogidos; deben merecerse y conquistar todo, de modo que los más débiles o los menos preparados quedan marginados y olvidados. En ese ambiente resulta casi imposible vivir la vida como don que hay que compartir; aparece más bien como una lucha por la subsistencia o una carrera para la conquista del bienestar y de la realización individual. En el ambiente de familia típicamente salesiano el joven se siente acogido y apreciado gratuitamente; experimenta relaciones de confianza con adultos apreciables; se siente implicado en la vida de grupo; desarrolla protagonismo y responsabilidad; aprende a construir la comunidad educativa y a sentirse corresponsable del bien común; encuentra momentos de reflexión, de diálogo y de sereno contraste. Este es el mejor ambiente para el desarrollo de una cultura vocacional.

  • Asegurar la orientación y el acompañamiento de las personas.

En un ambiente masificado o en el que las relaciones son sólo funcionales será muy difícil el desarrollo de una visión vocacional de la vida. En efecto: ese proceso requiere la presencia y la cercanía de educadores entre los jóvenes, sobre todo en los momentos más espontáneos y gratuitos; el conocimiento y el interés por su vida; la capacidad de relaciones personales, aunque sean ocasionales y espontáneos; momentos de diálogo y de reflexión en grupo que ayuden a leer la vida con óptica positiva y vocacional; espacios y tiempos para encuentros más sistemáticos de acompañamiento personal.

3.2. La educación en el amor, en la castidad

En la orientación y animación vocacional tiene una gran importancia la educación en el amor. Es necesario ayudar al adolescente a integrar su crecimiento afectivo-sexual en el proceso educativo y también en el camino de educación en la fe. Y esto para que pueda vivir la afectividad y la sexualidad en armonía con las demás dimensiones fundamentales de su persona, manteniendo actitudes de apertura, de servicio y de oblación.

Hoy el adolescente debe confrontarse con un contexto cultural y social pan-sexualizado que transmite sus continuos mensajes en la calle, en la televisión, en el ciberespacio. Se trata de sugerencias que impulsan a una práctica sexual consumista y orientada a la satisfacción inmediata del placer. La tendencia social dominante en este campo es el permisivismo, y los contenidos apetecibles de ese pansexualismo se convierten en motivo de un triste comercio. Todo ello da lugar a una confusión en el plano de los valores y a un gran relativismo ético. Sucede frecuentemente que se promueve un uso prematuro de la sexualidad en las relaciones de amistad o en la pura búsqueda de la satisfacción compulsiva del placer. Los jóvenes apuestan con gran decisión sobre el amor, retando prejuicios y censuras, deseosos de ir al encuentro de sus necesidades afectivas y sensibles al valor de una comunicación abierta y sin límites. Pero_ en este campo muchas veces no disponen de una orientación y de un guía que los ayude a comprender su afectividad y sexualidad según una visión integral de la persona, desarrollando de modo constante y claro un proyecto de educación en el amor que los oriente hacia una construcción armoniosa de la personalidad y haciendo posible una visión de la vida como don y servicio.

Ya hace años el CG23 señalaba a los Salesianos la educación en el amor como uno de los tres núcleos importantes alrededor de los cuales se hace posible y se realiza la síntesis fe-vida. No se trata, decía, «de puntos particulares, sino de «espacios» donde se concentra el significado, la fuerza y la conflictividad de la fe»13.

Hoy esta importancia es todavía mayor, sobre todo cuando se quiere desarrollar con eficacia la dimensión vocacional de la vida y crear un ambiente en el que sea posible al joven madurar un proyecto vocacional, de manera especial cuando se trata de vocaciones de especial compromiso, que muchas veces incluyen una opción de celibato. En efecto, muchos jóvenes se encuentran en un ambiente muy poco favorable a una visión integral y positiva del amor. Y muchos de ellos viven deficiencias notables que el educador debe conocer para ayudarlos a superarlas.

A muchos de ellos les falta una experiencia de amor gratuito en la familia, en la que deben soportar tensiones y choques entre los padres que con frecuencia acaban con la decisión de separarse o divorciarse. La relación de amistad que viven entre sí es superficial y todo esto hace que, en vez de resistir a las propuestas seductoras del ambiente, quedan presos en ellas. Así, muy pronto, varios de ellos se implican en una relación de pareja que los cierra a los demás y a la vida del grupo. La urgencia que sienten de vivir una relación plena con su pareja los lleva a una práctica desordenada de la sexualidad. Desde luego que en todo esto incide la falta de un verdadero proceso de educación en el amor: el tema se evita o se trata de modo moralista y negativo, lo que en vez de ayudar, suscita el rechazo del adolescente.

Nuestro Sistema Preventivo y el espíritu de familia característico de nuestro ambiente pueden crear las condiciones para ponerlo felizmente en práctica.14

3.3. La educación en la oración

La oración es un elemento esencial y primario en la orientación y en la elección de la vocación porque ésta, don de Dios ofrecido libremente al hombre, sólo puede descubrirse y seguirse con la ayuda de la gracia. Por tanto, una pastoral vocacional eficaz y profunda para los jóvenes no es posible sin introducirlos y acompañarlos en una práctica asidua de la oración.

La primera comunidad cristiana espera orando el día de Pentecostés, día del nacimiento de la Iglesia evangelizadora (Hch 1,14). Lo mismo Jesús: oró antes de elegir a los Apóstoles (Lc 6,12ss) y les enseño a orar para que viniese el Reino de Dios (Mt 6,7ss). El mandamiento «Pedid, pues, al dueño del campo que mande obreros a cosechar su mies» (cf. Mt 9,37ss; Lc 10,2) se comprende en todo su valor y su urgencia a la luz del ejemplo y de las enseñanzas de Cristo. La oración es el camino privilegiado y la mejor pastoral vocacional.

Considerada esta centralidad de la oración en el camino de fe, es importante ayudar a los jóvenes a introducirse e iniciarse en una verdadera y profunda vida de oración: sólo así podrá madurar en ellos una posible vocación de especial consagración.15

Los jóvenes viven hoy con frecuencia en un ambiente muy poco favorable a la vida espiritual. Están inmersos en una cultura del consumismo y del beneficio, del goce personal y de la satisfacción inmediata de los deseos; la visión superficial de la vida está dominada por criterios ético-morales subjetivos, muchas veces contrastantes y hasta contradictorios. El ambiente en el que se mueven favorece un ritmo de vida agitado, en el que viven muchas experiencias sin poder profundizar en ninguna. «La crisis de la familia, la extendida mentalidad relativista y consumista, el influjo negativo de los medios sobre la conciencia y los comportamientos constituyen un fuerte obstáculo para la cultura vocacional»16.

Por otra parte, descubrimos en adolescentes y jóvenes una búsqueda de interioridad, un esfuerzo por captar su identidad y también una apertura y una sincera búsqueda de una experiencia de Trascendencia. Aunque muchas veces este camino se concibe de manera subjetiva y respondiendo a las propias necesidades, hay que decir que es una buena oportunidad para ayudarlos a descubrir al Dios de Jesús. Se multiplican los grupos y los movimientos que de formas muy diversas promueven experiencias de espiritualidad y los jóvenes están ampliamente presentes en estos grupos. ¡Bastaría pensar en la comunidad de Taizé!

Todo esto constituye una condición favorable para ofrecer a los jóvenes la posibilidad de iniciar un camino de educación en la interioridad que los vaya conduciendo gradualmente a descubrir y a gustar la oración cristiana, sobre todo en lo que constituye su originalidad y su verdadera riqueza: el encuentro con la persona de Jesús que nos revela el amor de Dios, que nos invita y nos ofrece la gracia de una relación personal con Él. He ahí por qué en un ambiente tan profundamente impregnado de secularismo y de superficialidad, es urgente promover esta educación en la interioridad y ofrecer a nuestros jóvenes una vida espiritual fuerte y profunda. «Hoy los tiempos exigen un retorno más explícito a la oración… Es una oración que vibra en sintonía con el despertar de la fe: ser creyentes comprometidos y no sólo fieles rutinarios supone un diálogo más explícito, más intenso, más frecuente con el Señor. En un clima de secularismo se siente una apremiante necesidad de meditación y de profundización de la fe»17.

La educación en la oración debe favorecer las condiciones que impulsan a la persona del joven a asumir una actitud de autenticidad. Éstas son: el silencio, la reflexión, la capacidad de leer la propia vida, la disponibilidad a la escucha y a la contemplación, la gratuidad y la confianza. A un joven que vive en la agitación de una vida llena de actividad no le resulta fácil crear dentro de sí ese silencio y cultivar un camino de interioridad que lo lleve a un verdadero encuentro consigo mismo. También ésta será una de las metas que habrá que tratar de alcanzar. De aquí la importancia de comenzar los momentos de oración con un espacio de calma, de silencio, de serenidad, que permita a nuestros jóvenes llegar a encontrarse consigo mismos y, partiendo de esta experiencia, asumir la propia vida para colocarla delante del Señor.

El corazón de la oración cristiana es la escucha de la Palabra de Dios. Ella debe ser la gran maestra de la oración cristiana, que no consiste en «hablar» a Dios, sino más bien en «escucharle» y abrirse a su voluntad (cf. Lc 11,5-8; Mt 6,9ss). «En vuestros grupos, queridos jóvenes —escribía Juan Pablo II— multiplicáis las ocasiones de escucha y de estudio de la Palabra del Señor, sobre todo mediante la lectio divina: en ella descubriréis los secretos del corazón de Cristo y obtendréis de ella fruto para el discernimiento de las situaciones y de la transformación de la realidad»18. Normalmente se deberá iniciar al joven a esta escucha, ayudándole a entender el sentido de la Palabra que escucha y lee. Se debe también reconocer que la Palabra de Dios es eficaz en sí misma y, por tanto, habrá que dejarla tal vez actuar sola en el corazón de los jóvenes, sin forzarla demasiado con nuestros esquemas: muchas veces ella los guiará sola hacia el diálogo personal con Jesús.

Otra gran escuela de oración es la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia: hay que ayudar al joven a participar cada vez más conscientemente, comprendiendo signos y símbolos de la liturgia. Una educación en la fe que olvide o retrase el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo y aún menos indicará la posibilidad de seguirlo. «Los jóvenes, como nosotros, encuentran a Jesús en la comunidad eclesial. En la vida de ésta, sin embargo, hay momentos en los que él se revela y se comunica de modo singular: son los sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se da en ellos, el conocimiento de Jesús se hace inadecuado y escaso, hasta el punto de no permitir distinguirlo entre los hombres como el resucitado Salvador… Con razón se dice que los sacramentos son memoria verdadera de Jesús: de lo que él hizo y hace todavía hoy por nosotros, de lo que significa para nuestra vida; avivando, pues, nuestra fe en él, para que lo veamos mejor en nuestra existencia y en los acontecimientos.
Son también revelación de lo que parece escondido en los pliegues de nuestra existencia, para que tomemos conciencia de ello… 18

En la Reconciliación se nos abren los ojos y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el deseo de Dios; se nos da al Espíritu que nos purifica y renueva. Se ha dicho que es el sacramento de nuestro futuro de hijos, en vez de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía Cristo nos incorpora a su ofrenda al Padre y refuerza nuestra donación a los hombres. Nos inspira el deseo y nos da la esperanza de que ambos, amor al Padre y amor a los hermanos, sean una gracia para todos y para todo: «anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».19

Entre los muchos caminos de iniciación en la oración, la Espiritualidad Juvenil Salesiana nos ofrece su gran riqueza y un estilo específico de vida espiritual, con un estilo característico de oración y una forma actual de organizar la vida en torno a algunas percepciones de fe, opciones de valores y actitudes. En ella se encuentran ciertas características propias de la oración salesiana: es una oración sencilla, sin complicaciones inútiles, inserta en la vida de cada día, que se presenta y se ofrece al Señor; una oración llena de esperanza, que promueve una visión pascual de la vida, en diálogo personal con el Señor Resucitado, vivo y presente entre nosotros; una oración que lleva a la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía en la que se vive el encuentro personal con Jesús; una oración que ayuda a descubrir la presencia de Jesús en cada joven, especialmente en los más pobres, e impulsa a implicarse en su educación y evangelización.

Es importante, pues, estar atentos a estas características en nuestro camino de educación en la oración, para ayudar al joven a vivirla y de ese modo a introducirlo en la Espiritualidad Juvenil Salesiana: es un camino de vida cristiana que puede llevar también a adolescentes y jóvenes a la gran meta de la santidad 20.

Debemos estar seguros: sólo con una vida de oración cada vez más centrada en Cristo el joven podrá aclarar y consolidar su opción vocacional, sobre todo si se trata de una vocación de consagración especial.

3.4. El acompañamiento personal

Otro elemento fundamental en la pastoral vocacional es el acompañamiento personal regular del joven. Deberá ser respetuoso, con una acertada comprensión de la madurez y del camino espiritual de la persona a la que se acompaña. Un acompañamiento que ayude a interiorizar y personalizar las experiencias vividas y las propuestas recibidas; que estimule y guíe en la iniciación en la oración personal y en la celebración de los sacramentos; que oriente hacia un proyecto personal de vida como instrumento concreto de discernimiento y maduración vocacional. La gracia del Espíritu que obra en el corazón de las personas tiene necesidad de la colaboración de la comunidad y de un maestro espiritual. Por eso junto a cada santo hay siempre un maestro de Espíritu que lo acompaña y guía.

El acompañamiento es aún más importante en el sistema educativo salesiano, que se basa en la presencia del educador entre los jóvenes y en una relación personal basada en el mutuo conocimiento, en la comprensión y en la confianza.

Cuando hablamos de acompañamiento, no nos referimos sólo al diálogo individual, sino a todo un conjunto de relaciones personales que ayudan al joven a asimilar personalmente los valores y las experiencias vividas, a adecuar las propuestas generales a su propia situación concreta, a aclarar y ahondar las motivaciones y los criterios.

Este proceso incluye experiencias y niveles sucesivos promovidos por la comunidad salesiana para asegurar un ambiente educativo, capaz de favorecer la personalización y el crecimiento vocacional. A título de ejemplo:

  • la presencia entre los jóvenes, con el propósito de conocerlos y compartir con ellos la vida, con un actitud de confianza;
  • la promoción de grupos, donde siguen a los jóvenes el animador y sus mismos compañeros;
  • contactos breves, ocasionales, que muestran el interés por la persona y su mundo; y, al mismo tiempo, una atención educativa a ciertos momentos de importancia especial para el joven;
  • momentos de diálogo personal breves, frecuentes, sistemáticos, según un plan concreto;
  • el contacto con la comunidad salesiana, con experiencias de participación en la vida de oración, de fraternidad y de apostolado,
  • el ofrecimiento frecuente del sacramento de la Reconciliación; la intervención atenta y amiga del confesor resulta con frecuencia decisiva para orientar a un joven en su opción vocacional.

En la práctica del acompañamiento, sobre todo en el diálogo personal, conviene asegurar además la atención sobre algunos puntos fundamentales para el crecimiento humano y cristiano del joven y el discernimiento de las señales de vocación. He aquí, en especial, algunos:

  • Educar en el conocimiento de sí mismo, para descubrir los valores y las cualidades que el Señor ha dado a cada uno, pero también los límites o las ambivalencias en el proprio modo de vivir y pensar. Cuántos jóvenes no han escuchado la llamada vocacional, no porque fuesen poco generosos o indiferentes, sino sencillamente porque no se les ha ayudado a conocerse y a descubrir la raíz ambivalente y pagana de ciertos esquemas mentales y afectivos, o porque no se les ha ayudado a liberarse de sus miedos o defensas en relación con la vocación misma.
  • Madurar la confesión de Jesús, como el Señor Resucitado y como sentido supremo de la propia existencia. Las motivaciones vocacionales deben basarse en el reconocimiento de la iniciativa de Dios que ha sido el primero en amarnos. Como explicaba el Papa Benedicto XVI a los jóvenes de Roma y del Lazio: «El Señor está siempre presente y mira a cada uno de nosotros con amor. Queda que nosotros debemos encontrar esa mirada y encontrarnos con él. ¿Cómo hacerlo? Diría que el primer punto para encontrarnos con Jesús, para experimentar su amor es conocerlo… Para conocer a una persona, ante todo la gran persona de Jesús, Dios y hombre, se necesita la razón, pero al mismo tiempo también el corazón. Sólo con la apertura del corazón a él, sólo con el conocimiento del conjunto de lo que ha dicho y de lo que ha hecho, con nuestro amor, con nuestro ir hacia él, podemos poco a poco conocerlo cada vez más y así también experimentar que él nos ama… En un verdadero coloquio, podemos encontrar cada vez más ese camino del conocimiento que se convierte en amor. Naturalmente no sólo pensar, no sólo orar, sino también hacer es una parte del camino hacia Jesús: hacer cosas buenas, implicarse en favor del prójimo» 21.
  • Educar a leer la experiencia de la propia vida y los acontecimientos de la historia como don de Dios y como llamada a ponerse a disposición de la misión por el Reino de Dios. Para esto, ayudar a los jóvenes a iluminar su existencia con la Palabra de Dios, en una constante referencia a Jesucristo, sentido como el Señor de la vida que propone un proyecto especial para cada uno de nosotros. «Mi vida la ha querido Dios desde la eternidad. Yo soy amado, soy necesario. Dios tiene un proyecto conmigo en la totalidad de la historia; tiene un proyecto precisamente para mí. Mi vida es importante y también necesaria. El amor eterno me ha creado en profundidad y está esperándome. Por tanto, este es el primer punto: conocer, tratar de conocer a Dios y así entender que la vida es un don, que es bueno vivir… Así pues, hay una voluntad fundamental de Dios para todos nosotros, que es idéntica para todos nosotros. Pero su aplicación es diferente en cada vida, porque Dios tiene un proyecto preciso con cada hombre…. No tener la vida, sino hacer de la vida un regalo, no buscarme a mí mismo, sino dar a los otros. Esto es lo esencial»22.
  • Ahondar la asimilación personal de los valores evangélicos corno criterios permanentes que orientan en las opciones que se hacen en la vida cotidiana. Será más fácil así resistir a la tentación de seguir de forma conformista lo que hacen todos. Corno ya se ha dicho antes, un aspecto al que debernos prestar una atención especial en este campo será la educación en el amor y la afectividad.

3.5. Centralidad y labor de la consagración religiosa en la misión de la Familia Salesiana

La misión salesiana es misión educativa (de promoción integral de la persona) y misión de evangelización de los jóvenes. Estas dos dimensiones de nuestra misión salesiana (la educativa y la evangelizadora) son esenciales y deben vivirse en mutua complementariedad y recíproco enriquecimiento. La Familia Salesiana, respetando el carisma de los diversos grupos que la componen, es el sujeto de esta misión y debe cuidar la integridad de esta unidad orgánica; por eso es una riqueza que en ella estén significativamente presentes las dos formas complementarias de vivir la vocación, la secular y la consagrada, y en ellas la laical y la sacerdotal.

Pero es indispensable ser conscientes y poner en evidencia el valor fundamental de la vida consagrada en la realización de la misión salesiana. «Don Bosco —afirma el CG24— quiso personas consagradas en el centro de su obra, orientada a la salvación de los jóvenes y a su santidad»23.

La forma laical de la vocación salesiana, en su diversas expresiones dentro de la Familia Salesiana, señala los valores de la creación y de las realidades seculares, ofrece una especial sensibilidad hacia el Inundo del trabajo, presta una especial atención al territorio, subraya las exigencias de la profesionalidad; la laicidad en los miembros de la Familia Salesiana, religiosos, consagrados o no, muestra a todos cómo vivir la entrega total a Dios por la causa del Reino en estos valores y ocupaciones seculares. La otra forma es la sacerdotal, que recuerda la finalidad última de toda la acción educativa; los sacerdotes, pertenecientes a los diferentes grupos de la Familia Salesiana, realizan un sacerdocio plenamente inserto en el compromiso educativo: ofreciendo la Palabra de Dios no sólo en la catequesis, sino también en el diálogo y la acción educativa, construyen la comunidad cristiana a través de la construcción de la comunidad educativa.

Se debe encontrar en la Familia Salesiana el valor de la consagración religiosa. Ella, en efecto, figura como un signo necesario que,
mientras especifica la identidad de los que han hecho una opción total en el seguimiento de Jesús, indica al mismo tiempo a los laicos que comparten nuestro carisma, que su intervención en la misión no es simplemente una ayuda complementaria, sino más bien una experiencia especial de Dios, en la participación de una misma espiritualidad y de una misma misión. «No hay esperanza para una figura religiosa que no exprese inmediatamente, y casi emocionalmente, un significado trascendente; que no sea una flecha apuntada hacia lo divino y hacia el amor al prójimo, que nace de lo divino»24.

No pocas veces en nuestra visión de la vocación salesiana y en su presentación damos la impresión de privilegiar los aspectos funcionales, dejando en la sombra o dando por descontados y sobreentendidos los de la vida consagrada. «Si se pone entre paréntesis la consagración religiosa para razonar en términos de acción y de cargos funcionales, eso no sólo confunde los planos, sino que altera las dimensiones»25.

En su papel propio la Familia Salesiana se enriquece con la presencia reveladora y complementaria de sacerdotes, religiosos, consagrados y laicos. Juntos configuran una plétora insólita de energías empleadas para el testimonio y la misión educativa; las diferentes vocaciones laicas enriquecen la proclamación de la vida consagrada y la función animadora que, como tal, debe realizar en la Familia y en el Movimiento Salesiano. Esta relación, por consiguiente, no se funda en los papeles o en las funciones diversas que cada uno puede realizar (muchas veces
esos papeles son los mismos), sino en los dones vocacionales peculiares a través de los cuales cada uno contribuye a la misión común. La entrega de la vida debe ser idéntica porque es total, pero no el modo de entregarla.

3.6. El Movimiento Juvenil Salesiano, lugar vocacional privilegiado

El Movimiento Juvenil Salesiano (MJS) es una realidad plena de vida, presente en los cinco continentes. Es una expresión expresiva de la fuerte atracción que la persona de Don Bosco y su carisma ejercen sobre los jóvenes. En los diversos encuentros nacionales e internacionales del MJS se tiene una experiencia viva y fuerte de una corriente de comunión que tiene su fuente en la persona de Don Bosco, en los valores de su pedagogía y de la Espiritualidad Juvenil Salesiana. Este desarrollo del MJS, con su variedad de grupos y asociaciones, con la presencia de numerosos animadores, la diversidad de iniciativas y propuestas formativas, es para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, una gracia de Dios y al mismo tiempo una llamada. El Señor nos envía todos estos jóvenes para que los ayudemos en su camino de crecimiento como personas hasta alcanzar la plenitud de la vida cristiana.

La tendencia asociativa, la vida de grupo, la inspiración comunitaria fue una experiencia casi espontánea en la vida de Don Bosco. Se daba en él una inclinación natural a la sociabilidad y a la amistad. El asociacionismo juvenil es, por tanto, una exigencia indispensable en la propuesta educativa querida por Don Bosco. A través de una pluralidad de grupos y asociaciones juveniles tenemos la posibilidad de asegurar una presencia educativa de calidad en los nuevos espacios de socialización de los jóvenes. Y esta experiencia se hace reveladora en el momento en el que los jóvenes son llamados a comprender la realidad eclesial y a implicarse en ella como miembros vivos en el «cuerpo» de la comunidad cristiana.

A veces puede parecer que los jóvenes de nuestros ambientes y de algunos grupos nuestros sean superficiales, sobre todo cuando se manifiestan en su estilo ruidoso y festivo. En realidad muchos de ellos son probadamente buenos y espirituales. Ellos manifiestan una gran sed de Dios, de Cristo, de Evangelio vivido en la sencillez y en la normalidad de la vida cotidiana. Don Bosco estaba convencido de que un tanto por ciento elevado de los jóvenes que el Señor envía a nuestras casas tiene disposiciones favorables para seguir, si se les motiva y acompaña convenientemente, una vocación de compromiso especial 26. Precisamente porque viven con frecuencia en un ambiente poco favorable al silencio y a la interiorización, buscan nuestra ayuda, nuestro apoyo y nuestro acompañamiento en el camino de maduración de su vida. La Espiritualidad Juvenil Salesiana, el estilo de vida cristiana vivido por Don Bosco y por los jóvenes del Oratorio de Valdocco, constituye entonces un recurso que ofrecer a esos jóvenes.

En varias partes del mundo muchas vocaciones a la vida religiosa o sacerdotal y también a la vida laical comprometida en la Familia Salesiana florecen en los grupos y en las asociaciones del MJS, sobre todo entre los animadores. Es un hecho que debemos tener en cuenta, valorando y acompañando mucho mejor esa experiencia asociativa. Tal vez deberíamos estar más convencidos de que nuestros jóvenes, sobre todo los jóvenes animadores, tienen el derecho de recibir de nosotros un estímulo que los lleve a pensar en su vida y en su compromiso en clave vocacional; en su acompañamiento personal debemos proponer con claridad el interrogante vocacional y animar su respuesta generosa.

Esa es una tarea importante y urgente para cada Salesiano y para cada miembro de la Familia Salesiana en su contacto cotidiano con los jóvenes de los grupos y en los diversos servicios de animación. Cuando haya una ocasión propicia y una disponibilidad potencial por parte del joven, es el momento para proponer un compromiso vocacional. En esta propuesta debemos ser libres y valientes, confiándonos a la acción del Espíritu, que con frecuencia nos sorprenderá con su acción.

Hoy la edad de las opciones vocacionales de vida se está desplazando y, aunque la semilla se lance en la preadolescencia o la adolescencia, madura con frecuencia en momentos siguientes, cuando los jóvenes se encuentran en la universidad o en las primeras experiencias de trabajo. Es importante promover propuestas y espacios concretos que nos permitan acompañarlos en esos momentos decisivos para su futuro. Entre estos jóvenes debemos cuidar de modo especial a los más cercanos a nosotros, los animadores, los voluntarios, los colaboradores de nuestras obras que comparten generosamente muchos aspectos de la misión salesiana, que tienen un auténtico deseo de servicio y están en busca de un proyecto de vida que los llene. Hay que asegurar que la experiencia de animación o de voluntariado los ayude a plantear su vida siguiendo una línea de búsqueda y de disponibilidad vocacional.

Advertimos que entre los grupos del MJS se están extendiendo de modo admirable los grupos del Voluntariado. Ellos constituyen una primera salida del camino formativo realizado antes en los grupos. Los jóvenes, en la opción por el voluntariado, descubren un espacio de iniciativa y de servicio que se convierte en réplica valiente de la mentalidad individualista y consumista que insidia muchas realidades sociales. Al mismo tiempo, los ayuda a madurar una visión vocacional de la vida como don y como servicio. Se debe captar este «signo de los tiempos» explicitando sus múltiples valores, especialmente en la educación en la solidaridad y en la riqueza vocacional que encierra.

Don Bosco sabía implicar a sus muchachos, con frecuencia jovencísimos, en tareas de voluntariado casi heroicas. Basta recordar a los jóvenes «voluntarios» en la época del cólera en Turín. A través de estos trabajos de servicio los ayudaba a madurar una opción vocacional de la vida. La implicación directa de los mismos jóvenes en su propia educación y en la transformación del ambiente fue para Don Bosco una de las claves fundamentales de su sistema educativo, además de ser una verdadera escuela de ciudadanía y de santidad.

También nosotros hoy, por medio del voluntariado, queremos proponer una visión vocacional de la vida, inspirada en el Evangelio vivido según la Espiritualidad Juvenil Salesiana. El voluntario y la voluntaria traducen en realidad esos valores y actitudes que caracterizan una «cultura vocacional» subrayados antes, como la defensa y la promoción de la vida humana, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la interioridad que hace descubrir en sí y en los demás la presencia y la acción de Dios, la disponibilidad para sentirse responsable y dejarse implicar para el bien de los demás en actitud de servicio y de gratuidad. Estos valores deben cultivarse durante la formación de los voluntarios y deben inspirar sus proyectos y su modo de servir, de manera que la experiencia de voluntariado modele su vida como ciudadanos y como cristianos comprometidos y no se reduzca, en cambio, a una experiencia entre las muchas vividas en el tiempo de la juventud.

De este modo el voluntariado se convierte en una verdadera escuela de vida; contribuye a educar a los jóvenes en una cultura de solidaridad en los encuentros con los demás, sobre todo con los más necesitados. Hace crecer en ellos el Espíritu de acogida, la apertura hacia el otro, e invita casi naturalmente a la apertura del don total y gratuito de sí mismos.

Es importante, pues, promover el voluntariado en la Familia Salesiana. Es una propuesta que debe conocerse, valorarse y acompañarse. Constituye por sí misma una experiencia típica en la que es posible cultivar adecuadamente una cultura vocacional.

4. Conclusión.

Belleza y actualidad de la vocación salesiana

En mis visitas a la Congregación y a otros grupos de la Familia Salesiana existentes en el territorio he podido constatar la enorme fuerza de atracción y el entusiasmo que suscita la persona de Don Bosco. tanto entre los jóvenes como entre los adultos, entre la gente sencilla como también entre las autoridades, políticos, agentes sociales, en las diferentes culturas y también entre personas de otras religiones Hablando con muchos de ellos, he podido captar el agradecimientc que manifiestan por la presencia y la obra salesiana. Todos se sienten orgullosos de ser ex-alumnos/as y de haber experimentado la pedagogía salesiana. Con frecuencia el recuerdo de Don Bosco suscita ur gran entusiasmo popular y moviliza a poblaciones enteras. Así sucede, por ejemplo, en Panamá durante la novena y en la fiesta de Dor Bosco. El mismo fenómeno lo estamos percibiendo durante el pase de la urna de Don Bosco, que está viajando a través de los distintos continentes. Su pedagogía y su estilo educativo, sobre todo cuando se conoce y se profundiza, se considera un tesoro que se debe hacer conocer y conservar al mismo tiempo. Es, en efecto, una respuesta adecuada a los retos y a las expectativas de los jóvenes de hoy.

Todo esto nos anima a vivir con digno orgullo y grato reconocimiento nuestra vocación, sintiéndonos herederos y continuadores de un carisma especial que Dios ha suscitado para los jóvenes, sobre todo los más pobres y en peligro. En estos 150 años de historia salesiana, a partir de la fundación de la Congregación y de la Familia Salesiana, vernos realizarse el sueño de Don Bosco, de implicar un amplio movimiento de personas que, compartiendo su Espíritu, se entregan a la misión juvenil. Todos nosotros somos parte y prueba de ese sueño en la realidad.

Debemos vivir, pues, nuestra vocación salesiana con un gran sentido de agradecimiento; y el primer signo de reconocimiento es nuestra propia fidelidad, vivida con alegría y luminoso testimonio. Debemos hablar de nuestra vocación. Debemos hablar de Don Bosco y de su misión. Debemos poner en evidencia lo que la Familia Salesiana, por medio de sus grupos, ha realizado en el mundo y animar a muchas personas de buena voluntad a ofrecer no sólo su colaboración sino su misma vida para que la misión salesiana pueda continuar en el mundo en favor de los jóvenes tan amados por Dios.

Todos nosotros podemos conocer y recordar a hermanos y hermanas, comunidades y grupos que han vivido y viven su vocación de modo admirable y atrayente. Sus vidas suscitan la estima y la implicación de muchas personas. Pienso en este momento en la figura de don Vincenzo Cimatti que con su simpatía, amabilidad y su talento musical hizo conocer y apreciar a Don Bosco y su obra en Japón, suscitando numerosas vocaciones; o la figura de Mons. José Luis Carreño que en la India, junto a otros grandes misioneros, hizo conocer y amar la vocación salesiana, arrastrando a muchísimos jóvenes y poniendo en marcha un movimiento vocacional del que aún hoy recogemos frutos abundantes. Recuerdo también a la beata sor María Romero, incansable mujer apostólica en Costa Rica, o la radiante figura de sor Eusebia Palomino, o la del Salesiano Cooperador Attilio Giordani, o la del exalumno Alberto Marvelli, o la de Alexandrina da Costa, o la de Nino Baglieri.

También en situaciones muy difíciles, como las de los países comunistas, los miembros de la Familia Salesiana no se han dejado asustar y desanimar por los obstáculos y no se han retirado, esperando tiempos mejores, sino que buscaron vivir fielmente su vocación, ayudándose mutuamente a ser perseverantes en situaciones casi imposibles y dando lugar a formas originales y creativas para realizar, en la clandestinidad, un trabajo pastoral según el espíritu salesiano. De este modo también en aquellas circunstanciase tan adversas, han podido suscitar numerosas vocaciones a la vida religiosa y para la Familia Salesiana.

Estoy seguro de que cada uno de vosotros, en los diversos grupos y en las congregaciones e institutos de la Familia Salesiana, ha conocido hermanos o hermanas alrededor de los cuales han crecido numerosas vocaciones a la vida religiosa. Otros habrán promovido el compromiso por la misión de Don Bosco de numerosos laicos. Esa fuerza de animación tiene una fuente propia en la persona de nuestro gran Padre Don Bosco. Aún hoy, cada vez que los laicos colaboradores nuestros conocen bien la figura de Don Bosco, su sistema educativo y su espiritualidad, quedan demostradamente entusiasmados y sienten el deseo de darlo a conocer a otros.

Debemos, pues, estar orgullosos de nuestra vocación salesiana; conocer cada vez más a Don Bosco y, sobre todo, vivir y comunicar con entusiasmo su Espíritu y la misión salesiana. Como signo de gratitud por el don de la vocación salesiana recibido, nos comprometemos a hacerla conocer a todos, sobre todo a los jóvenes. Hablaremos de ella, cada vez que sea posible, a nuestros colaboradores y a los amigos que entran en contacto con nosotros. Nuestra vida, nuestro entusiasmo, nuestra fidelidad manifestarán plenamente que creernos en la belleza y en el valor de la vocación que hemos recibido. Creemos en su actualidad y la vivimos intensamente para responder con alegría a las necesidades y a las expectativas de los jóvenes y de la sociedad de hoy. El Señor Jesús y María Auxiliadora nos han confiado este don precioso para la salvación de los jóvenes. Es un don que custodiamos con amor, que vivimos con intensidad y que comunicamos con alegría.

Concluyo, corno otras veces, con una fábula que me parece muy estimulante para la reflexión que nos propone sobre el tema del seguimiento, del camino, de la opción fundamental de la vida y del Señor, como único sumo bien y verdadera perla preciosa, por la que vale la pena vender todo. Son todos elementos que tienen que ver con la concepción de la vida como vocación.

LA CARAVANA EN EL DESIERTO

En el lejano Oriente vivía un emperador rico y poderoso. En todas las cortes del mundo se tejían alabanzas de su reino, de sus palabras y de su sabiduría. Pero los bardos y los cuentacuentos que peregrinaban de castillo en castillo ponderaban sobre todo sus inmensas riquezas.

«¡Bastarían sólo las piedras de su diadema para mantener a una ciudad!», declamaban.

Como siempre sucede, todo esto fomentó la envidia y la codicia de otros reyes y de otros pueblos. Algunas tribus de bárbaros feroces y violentos se agolparon en las fronteras e invadieron el reino.

Nadie lograba detenerlos.

El emperador decidió refugiarse entre las tribus fieles que vivían en las montañas, más allá del terrible desierto.

Una noche dejó el palacio imperial seguido por una ágil caravana que transportaba su fabuloso tesoro de lingotes de oro, joyas y piedras preciosas. Para hacer más expedita la marcha, lo acompañaban sólo sus guardias escogidas y los pajes, que le habían jurado fidelidad absoluta hasta la muerte.

La pista a través del desierto serpeaba entre dunas de arena quemadas por el sol, desfiladeros angostos y puertos empinados. Una pista conocida por pocos. A mitad del camino, mientras trepaban por un repecho pedregoso, agotados por la fatiga y por el ardiente reflejo de las rocas, algunos camellos de la caravana se derrumbaron jadeando y no se levantaron ya.

Los cofres que transportaban rodaron por las laderas de la duna, se destrozaron y desparramaron todo su contenido de monedas, joyas y piedras preciosas que se metieron entre las piedras y en la arena.

El soberano no podía aflojar la marcha. Los enemigos, probablemente, se habían dado cuenta de su huida.

Con un gesto entre agrio y generoso, invitó a sus pajes y a sus guardias a que se quedasen con las piedras preciosas que pudiesen recoger y llevarse consigo. Un puñado de aquellos objetos preciosos les aseguraba ser ricos el resto de su vida.

Mientras los jóvenes se lanzaban ávidamente sobre el rico botín y hurgaban afanosamente en la arena y entre las piedras, el soberano prosiguió su viaje en el desierto.

Pero se dio cuenta de que alguien seguía caminando detrás de él.

Se volvió y vio que era uno de sus pajes que le seguía jadeante y sudoroso.

«Y tú» le preguntó ,<¿no te has parado para recoger algo?».

El joven fijó en él los ojos con una mirada serena, colmada de dignidad y de orgullo, y respondió:

«No, señor. Yo sigo a mi rey».

El relato nos lleva a la memoria de aquel pasaje decisivo del Evangelio de Juan, que es una divisoria en la historia de Jesús:

«Muchos de los discípulos de Jesús se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros sabemos y creemos que tú eres el Santo de Dios»» (Jn 6,66-69).

Una elección tan comprometida como entregar la propia vida en las manos de Dios es sólo posible si, como escribe Madeleine Delbrêl; somos capaces de bailar dejándonos llevar por el Espíritu Santo.

La Danza de la Vida

«Para ser un buen danzarín, contigo como con los otros, no hace falta saber a dónde lleva la danza. Basta seguir el paso, estar alegre, ser liviano y, sobre todo, no estar agarrotado. No hay que pedirte explicaciones sobre los pasos que te gusta hacer. Hay que ser como la prolongación, ágil y viva, de Ti. Y recibir de Ti la transmisión del ritmo de la orquesta.

Hace falta no querer avanzar a toda costa, sino aceptar volverse atrás, andar de lado. Hay que saber pararse y saber resbalar, en vez de caminar. Y estos serían sólo pasos de estúpidos, si la música no hiciese de ellos una armonía. Pero nosotros olvidamos la música de Tu Espíritu, y hacemos de la vida un ejercicio de gimnasia; olvidamos que entre Tus brazos la vida es danza y que Tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía.

Si estuviésemos contentos de Ti, Señor, no podríamos resistirnos a la necesidad de danza que inunda el mundo, y llegaríamos a adivinar qué danza Te gusta hacernos bailar, casándonos con los pasos de Tu Providencia».

Queridos hermanos y hermanas, os deseo a todos vosotros esta apasionante experiencia de dejaros conducir por el Espíritu. Nuestra vida se colmará de alegría y de entusiasmo y entonces podremos convertirnos, como Juan el Bautista, en maestros que saben ayudar a sus discípulos a convertirse en discípulos y apóstoles del Señor Jesús.

Un fuerte abrazo y un año 2011 sereno y abundante de vocaciones para toda la Familia Salesiana.

Pascual CHÁVEZ VILLANUEVA
Rector Mayor

1 CG26, Da mihi animas, cetera tolle, Roma, 2008, núm. 53: «Vocaciones al compromiso apostólico”.

2CG26, Da mihi animas, cetera tolle, Roma, 2008, núm. 54: Acompañamiento de los candidatos a la vida consagrada salesiana».

3 Cenno histórico sobre la Congregación de S. Francisco de Sales y aclaraciones correspondientes. Roma. Tip. Poliglotta 1874. En OE XXV, p. 233.

4 Memorie dell’Oratorio. Texto crítico, editado por A. FERREIRa. Roma, LAS 1991, p. 195. Poner al servicio de las diócesis como seminarios menores sus (nuevas) escuelas privadas fue un motivo impulsor de la expansión de la obra salesiana; Memorias del Oratorio, traducción de la obra anterior por J. M. PRELLEZO, Editorial CCS, 52008, p. 156. Cf. A. J. LEN’n, Don Bosco. History and Spirit. Vol. 5°: Institutional Expansion, Roma, LAS, 2009, pp. 49-73.

5 Cf. P. BRAIDO, Don Bosco, Arete dei giovani nel secolo delle libertà. Vol. I, Roma, LAS, 2003, p. 544.

Summarium, 676, §14.

7 MBe XVII, p. 230.

8 MBe XVIII, p. 459.

9 Aunque falta un artículo sobre los seminarios menores en el primer texto constitucional que se conserva, el manuscrito de Rua de 1858, lo introdujo Don Bosco ya en el primer borrador de 1860. Cf. G. Bosco, Costituzioni de la Società di S. Francesco di Sales118581 -1875. Edición crítica de Francesco Motto, Roma, LAS, 1982, pp. 76-77.

10 Para esta sección tomo libremente la voz «Cultura de la vocación», de don JUAN E. VECCHI, en Dizionario della Pastorale Vocazionale, Librería Editrice Rogate, Roma 2002, pp. 370-382

11  JUAN PABLO II, Mensaje para la XXX Jornada de Oración por las vocaciones (8 de septiembre de 1992).

12 Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la XXX Jornada Mundial de oración por las vocaciones (8 de septiembre de 1992).

13 Cf. CG23, 181.

14 Un sencillo, pero todavía actual, itinerario de educación en la castidad lo prospectó el Capítulo General 23: cf. CG23, 195 – 202.

15 «La promoción de las vocaciones consagradas exige algunas opciones fundamentales, como la oración constante… La oración debe ser compromiso cotidiano de las comunidades y debe implicar a jóvenes, familias, laicos, grupos de la Familia Salesiana» (CG26, 54).

16 CG26, 57

17 EGIDIO VIGANÕ, «Nuestra oración por las vocaciones», ACG 341 (1992) p. 27.

18 JUAN PABLO II, Mensaje con ocasión de la XII Jornada de la Juventud (15 de agosto de 1996)

19 JUAN E. VECCHI «Le reconocieron al partir el pan», NPG 1997, núm. 8 (noviembre) pp. 3-4.

20 Cf. CG23, 158ss y especialmente 173-177.

21 Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes de Roma y del Lazio, en preparación a la Jornada Mundial de la Juventud, 25 de marzo de 2010.

22 Ibid.

23 CG24, 150.

24 JUAN E. VECCHI, Beatificación del Coad. Artémides Zatti: Una novedad irrumpente, ACG 376 (2001) p. 43

25 Ibid.

26 Cf. MBe XI, p. 230.


Aguinaldo del Rector Mayor 2011 (I)

abril 6, 2014

Presentación del Aguinaldo 2011

Un dato histórico, confirmado por los cuatro evangelistas, es que, desde el comienzo de su actividad evangelizadora (cfr. MC 1, 14-15), Jesús llamó a algunos a seguirle (cfr. Mc 1, 16-20). Sus primeros discípulos se convirtieron así en “compañeros por todo el tiempo en el que Jesús ha vivido entre nosotros, comenzando por el bautismo de Juan hasta el día en el que, estando con nosotros, ha ascendido al cielo” (Hch 1, 21-22).

Evangelización y vocación son, pues, dos elementos inseparables. Incluso podríamos decir que un criterio de autenticidad para una buena evangelización es la capacidad de ésta para suscitar vocaciones, para madurar proyectos de vida evangélica, para implicar enteramente la persona de los que son evangelizados hasta hacer de ellos discípulos y apóstoles.

Después del Aguinaldo de 2010, “Señor, queremos ver a Jesús”, sobre la urgencia de evangelizar, hago una insistente llamada a la Familia Salesiana a experimentar la urgencia, la necesidad de convocar.

Queridos hermanos y hermanas, miembros todos de la Familia Salesiana, os invito por tanto a ser verdaderos guias espirituales para los jóvenes, como Juan Bautista que indica a Jesús a sus discípulos diciéndoles: “¡He aquí el Cordero de Dios! (Jn 1, 36), de manera que puedan ir detrás de El; hasta el momento en el que Jesús dándose cuenta de que lo siguen se dirige directamente a ellos con la pregunta: “¿Qué buscáis?” y ellos, con el deseo de conocer en profundidad quien es este Jesús, le preguntan: “Rabbi, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), y el Maestro los invita a hacer una experiencia de convivencia con Él: “Venid y veréis”. Algo inmensamente hermoso habrán experimentado los discípulos cuando “fueron, vieron donde vivía y se quedaron con El” (Jn 1, 39).

He aquí el camino pedagógico que os propongo recorrer:

1. Volver a Don Bosco

  • Hacer nuestra su experiencia en Valdocco, donde crea un ambiente de familiaridad, de fuerte valor espiritual, de compromiso apostólico y de acompañamiento espiritual, sostenido por un inmenso amor a la Iglesia y al mundo.
  • Manifestar la belleza, la actualidad y la variedad de nuestra vocación salesiana: una vida entregada por entero a Dios en el servicio a los jóvenes vale la pena ser vivida.
  • Vivir la propia vida y ayudar a comprender la vida de los demás como vocación y misión. Todo como un gran don vivido en la centralidad de Dios, en la fraternidad entre los consagrados y en la entrega a los jóvenes más pobres y necesitados.

2. Para llegar a ser Don Bosco para los jóvenes de hoy

  • Ser conscientes y hacer palpable la centralidad de los consagrados en la realización de la misión salesiana. Esta ha sido la convicción y la experiencia de Don Bosco.
  • Crear, como en Valdocco, una cultura vocacional caracterizada por le búsqueda del sentido de la vida, en el horizonte de la Trascendencia, sostenida e impulsada por valores profundos, con carácter de proyectualidad, hacia una cultura de la fraternidad y de la solidaridad.
  • Asegurar el acompañamiento a través de calidad de la vida personal, la educación al amor y a la castidad, la responsabilidad hacia la historia, la iniciación a la oración, el compromiso apostólico.
  • Hacer del Movimiento Juvenil Salesiano un lugar privilegiado para un camino de discernimiento vocacional: en él los jóvenes experimentan y manifiestan una corriente de comunión en torno a la persona de Don Bosco y a los valores de su pedagogía y de la Espiritualidad Juvenil Salesiana, desarrollan el voluntariado y maduran proyectos de vida.

Roma, 31 de mayo de 2010.

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor


Aguinaldo del Rector Mayor 2010 (II)

abril 6, 2014


Aguinaldo del Rector Mayor 2010 (I)

abril 6, 2014

COMENTARIO AL AGUINALDO PARA 2010

«Verdaderamente no hay nada más bello
que encontrar y comunicar a Cristo a todos».1

Carísimos Hermanos,
Hijas de María Auxiliadora,
Miembros todos de la Familia Salesiana,
Jóvenes.

Aquí estoy otra vez, en la cita anual para la presentación del  comentario al Aguinaldo de 2010. Como verdadero programa espiritual y pastoral, nos ayudará a reforzar nuestra identidad salesiana, a robustecer nuestra comunión de mente y de corazón, a insertarnos en la Iglesia como “discípulos y apóstoles” para la construcción del Reino y para la transformación del mundo. Hoy más que nunca, el mundo tiene necesidad de Cristo y de su Evangelio; por esto se necesitan personas que hagan del Reino de Dios la causa por la que vivir, como hizo Jesús; se necesita el testimonio de discípulos, varones y mujeres nuevos, nacidos no de la “carne” sino del Espíritu; sólo sirven apóstoles empeñados
seriamente en la conservación de la creación y en la justicia, la solidaridad y la fraternidad entre los pueblos.

1. Introducción: el Aguinaldo y sus motivaciones

Después de la llamada del año pasado, en el que invité a la Familia Salesiana a vivir y a actuar como “movimiento”, de manera que fuera más visible, más significativa y más eficaz en su servicio de salvación de los jóvenes, en 2010 quisiera veros animados por el mismo espíritu y empeñados en un proyecto compartido: anunciar el Evangelio a los jóvenes y llevarles así al encuentro personal con el Señor Jesús. Se trata de una palabra programática que nos ha ofrecido el mismo Santo Padre. Con ocasión del XXVI Capítulo General de los Salesianos, el Papa escribía en una carta dirigida a mí: «La evangelización debe ser la frontera principal y prioritaria de su misión hoy. Representa múltiples compromisos, urgentes desafíos, vastos campos de acción; pero su deber fundamental es proponer a todos vivir la existencia humana como la vivió Jesús.  En las situaciones multirreligiosas y en las secularizadas es necesario encontrar caminos inéditos para dar a conocer la figura de Jesús, especialmente a los jóvenes, para que perciban su perenne fascinación».2

Por eso, con ocasión del centenario de la muerte de don Miguel Rua, fidelísimo a Don Bosco y a su carisma, quisiera invitar a todos los miembros de la Familia Salesiana a convertirse cada vez más en discípulos enamorados y en apóstoles entusiastas de Jesús y a comprometerse en la evangelización de los jóvenes. Hablémosles de Cristo, relatemos nuestro encuentro con Él; narremos su historia, sin la cual su figura corre peligro de diluirse en la mitología o en la ideología; presentemos el programa de felicidad que Él nos ofrece en las Bienaventuranzas; digámosles
cuán bella es la vida una vez que se Le ha encontrado y cuán gozoso resulta ser aferrados por Él y comprometidos en la causa del Reino de Dios.

El compromiso evangelizador es fruto de la identidad del discípulo que, después de haberse decidido al seguimiento del Señor Jesús, se convierte en su representante personal y en ardiente misionero. Queremos asumir el reto de ayudar a los jóvenes a «mirar a los otros no ya solamente con los propios ojos y con los propios sentimientos, sino desde la perspectiva de Cristo Jesús».3 Es verdad que nosotros somos salesianos y, como tales, realizamos nuestra misión de evangelizar educando y de educar evangelizando. Esto no es un eslogan ni una frase vacía de sentido. Expresa el estrecho vínculo que existe entre evangelización y educación; sin confundirse y respetando su autonomía, ambas
están al servicio de la persona humana para llevarla hasta la plenitud de Cristo. La educación es auténtica cuando es respetuosa de todas las dimensiones del niño, del adolescente, del joven, y cuando está claramente orientada a la formación integral de la persona, abriéndola a la transcendencia. Por su parte, la evangelización tiene en sí misma un fuerte valor educativo, precisamente porque busca la transformación de la mente y del corazón, la creación de una nueva persona, fruto de su configuración con Cristo.

El Aguinaldo de 2010 aprovecha la ocasión del año paulino recién concluido y del Sínodo de la Palabra de Dios, todavía en espera de la Exhortación Apostólica postsinodal del Papa, que nos ayudará a anunciar y a testimoniar la belleza del encuentro con Cristo, Palabra de Dios, que vive en medio de nosotros. Durante el Sínodo, en el cual he tenido la gracia de participar, tuve una intervención sobre el fragmento lucano de los discípulos de Emaús, visto como modelo de la evangelización de los jóvenes, tanto por los contenidos como por los métodos; puede resultar útil volver a tomarlo en nuestras manos y meditarlo.

Por tanto, he aquí el programa espiritual y pastoral para el año 2010:

«Señor, queremos ver a Jesús».
A imitación de Don Rua,
como discípulos auténticos y apóstoles apasionados,
llevemos el Evangelio a los jóvenes.

Los numerosos grupos de la Familia Salesiana se hallan en sintonía con este compromiso. A modo de ejemplo, os señalo dos
párrafos de los Capítulos Generales de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora. El Capítulo General XXVI de los Salesianos
es consciente de la urgencia de evangelizar y de la centralidad de la propuesta de Jesucristo:

«Consideramos la evangelización como la urgencia principal de nuestra misión, conscientes de que los jóvenes tienen derecho a oír el anuncio de la persona de Jesús como fuente de vida y como promesa de felicidad en el tiempo y en la eternidad».4 «Por tanto, nuestro empeño fundamental es proponer a todos vivir la existencia humana como la vivió Jesús… El anuncio de Jesucristo y de su Evangelio debe ser
central, junto con la llamada a la conversión, a la acogida de la fe y a la inserción en la Iglesia; de aquí nacen los caminos de fe y de catequesis, la vida litúrgica, el testimonio de la caridad operosa».5.

El Capítulo general XXII de las Hijas de María Auxiliadora reconoce que es el amor de Dios el que nos empuja: «El cenáculo, el lugar donde los apóstoles se encuentran todos juntos, no es una morada estable, sino una base de lanzamiento. El Espíritu los transforma de hombres acobardados en ardientes misioneros que, llenos de coraje, llevan por los caminos del mundo el alegre anuncio de Cristo Resucitado. El amor empuja hacia el éxodo y a salir de sí mismos hacia las nuevas fronteras para convertirse en don: “El amor crece a través del amor”6. María, que desde el cenáculo enseña a abrir las puertas, ha sido la primera en vivir laexperiencia del éxodo y en ponerse en camino. La primera evangelizada se ha convertido en la primera evangelizadora. Llevando a Jesús a los demás, Ella ofrece su servicio, produce alegría, hace experimentar el amor».7

2. Nuestra vocación es ser discípulos y apóstoles
La vocación de todo cristiano es ser discípulos que acogen cordialmente la Palabra de Dios y apóstoles que la transmiten gozosamente. Precisamente en esto consisten la vida y la misión de la Iglesia. Jesús mismo comenzó anunciando el Evangelio del Reino de Dios y llamando a discípulos para enviarlos a predicar. No sólo los Doce, sino todos los bautizados están llamados a ser discípulos, que se familiarizan con la Palabra, se identifican con el Señor hasta tener Sus sentimientos, tienen la mente de Cristo, viven en intimidad con Él, hasta llegar a ser apóstoles convencidos y celosos, enviados a todos los ambientes de la vida para dar testimonio de la fe, para dar razón de la esperanza, para colaborar en la transformación de la cultura y de la sociedad, para construir un mundo donde reinen la justicia y la paz, para ser conciencia de
solidaridad entre los pueblos y entre los grupos sociales y de fraternidad entre todas las personas.

Ningún cristiano puede sustraerse de esta vocación y misión. No sólo los sacerdotes, los misioneros y los religiosos, sino todos, movidos por el amor que el Señor nos tiene y en virtud del bautismo, estamos llamados a ser evangelizadores. Podemos responder a este mandato del Señor en la familia, en el trabajo, en nuestras comunidades, con las obras y con las palabras, es decir, con el amor que pongamos en las acciones y en las palabras, procurando que sean conformes al Evangelio. Evangelizar significa añadir una levadura con una energía tal que cambie la mentalidad
y el corazón de las personas y, a través de ellas, las estructuras sociales, de manera que sean concordes con el designio de Dios. No se trata de una actividad intimista; evangelizar es desencadenar la verdadera revolución social, la más profunda, la única eficaz. Esto explica por qué encuentra tantas dificultades y contrastes, abiertos y ocultos.

Antes de pensar en los medios y en los modos de evangelizar, es necesario tener un motivo, es decir, estar “enamorados” de Dios,
haber realizado la experiencia de su amistad y de su intimidad: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace el amo;
sino que os he llamado amigos, porque todo lo que he oído al Padreos lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Entre el momento de la
llamada y el momento del envío se coloca el tiempo en el que los discípulos «están» con el Señor para aprender su estilo de vida,
para aprender a leer la historia personal y universal como historia de salvación, para experimentar en la propia vida la verdad, la
bondad y la belleza del mensaje que se les ha confiado y que están llamados a proclamar.

A este respecto, decía yo así en el saludo de apertura de la Asamblea trimestral de la Unión de los Superiores Mayores, en
preparación al Sínodo sobre la “Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”: «Sólo el ministro del Evangelio, consagrado o
laico, que tenga en su corazón el Evangelio, hecho objeto de contemplación y motivo de oración, logrará mantenerlo en la boca
como tesoro del que hablar y lo tendrá en sus manos como un deber ineludible que entregar».8

En el bello compromiso de acoger, encarnar y comunicar la Palabra de Dios, María nos hace de madre y maestra, porque, como
dice San Agustín, Ella concibió al Hijo en el espíritu antes que en la carne. Efectivamente, en el evangelio de Lucas María es presentada
como aquella que, al anuncio del ángel, responde con apertura extraordinaria: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra» (Lc 1, 38). María es el modelo del discípulo que, ante los acontecimientos que ve y no logra comprender, guarda todas
esas cosas y las medita en su corazón (Lc 2, 19). Al inicio del ministerio de su Hijo, en las bodas de Caná, invita a los criados a
«hacer lo que Él os diga» (Lc 11, 27-28). Llegado el momento de la Pasión, María está al pie de la cruz, compartiendo hasta el fondo el
abandono, el rechazo y el sufrimiento del Hijo y recogiendo con mimo su testamento: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 25-27). Y,
finalmente, después de la Resurrección, persevera en oración con los discípulos en espera del Espíritu Santo prometido (Act 1, 14).
He aquí nuestro modelo de discípulo y de apóstol de la Palabra.

3. Tarea de los discípulos es escuchar el “deseo de ver a Jesús”
Precisamente porque la evangelización no es solamente un mensaje que proclamar, sino que es la revelación de Dios en Jesús,
la evangelización es auténtica cuando lleva al encuentro con la persona de Jesús y es eficaz cuando comunica la salvación que
Dios ha querido darnos en el Hijo. Por tanto, la evangelización comporta una dinámica interna, que parte del sentimiento religioso
expresado en el deseo humano de ver a Dios, y que traduce así el salmista: «De ti ha dicho mi corazón: buscad su rostro; Señor,
busco tu rostro» (Sal 26,8). Y uno de los discípulos se atreverá a pedir a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8).
Esto nos indica que evangelizar es un encuentro de personas; y la persona es evangelizada cuando encuentra y acoge a la persona de
Jesús.

El evangelista Juan recuerda que unos griegos, mientras subían a Jerusalén para la Pascua, se acercaron a Felipe con la
petición de «ver a Jesús» (Jn 12, 21). No sabiendo qué hacer ante una petición tan inesperada, Felipe habló sobre ello con Andrés y,
juntos, «fueron a decírselo a Jesús». Entonces Jesús se dio cuenta de que había llegado la hora, tantas veces aplazada, de ser glorificado. En el momento en que aquellos que estaban lejos sintieron el deseo de verle, Jesús reconoció que había llegado el tiempo de anunciar la entrega de su muerte, la hora de la glorificación, el momento decisivo de la salvación de todos.

Jesús llegó a la conciencia de su hora cuando supo que había unos griegos que querían verle. Y lo supo porque dos discípulos se
lo comunicaron. Sin darse cuenta de ello, Felipe y Andrés ayudaron a Jesús a reconocer el momento crucial de su vida. Sin aquellos
dos discípulos, los griegos no habrían podido manifestar el deseo de ver a Jesús; sin ellos, Jesús no habría sabido que había llegado
el momento de su glorificación. Jesús tuvo necesidad de los discípulos para reconocer, en el deseo de ser visto por los estaban
lejos, que había llegado la hora de su gloria.

Jesús tiene necesidad también hoy de discípulos que lleguen a descubrir en el corazón de la gente, en sus alegrías y en sus
miedos, un deseo no siempre explícito de acercase a Él y de encontrarle. Lo que impulsa de nuevo a Jesús a realizar la
salvación es saberse deseado. Sólo el discípulo que ya le está cercano puede descubrir, entre los que le buscan, quién desea en
realidad encontrarle. El discípulo sigue a Jesús para facilitar el encuentro con Él de aquellos que Le quieren ver. Así es como el
discípulo de Jesús llega a ser su apóstol: Jesús tiene necesidad de discípulos, compañeros de vida y misión, pare reconocer la llegada
de su hora. Llevando ante Él a aquellos que quieren verle, el discípulo de Jesús se convierte en su apóstol.

Discernir entre las muchas aspiraciones de la juventud de hoy el verdadero deseo de «ver a Jesús», es para nosotros, miembros de
la Familia Salesiana, motivo, si no único, al menos fundamental para llegar a ser verdaderos discípulos de Cristo. Si no lo hacemos
nosotros, ¿quién presentará a Jesús los sueños y las necesidades de los jóvenes? ¿Quién posibilitará a los jóvenes ver a Jesús? Los
miembros de la Familia Salesiana están llamados a escuchar el anhelo de los jóvenes de encontrar a Jesús y, al mismo tiempo, a
leer la situación juvenil de manera que ponga en evidencia el deseo que los jóvenes tienen de acercarse a Jesús. Éste es nuestro modo
de ayudar hoy a Jesús a salvar a los jóvenes. Y así es como nos convertimos en verdaderos compañeros y apóstoles suyos.

Esto significa que la evangelización de los jóvenes debe partir de las situaciones concretas en que se encuentran ellos, con atención particular a su cultura, fuertemente marcada por el valor de la subjetividad y de la autorreferencia, que los lleva a reagruparse entre coetáneos y a alejarse del mundo de los adultos. A este propósito son iluminadoras las palabras pronunciadas por el Santo Padre, Benedicto XVI, en la catequesis del cinco de agosto de 2009, hablando del Santo Cura de Ars: «Si entonces se daba la dictadura del racionalismo, en la época actual se registra en muchos ambientes una especie de dictadura del relativismo». Ambas aparecen como respuestas inadecuadas a la justa demanda  del hombre de usar en plenitud la propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta los límites humanos y pretendió convertir la sola razón en medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo reduce la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Pero hoy, como entonces, el hombre «mendicante de significado y de cumplimiento va tras la continua búsqueda de respuestas exhaustivas a las preguntas de fondo que no cesa de plantearse».9 He aquí por qué los jóvenes, sobre todo ellos, tienen necesidad, no siempre sentida o expresada, de guías pacientes y comprensivos.

En lo que afecta a la referencia religiosa en general, y a la referencia cristiana en particular, los datos sobre los jóvenes no ofrecen dudas. Lejanía, abandono prematuro e irrelevancia señalan la relación de mucha juventud con instituciones, temas y personas religiosas. Hoy es cada vez más común encontrarse con jóvenes que no han tenido nunca contacto con el hecho religioso o que lo han tenido en modo insuficiente para comprender la cuestión de Dios o que se han alejado después de una experiencia inicial llena de promesas.

Escuchar el grito, explícito o implícito, de los jóvenes que quieren ver a Jesús comporta en la situación actual salir hacia aquellos espacios y temas de vida donde los jóvenes se encuentran como en su propia casa, para hacer que descubran con claridad que, entre los deseos más auténticos de vida y felicidad, está escondida la pregunta por el sentido y la búsqueda de Dios.

Mi querido predecesor, don Juan Edmundo Vecchi, había descrito esta situación de manera muy precisa. «El mundo juvenil es tierra de misión por el número de sujetos que deben volver a escuchar el primer anuncio, por las formas de vida y por los modelos culturales a los que no ha llegado todavía la luz del Evangelio, por el lenguaje verbal, mental y existencial que no encaja con el de la tradición».10

«Hay que levantar acta de que Dios interesa a los jóvenes. Cualquier investigación lo confirma. Un alto porcentaje declara que siente de algún modo necesidad de Dios y que está convencido de su existencia. A pesar de ello, no se deriva de ello la obligación del culto y de una moral coherente, y mucho menos se liga a la verdad que sobre Dios propone cada una de las Iglesias.

La imagen de Dios que tienen los jóvenes está muy diversificada, como en caleidoscopio. Pero sería apresurado calificarla sin más como falsa. Más bien es incompleta y desenfocada, a veces demasiado. Admitida cierta desconfianza respecto a las instituciones y a la imagen de Dios que presentan y dados por descontados algunos principios de verificación típicos del pensamiento actual, no quedan criterios para evaluar
objetivamente la validez de las diversas representaciones de Dios.

Por tanto, al asumir cualquiera de ellas, prevalece la opción subjetiva. No está totalmente mal: la fe es un acto libre de la voluntad, movida por la gracia e iluminada por la razón. Pero ciertamente resultan imágenes desequilibradas. De ellas se deduce un Dios objeto, una imagen, un interlocutor, una relación y un descubrimiento a medida de cada individuo. De ellas se deriva una concepción notablemente vaga de Dios mismo […].

Hay jóvenes en los que la imagen de un Dios casi ha desaparecido. Y de la misma manera, cualquier pregunta sobre Dios. Imágenes y preguntas se agazapan entre los pliegues de la  conciencia, como en un rincón de ella que ya no se visita.

En este contexto, más comparable a una plaza que a una iglesia, se presenta la cuestión de cuándo y cómo hablar de Dios, hacia qué imagen de Dios orientar experiencias y mensajes. Está claro que, ya que Dios se ha revelado a través de hechos y palabras, también nuestro hablar se realiza mediante hechos y palabras, acontecimientos e iluminaciones».11

4. Primero discípulos, después apóstoles

Para hacer ver a Jesús a los jóvenes, es necesario conocerle, vivir con Él, ser de los suyos. Dicho con otras palabras, no se puede ser testigos y apóstoles de Jesús, si antes no se es su discípulo. Efectivamente, no se convierte en apóstol quien quiere serlo, sino quien es llamado. Felipe, Andrés y los demás miembros del primer grupo apostólico fueron llamados por Jesús, uno a uno, por su nombre, escogidos entre una multitud: «Fueron detrás de Él aquellos que Él quiso», doce, «para tenerlos consigo y para enviarles a predicar» (Mc 3,13-14). Y, para andar tras de Jesús, debieron alejarse de la gente que Le seguía y seguirle a Él. Quien ha sido invitado a estar con Jesús y a predicar en su nombre no
pertenece al grupo de quien Le busca; forma parte de aquellos que ya Le ha han encontrado y han decidido permanecer con Él.

El primer mandato que recibe el apóstol, la invitación inicial dirigida por quien le ha llamado, es «estar» con su Señor. En el apostolado la convivencia precede al envío; la compañía viene antes que la predicación; la fidelidad personal es premisa para la misión. Efectivamente, serán enviados por Jesús los que han vivido con Él, compartiendo el camino y el descanso, el pan y los sueños, los éxitos y los fracasos, la vida y los proyectos. Antes de que el Evangelio ocupe su mente y sea la causa de sus fatigas, deberá haber sido acogido en su corazón y ser causa de su propia alegría. Jesús no confía su Evangelio a quien no ha dado su propia vida (Hch 1, 21-22). Los primeros invitados por Jesús fueron sus
primeros compañeros.

Por el hecho de que estaban con Él, la gente que quería conocer a Jesús se acercaba a los discípulos; el deseo de encontrar a Jesús llevaba a la multitud a buscar al que Le seguía. Solamente el discípulo que vive con Jesús puede facilitar el acceso a Él de parte de quien Le desea. De aquí la necesidad urgente que sienten los jóvenes de encontrar discípulos de Cristo que les lleven hasta Él, precisamente porque están siempre con Él. Sólo discípulos auténticos pueden ser apóstoles creíbles. En el año apenas transcurrido, la figura de Pablo nos ha ayudado a comprender que
antes del «Evangelio de la gracia» anunciado a todos, viene la experiencia del encuentro con el Resucitado; Pablo consiguió predicar el Evangelio de Dios, y de manera nueva, porque se le había revelado el Resucitado en el camino de Damasco (Gal 1, 15-16). De esta experiencia nace el programa de vida de Pablo «Para mí vivir es Cristo» y su proyecto pastoral «Ay de mí si no evangelizare» (1 Cor 9, 16). Si «Cristo es todo para nosotros» y si «no anteponemos nada al amor de Cristo», entonces nuestra vida se convierte en testimonio gozoso y en propuesta para todos del encuentro con Él.

5. Para hacer «ver a Jesús» a los jóvenes

Encontrar a Jesús no significa encontrarle inmediatamente. Haber «encontrado» a Jesús en una experiencia religiosa fuerte que suscita una gran alegría y entusiasmo, no siempre conduce a la fe, a un auténtico encuentro con el Señor, porque, como en la parábola de la semilla (Mc 4), no está preparado el terreno en el que cae la semilla.

En el encuentro la iniciativa es de Jesús. «Él se adelanta y busca el encuentro. Entra en una casa, se acerca al pozo, donde una mujer intenta coger al agua, se detiene delante de un exactor, vuelve la mirada hacia quien está subido a un árbol, se suma a quien está recorriendo un camino. De sus palabras, de sus gestos y de su persona desprende una fascinación que envuelve al interlocutor. Es admiración, amor, confianza y atracción.

Para muchos el primer encuentro se transformará en deseo de escucharle más todavía, de entablar amistad con Él, de seguirle. Se sentarán a su alrededor para interrogarle, le ayudarán en su misión, le pedirán que les enseñe a rezar, serán testigos de sus horas felices y dolorosas. En otros casos el encuentro acaba con una invitación a un cambio de vida».12 Éste es el testimonio unánime de los cuatro evangelistas. La expresión no es diversa cuando se piensa en el encuentro de Jesús con los jóvenes. Para cada uno de ellos el acontecimiento más decisivo tiene lugar en el
momento en que Cristo aparece como aquel del que es posible alcanzar un sentido para la vida, al cual dirigirse en busca de verdad, a través del cual comprender la relación con Dios y con el cual interpretar la condición humana. El elemento más importante es pasar de la admiración al conocimiento y del conocimiento a la intimidad, al enamoramiento, al seguimiento, a la imitación.

Es verdad que no se puede «ver a Jesús» si Él no se «deja ver». Nadie viene a Mí, ha dicho Él, sino aquel a quien le ha sido concedido por mi Padre (Jn 6, 44). Por tanto, no basta el deseo de encontrarle para llegar a la alegría del reconocimiento ni basta encontrar a sus discípulos para encontrar a Jesús y reconocerlo como Señor.

El relato de Emaús, modelo ejemplar de encuentro del creyente con la misma Palabra encarnada (Lc 24, 13-15), identifica la meta a la que debe llegar el creyente y traza el camino para llegar a ella. El episodio ilustra el camino de la fe y describe sus etapas siempre actuales. El relato lucano nos ofrece un itinerario preciso de evangelización, en el que se describe quién es el que evangeliza y cómo se evangeliza: es Jesús quien evangeliza por medio de su palabra y del don eucarístico de sí, caminado junto con sus discípulos.

5.1. Meta de la evangelización: encontrar a Cristo en la Iglesia

El relato se abre narrando el alejamiento de Jerusalén de dos discípulos de Jesús. Desolados por lo que ha sucedido en los tres últimos días, abandonan la comunidad, en la cual, no obstante, hay algunos que han comenzado a decir que el Señor ha sido visto vivo; los dos discípulos no pueden dar crédito a habladurías de mujeres (Lc 24, 22-23; Mc 16, 11). Sólo al final del viaje, cuando vean a Jesús repetir el gesto de partir el pan, le reconocerán para perderlo inmediatamente de vista y retornar a la comunidad. La conclusión, inesperada, del viaje a Emaús fue volver a encontrarse con la comunidad en Jerusalén. El Resucitado no se quedó con ellos y ellos no pudieron quedarse solos: retornaron a la comunidad, donde volvieron a encontrar a Cristo en el testimonio de los Apóstoles: «De veras el Señor ha resucitado y se ha
aparecido a Simón» (Lc 24,34). Éste es un criterio de verificación de un encuentro auténtico con Cristo: el don de la comunidad, que es descubierta como la propia casa, habitada por el Señor, el hogar al que pertenecen todos los que han visto al Señor.

Descubrir la comunidad y reencontrarse en la Iglesia, lugar para vivir la fe común, es la consecuencia lógica del encuentro personal con el Resucitado. Fuera de la comunidad el anuncio del Evangelio parece un rumor imposible de creer (Lc 24, 22-23).

Hoy, como ayer y más que ayer, debemos contar con los obstáculos que encuentra la evangelización. El primero es la desinformación, porque no solamente se habla poco de Jesús, sino que se intenta hacerlo desparecer de la cultura actual, de la organización social, de la conciencia personal. Su presencia es considerada irrelevante en la sociedad y su ausencia es vista como una ventaja. El segundo obstáculo es la visión subjetiva de Jesús, que, privado de su real historicidad, parece siempre un Cristo a nuestra medida, imaginado según los propios deseos o
necesidades. El tercer obstáculo es más refinado: en un pretendido diálogo interreligioso se querría reducir a Cristo a uno más entre otros maestros de espíritu o fundador de religiones, de modo que no se le reconocería como único Salvador de todos. En fin, existe el peligro no imaginario, sino muy común entre los mismos cristianos, de considerar a Cristo ya conocido en tan alto grado, que no tiene nada nuevo que decirnos; convertido en insignificante, no merece la pena tenerlo ya como Guía y Señor.

El relato lucano de los discípulos de Emaús nos dice que, si el Resucitado no hubiera formado comunidad con ellos, durante el viaje y a la mesa, los dos discípulos no habrían llegado a descubrirle vivo, ni hubieran recuperado el deseo de vivir juntos. Notemos bien: no importa si el que vuelve a comunidad la había  abandonado antes; pero es decisivo que se vuelva cuanto antes, inmediatamente después de haber visto al Señor. Sólo quien recupera la vida común, sabe que el Resucitado ha estado con él y encuentra la alegría de haberlo sentido junto a sí (Lc 24, 35.32).

Hay que temer una evangelización que, más allá de los métodos y de las intenciones, no parte de una vida en común de los evangelizadores y que no nazca de su alegría de haber encontrado a Cristo en la comunidad. Si fuese así, tal evangelización no habría nacido del encuentro con el Resucitado ni conduciría a encontrarse con Él. Los que vieron al Resucitado y comieron con Él no pudieron entretenerlo con ellos, pero sintieron el deseo de contar la experiencia vivida, retornando a su comunidad. Esto no es casual, sino que prueba una ley de la existencia cristiana: quien sabe y proclama que Cristo ha resucitado, vive en común su experiencia.

Es también verdad que se puede encontrar a Cristo en cualquier lugar; pero su casa, el lugar donde habita, es la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es decir, de aquellos que Le confiesan como su Señor, la familia de sus discípulos, de aquellos que comparten con Él vida y misión.

No hay duda de que debemos afanarnos en corregir la imagen deformada que puede existir de la Iglesia en muchos jóvenes. Algunos «hablan de ella con afecto, como si se tratara de la propia familia, más aún, de la propia madre. Saben que en ella y de ella han recibido la vida espiritual. También conocen sus límites, arrugas e incluso escándalos. Pero aparece como secundario en comparación con los bienes que aporta a la persona y a la humanidad en cuanto morada de Cristo y punto de irradiación de su luz: las energías de bien que se manifiestan en obras y personas, la experiencia de Dios movida por el Espíritu Santo que aparece en la santidad, la sabiduría que nos viene de la Palabra de Dios, el amor que une y crea solidaridad más allá de los confines nacionales y continentales, la perspectiva de la vida eterna.

Otros hablan de ella con distanciamiento, como si fuese una realidad que no les incumbe y de la que no se sienten parte. La juzgan desde el exterior. Cuando dicen ‘la Iglesia’, parecen referirse solamente a algunas de sus instituciones, a alguna formulación de la fe o a normas de moral con las que no congenian. Es la impresión que se saca de la lectura de algunos periódicos […] Se equivocan precisamente en aquello que constituye la Iglesia: su relación, más aún, su identificación con Cristo. Para muchos, esta es una verdad no conocida o prácticamente olvidada. No falta quien la interpreta como una pretensión de la Iglesia de monopolizar la figura de Cristo, controlar las interpretaciones y gestionar el
patrimonio de imagen, de verdad, de fascinación que representa Cristo.

En cambio, para el creyente éste es el punto fundamental: la Iglesia es continuación, morada, presencia actual de Cristo, lugar donde Él dispensa la gracia, la verdad y la vida en el Espíritu. […] Es justamente así. La Iglesia vive de la memoria de Jesús, medita repetidamente y estudia con todos los medios su palabra sacándole nuevos significados, vierte al rito su presencia en las celebraciones, trata de proyectar la luz que se derrama desde su misterio sobre los acontecimientos y sobre las concepciones de vida actuales y se compromete a llevar adelante la misión de Cristo en su totalidad: anuncio del Reino y transformación de las condiciones de vida menos humanas. Sobre todo, Jesús es su Cabeza que atrae a cada miembro, los une en un cuerpo visible e infunde energías en las comunidades».13

Si ésta es la verdadera realidad de la Iglesia, nos incumbe la tarea de actuar de tal manera que los jóvenes la amen como madre de su fe, que les hace crecer como hijos de Dios, que les permite encontrar la vocación y misión, que los acompaña a lo largo del recorrido de la vida y que los espera para introducirlos en la casa del Padre. Esto es lo que Don Bosco supo realizar de modo incomparable en la educación y evangelización de sus muchachos en Valdocco. Veamos qué podemos hacer nosotros hoy en relación a los jóvenes que quieren ver a Cristo.

5.2. Método de la evangelización: caminar juntos

La razón por la que el episodio de Emaús resulta tan actual, estriba en su contemporaneidad con nuestra situación espiritual. Es fácil sentirse identificados con estos discípulos que vuelven a casa, antes de la puesta del sol, cargados de conocimientos y de tristeza. En la aventura de los dos discípulos de Emaús encontramos las etapas decisivas que hay que recorrer, para rehacer, en la educación en la fe de los jóvenes, la experiencia pascual que acompaña al nacimiento de la vida en comunidad y del testimonio apostólico.

Punto de partida: ir a Jesús con las propias desilusiones

El punto de partida del viaje hacia Emaús no fue lo que había sucedido en Jerusalén «en aquellos días», sino la íntima frustración personal. Habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos las mejores esperanzas: parecía que «sería Él quien liberaría a Israel» (Hch 24, 19.21). En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas sus expectativas y su fe. Era más que lógico que experimentaran el fallo, que, desilusionados, sintieran que habían sido engañados. Hoy los jóvenes comparten pocas cosas con estos discípulos; pero tal vez no tienen ninguna tan en común como la frustración de sus sueños, el cansancio en la vida y el desencanto en el discipulado. Seguir a Jesús, piensan con frecuencia, no vale la pena: un ausente no tiene valor para su vida.

Es la hora de caminar hacia Emaús. En el camino, con sus angustias, hay también la oportunidad de un encuentro con Jesús. Pero no se debe caminar solos. Los jóvenes tienen necesidad de una Iglesia, que, representando a Jesús, se acerque a sus problemas y a su desánimo, que no sólo comparta con ellos el camino y la fatiga, sino que converse con ellos, colocándose a su nivel, interesándose por aquello que les preocupa, asumiendo sus incertidumbres. ¿Cómo podrá la Familia Salesiana representar al Señor Resucitado, si no se ocupa de ellos, si no se interroga sobre sus «alegrías y esperanzas», sobre sus «tristezas y angustias», en suma, si no se muestra preocupada por sus cosas y por su vida?

Durante el camino: desde saber muchas cosas sobre Jesús a dejarle hablar

En el camino, solamente el desconocido parecía no tener idea alguna de lo acaecido en Jerusalén (Lc 24, 17-24). Conocer muchas cosas sobre Jesús no llevó a los discípulos a reconocerlo; conocían el kerigma, pero no habían llegado a la fe; sabían mucho sobre Él, pero no eran capaces de verlo; tenían tantas noticias sobre un muerto que no lograban verle vivo. El desconocido debió emplearse a fondo para hacerles comprender lo acaecido a la luz de Dios. Jesús se puso a releer con ellos su vida, presentándola como cumplimiento de las promesas. Para poderle reconocer debieron dejarle hablar.

Como Cristo, la Familia Salesiana debe renunciar a alimentar en los jóvenes esperanzas inconsistentes, expectativas falsas; en cambio, debe enseñar a aceptar lo que sucede en ellos y en torno a ellos, ayudándoles a releer los acontecimientos a la luz de Dios, según su Palabra. Si no los llevamos a la convicción de que todo lo que acontece es parte de un proyecto divino, fruto y prueba de un inmenso amor, ¿cómo lograrán los jóvenes sentirse amados por Dios? Para lograrlo, debemos convertirnos en compañeros suyos en la búsqueda del sentido de la vida y en la búsqueda de Dios. He aquí un recorrido, todavía poco utilizado por la Iglesia, muy urgente para los jóvenes: sin conocer las Escrituras no se conoce a Cristo 14.

Etapa decisiva: acoger a Jesús en la propia casa

Llegados a Emaús, los discípulos no habían conseguido todavía el conocimiento personal de Jesús, no habían identificado al Resucitado en el desconocido acompañante. En realidad, Emaús no fue la meta del viaje, sino una etapa decisiva. Invitado a quedarse, todavía desconocido, Jesús repite su gesto sin decir palabra. Entre los creyentes, la praxis eucarística es signo de su presencia real. Los dos de Emaús no reconocieron al Señor cuando junto con él recorrían el camino y aprendían de Él a comprender el sentido de los acontecimientos. Lo que Jesús no consiguió hacer con el acompañamiento, con la conversación, con la interpretación de la Palabra de Dios, se cumple con el gesto eucarístico.

Los ojos para contemplar al Resucitado se abren cuando Él repite el gesto que mejor Le identifica (Lc 24, 30-31). Cuando se parte el pan en comunidad, Jesús sale del anonimato. «No se edifica comunidad cristiana alguna si no tiene como raíz y quicio la celebración de la eucaristía».15 Una educación en la fe que olvide u omita el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo. La eucaristía es y debe permanecer como «fuente y culminación de la evangelización»;16 es «la fuente y la culminación de la vida cristiana».17

«Los jóvenes, como nosotros, encuentran a Jesús en la comunidad eclesial. Pero en la vida de ésta hay momentos en los que Él se revela y se comunica de manera singular: son los sacramentos, en particular la Reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se contiene en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso, hasta el punto de no consentir distinguirle entre los hombres como el Salvador resucitado.

De hecho, hay quien, aún compartiendo la vida social y los ideales de la Iglesia, coloca a Jesús solamente entre los grandes sabios, entre los genios religiosos; tal vez le considera como la realización más alta de la humanidad, que influye sobre nosotros por la profundidad de su doctrina y por su ejemplo de vida. Pero falta la experiencia personal del Resucitado, de su poder de dar la vida, de la comunión en Él con el Padre.

Con razón se dice que los sacramentos son memoria viva de Jesús: de lo que Él cumple y realiza todavía hoy para nosotros, de lo que significa para nuestra vida; por tanto, los sacramentos reavivan nuestra fe en Él, y por esto le vemos mejor en nuestra existencia y en los acontecimientos.

Son también revelación de lo que parece escondido en los pliegues de nuestra existencia; por su medio tomamos concienciade ello: en la Reconciliación descubrimos la bondad de Dios en el origen y como tejido de nuestra vida; a su luz valoramos su trascurso e intentamos construirla de un modo nuevo. Son energía, gracia transformadora porque comunican la vida de Cristo resucitado y nos insertan en ella; nos dan conciencia no teórica, sino vivida, de su importancia, dimensiones y posibilidades.

Son profecía, prenda de una promesa de comunión y felicidad que nos ha sido hecha y en la que confiamos. En la Reconciliación se nos abren los ojos y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el deseo de Dios; nos es dado otra vez el Espíritu que nos purifica y renueva. Se ha dicho que es el sacramento de nuestro futuro de hijos, más bien que de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía Cristo nos incorpora a su ofrecimiento al Padre y refuerza nuestra donación a los hombres. Nos inspira el deseo y nos da la esperanza de que ambas cosas, amor al Padre y a los hermanos, sean una gracia para todos y para todo: anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección; ven, Señor Jesús».18

5.3. Motivación de la evangelización

La urgencia de evangelizar no es proselitismo, sino que expresa la pasión por la salvación de los otros, la gloria de compartir la experiencia de plenitud de vida en Jesús. Quien ha encontrado al Señor, no puede permanecer en silencio: debe proclamarle. Quedar callados sería darle de nuevo por muerto; ¡y Él vive! El sentido misionero encarna el mandato que Cristo dirige a los discípulos: «Seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Don Bosco hace suyo este mandato de Jesús desde el principio de su Obra, llevando el Evangelio a los jóvenes más pobres. Dice, hablando de la Congregación: «En su principio, esta Sociedad era un simple catecismo».19 Inmediatamente después de la aprobación de las Constituciones (1874), envió la primera expedición misionera a América Latina el 11 de noviembre de 1875. Como Familia  Salesiana estamos invitados a ponernos en sintonía con la que es la inspiración originaria de Don Bosco: la dimensión evangelizadora y misionera de su vida y también de su carisma. Todo esto representa un punto fundamental del testamento espiritual que él nos ha dejado.

La dimensión misionera está particularmente viva hoy, porque el mundo ha vuelto a ser «tierra de misión». Por otra parte, hoy hay una manera distinta de concebir la dimensión misionera, de realizar la «missio ad gentes». Se realiza en el respeto de los diversos ambientes culturales, en diálogo con las otras religiones y en la fermentación de la cultura20. Pero esto no nos exime de ser misioneros, más bien nos compromete de manera aún más fuerte.

5.4. Repensar la pastoral

Si queremos evangelizar hoy, además de conceder la prioridad a las urgencias de la evangelización, debemos renovar la pastoral.
He aquí algunas observaciones al respecto.

Centralidad de la persona de Jesucristo

La evangelización no tiene al Señor Jesús solamente como su contenido; Él es también su sujeto principal. Efectivamente, Jesucristo no propone un mensaje que pueda separarse de su persona, de modo que sus palabras, sus acciones, sus vicisitudes terrenas puedan ser reducidas a simples instrumentos comunicativos. Él mismo es el contenido de su anuncio, porque Él es la Palabra viva y eficaz, en la que Dios se comunica a los hombres. La fuente de toda obra de evangelización está en el encuentro personal con Cristo. Obviamente, no se trata de una simple exhortación parenética, sino de una clara indicación verificadora, que tiene consecuencias muy relevantes. Entre ellas, señalo ante todo la exigencia de superar la ruptura entre contenido y método de la evangelización y, en segundo lugar, la urgencia de mantener el equilibrio entre partir de las demandas de los destinatarios y presentarles sólo a Cristo y a todo Cristo. Esto nos exige verificar si nuestros métodos pastorales son coherentes con la centralidad de la propuesta de Jesucristo. Una metodología que pone exclusivamente en el centro la escucha de la Palabra evapora la eficacia de la Palabra misma.

Testimonio de la comunidad evangelizada y evangelizadora

El testimonio es un elemento básico de la acción pastoral. La prioridad del testimonio deriva coherentemente de la centralidad de la persona de Jesucristo en la acción evangelizadora. Esta acción no nace primariamente de necesidades humanas a las que dar respuesta, sino del encuentro con un misterio personal de graciadel que dar testimonio; por tanto, no se despliega a partir de un vacío o de una carencia, sino a partir de una plenitud de amor que se irradia y se comunica. Precisamente por esto, en el centro de la acción evangelizadora está la presencia testimonial de una comunidad que interpela las conciencias con su modo de vivir y no hay allí simplemente un proyecto pastoral, en torno al cual recoger  fuerzas más o menos homogéneas. Por esto, adquiere un relieve particular la figura del evangelizador, que es antes de nada un discípulo creyente y después un apóstol creíble; mejor dicho, un apóstol creíble precisamente porque es ya un discípulo creyente.

Evangelización y educación

En la Familia Salesiana se percibe la exigencia de repensar la relación entre evangelización y educación, superando la inercia repetitiva de fórmulas genéricas. A este respecto, el Capítulo General XXVI de los Salesianos afirma: «En la tradición salesiana hemos expresado esta relación de maneras diversas, por ejemplo, “honestos ciudadanos y buenos cristianos» o “evangelizar educando y educar evangelizando”. Advertimos la necesidad de proseguir la reflexión sobre esta delicada relación. En todo caso, estamos convencidos de que la evangelización propone a la educación un modelo de humanidad plenamente conseguida y de que la educación, cuando llega a tocar el corazón de los jóvenes y desarrolla el sentido religioso de la vida, favorece y acompaña la evangelización».21 El desarrollo de este trabajo encuentra un punto
de referencia en la nítida afirmación del mismo texto capitular, según el cual hay que «salvaguardar juntamente la integridad del anuncio y la gradualidad de la propuesta»,22 sin ceder a la tentación de transformar la gradualidad de los itinerarios pedagógicos en parcialidad selectiva de la propuesta o en el retraso del anuncio explícito de Jesucristo, imposibilitando así el encuentro personal con el Señor.

Evangelización en los diversos contextos

La evangelización requiere también prestar atención a los diversos contextos. La urgencia de llevar el anuncio del Señor Resucitado nos impulsa a enfrentarnos con situaciones que resuenan en nosotros como apelación y preocupación: los pueblos todavía no evangelizados, el secularismo que amenaza a tierras de antigua tradición cristiana, el fenómeno de las migraciones, las nuevas y dramáticas formas de pobreza y de violencia, la difusión de movimientos y de sectas. Cada contexto presenta sus propios retos al anuncio del Evangelio. Nos sentimos interpelados también por algunas circunstancias propicias, como el diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural, la nueva sensibilidad por la paz, por la tutela de los derechos humanos y por la custodia de la creación, por tantas expresiones de solidaridad y de voluntariado. Estos
elementos, reconocidos por las Exhortaciones Apostólicas y siguiendo los Sínodos Continentales, nos comprometen a encontrar nuevos caminos para comunicar el Evangelio de Jesucristo en el respeto y en la valoración de las culturas locales.

Atención a la familia

Hay que dedicar una atención particular a la familia, que es el sujeto originario de la educación y el primer lugar de la evangelización. La Iglesia ha tomado conciencia de las graves dificultades en las que se encuentra la familia y advierte la necesidad de ofrecer ayudas extraordinarias para su formación, su desarrollo y el ejercicio responsable de su tarea educativa. Por esto, también nosotros nos sentimos llamados a actuar de
manera que la pastoral juvenil esté cada vez más abierta a la pastoral familiar. Durante el Capítulo General XXVI, nos decía el papa Benedicto XVI a nosotros Salesianos: «En la educación de los jóvenes es extremadamente importante que la familia sea un sujeto activo. Muchas veces se halla en dificultad al afrontar los retos de la educación; muchas veces es incapaz de ofrecer su específica contribución o está ausente. La predilección y el compromiso en favor de los jóvenes, que son características del carisma de Don Bosco, deben traducirse en un empeño de igual magnitud por el desarrollo y la formación de las familias. Por tanto, vuestra pastoral juvenil debe abrirse decididamente a la pastoral familiar. Cuidar las familias no es restar fuerzas al trabajo por los jóvenes, sino es hacerlo más duradero y más eficaz».23

5.5. Procesos que activar para el cambio

Para afrontar las exigencias de la evangelización y para realizar un nuevo planteamiento de la pastoral juvenil, es necesario convertir mentalidades, modificar estructuras y activar algunos procesos de cambio. Es necesario pasar:

— de una mentalidad que privilegia los roles de gestión directa a una mentalidad que privilegia la presencia  evangelizadora entre los jóvenes;

— de una evangelización realizada a base de hechos sin continuidad a un itinerario sistemático e integral;

— de una mentalidad individualista a un estilo comunitario que compromete a jóvenes, familias y laicos en el anuncio de Jesucristo;

— de una actitud de autosuficiencia pastoral a compartir los proyectos con las Iglesias Locales;

— de la consideración de la eficacia de nuestra presencia en términos de estima de los otros a su valoración en términos de fidelidad al Evangelio;

— de una actitud de superioridad cultural a una acogida positiva de las culturas diversas de la propia;

— de considerar la Familia Salesiana solamente como una oportunidad de encuentro, conocimiento e intercambio de experiencias al compromiso de hacer de ella un verdadero movimiento apostólico en favor de los jóvenes.

Estoy convencido de que “para responder como discípulos del Señor Jesús no tenemos otra alternativa que la vida teologal, una intensa vida impregnada de fe, esperanza y caridad, vivida en profundidad, y la radicalidad de la vida evangélica, una vida luminosa delineada por la obediencia, por la pobreza y por la castidad. ¡ésta es nuestra profecía!

«Jesús nos ha enseñado y nos ha comunicado su Espíritu para que pudiéramos ser sal de la tierra, luz del mundo, levadura de la sociedad, llamados a iluminar e irradiar, a perseverar y dar sabor, a hacer crecer y transformar.

Todo esto implica:

— asumir con creatividad y entusiasmo la nueva evangelización, hasta alcanzar el alma de la cultura, especialmente la de los jóvenes, nuestros destinatarios;

— recuperar la centralidad de Dios en la vida personal y comunitaria, asegurando un alto nivel de vida espiritual en la comunidad y haciendo legible el testimonio comunitario del seguimiento de Cristo;

— apostar por la creación de comunidades con genuino espíritu de familia, ricas de valores humanos y completamente entregadas al servicio de los jóvenes, especialmente de los más pobres, necesitados, marginados, hasta hacer de ellas casa y escuela de comunión;

— lograr insuflar un significado nuevo a la presencia salesiana entre los jóvenes, realizando opciones carismáticas que nos permitan compartir la vida con los jóvenes, creando una nueva modalidad de presencia más decididamente evangelizadora, situándonos donde podamos ser más fecundos a nivel pastoral, espiritual y vocacional».24

6. Como don Miguel Rua, discípulo y apóstol

Quien relee la historia de la Congregación Salesiana, a los 150 años de su fundación y a los 100 años de la muerte de Don Rua, primer sucesor de Don Bosco, no puede por menos de reconocer que nuestro carisma ha nacido de la misma misión de la Iglesia; que lo que nos impulsa es la pasión pastoral que Don Bosco aprendió en la escuela de Don Cafasso; en una palabra, que somos enviados por Jesús a cumplir su mismo ministerio y su misma obra, pero con el rostro sonriente de Don Bosco y con la determinación de Don Rua.

6.1. «Fidelísimo»

Por eso no puedo dejar de hacer en este instante una alusión a don Miguel Rua, modelo para nosotros de lo que significa, como Salesianos, ser discípulos y apóstoles. La celebración del centenario de su muerte nos ofrece un estímulo para ser discípulos y apóstoles de Jesús sobre las huellas de Don Bosco, de quien él ha sido el primer sucesor.

Don Rua «ha sido el más fiel y, por ello, el más humilde y al mismo tiempo el más valiente hijo de Don Bosco». Con estas palabras esculpió Pablo VI para siempre la figura humana y espiritual de Don Rua, el 29 de octubre de 1972, día de su beatificación. En aquella homilía25, pronunciada bajo la cúpula de San Pedro, el mismo Papa retrató al nuevo Beato con palabras que definieron esta característica fundamental suya: la fidelidad. «Sucesor de Don Bosco, es decir, continuador: hijo, discípulo, imitador… Ha hecho del ejemplo del Santo una escuela, de su vidauna historia, de su regla un espíritu, de su santidad un tipo, un modelo; ha hecho de la fuente una corriente, un río». Las palabras de Pablo VI elevaban a una altura superior la vicisitud terrena de este «grácil y consumado perfil de sacerdote». Esas palabras descubrían el diamante que había brillado en la trama mansa y humilde de sus días.

Había comenzado un lejano día con un gesto extraño. Ocho años, huérfano de padre, con una cinta negra en la chaquetilla, Miguel había tendido la mano a Don Bosco para recibir una medallita. En lugar de la medalla, Don Bosco le había entregado la mano izquierda, mientras con la derecha hacía el gesto de cortársela por la mitad. Y le repetía: «Tómala, Miguelito, tómala». Y ante aquellos ojos maravillados, había dicho las palabras que serían el secreto de su vida: «Nosotros haremos todo a medias». Así comenzó aquel formidable trabajo conjunto entre el maestro santo y el discípulo que hacía a medias con él todo y siempre. Miguel comenzaba a asimilar la manera de pensar y de comportarse de Don Bosco. «Me hacía más impresión, dirá más tarde, observar a Don Bosco en sus acciones más pequeñas, que leer y meditar cualquier libro devoto».26

6.2. Fidelidad fecunda

A la muerte de Don Bosco, más de un cardenal en Roma estaba persuadido de que la Congregación Salesiana se disolvería rápidamente; Don Rua tenía 50 años. Era mejor enviar a Turín a un Comisario pontificio que preparase la unión de los Salesianos con otra Congregación de probada tradición. «Con gran prisa —testimonió bajo juramento don Julio Barberis— monseñor Cagliero reunió el Capítulo con alguno de los más ancianos y se redactó una carta al Santo Padre en la que todos los Superiores y ancianos declararon que todos de acuerdo aceptarían como superior a Don Rua, y no sólo se someterían, sino que le aceptarían con gran alegría… El 11 de febrero el Santo Padre confirmaba y declaraba a Don Rua en el cargo para doce años según las Constituciones».27

El papa León XIII había conocido a Don Rua y sabía que, bajo su dirección, los Salesianos continuarían su misión. Y así sucedió. Los Salesianos y las obras salesianas se multiplicaron como los panes y los peces entre las manos de Jesús. Don Bosco había fundado 64 obras; Don Rua las elevó a 341. A la muerte de Don Bosco, los Salesianos eran 700; con Don Rua, en 22 años de dirección general, llegaron a 4.000. Las misiones salesianas, que Don Bosco había comenzado con tenacidad, se habían extendido durante su vida a la Patagonia y a la Tierra del Fuego, a Uruguay y a Brasil; Don Rua multiplicó el impulso misionero y los Salesianos misioneros alcanzaron Brasil, Colombia, Ecuador, México, China,
India, Egipto y Mozambique.

Para que la fidelidad a Don Bosco no disminuyese, Don Rua no tuvo miedo a viajar a lo largo y a lo ancho. Toda su vida estuvo constelada de viajes. Visitaba a sus Salesianos doquiera estuvieran, les hablaba de Don Bosco, despertaba en ellos su espíritu, se informaba paterna pero cuidadosamente de la vida de los hermanos y de las obras, y dejaba escritas directivas y avisos para que floreciese la fidelidad a Don Bosco.

6.3. Fidelidad dinámica

En la misma homilía de beatificación, Pablo VI afirmó: «Detengámonos un momento en el aspecto característico de Don Rua, el aspecto que nos permite comprenderle… La prodigiosa fecundidad de la Familia Salesiana ha tenido en Don Bosco el origen, en Don Rua la continuidad. Este seguidor suyo ha servido a la Obra salesiana en su virtualidad expansiva, la ha desarrollado con coherencia textual, pero siempre con genial novedad».

Continúa Pablo VI: «¿Qué nos enseña Don Rua? A ser continuadores… La imitación del discípulo no es pasividad ni servilismo… La educación es arte que guía la expansión lógica, pero libre y original de las cualidades virtuales del alumno… Don Rua se califica como el primer continuador del ejemplo y de la obra de Don Bosco… Nos damos cuenta de que tenemos delante a un atleta de actividad apostólica, que actúa siempre bajo la impronta de Don Bosco, pero con dimensiones propias y crecientes… Nosotros damos gracias al Señor, que ha querido ofrecer a su fatiga apostólica nuevos campos de trabajo pastoral, que el impetuoso y desordenado desarrollo social ha abierto ante la civilización cristiana».

Al leer, aunque sólo sea rápidamente, la impresionante cantidad de las cartas de Don Rua, de sus circulares, los tomos que resumen su obra de Sucesor de Don Bosco durante 22 años, se descubre de manera imponente que lo que dice el Papa es verdadero: su fidelidad a Don Bosco no es estática, sino dinámica Él capta con certeza el fluir del tiempo y de las necesidades de la juventud, y sin miedo dilata la Obra salesiana a nuevos campos.

7. Sugerencias para concretar el Aguinaldo

Después de esta alusión a la figura de Don Rua, que tanto desarrolló la Familia Salesiana, he aquí algunos pasos útiles para actuar de manera que los grupos de la Familia Salesiana se empeñen juntos en llevar el Evangelio a los jóvenes. Esto se propone a cada grupo de la Familia Salesiana, pero también a las Consultas locales e inspectoriales de la misma Familia Salesiana.

7.1. Reflexionar en las Consultas locales e inspectoriales de la Familia Salesiana sobre cómo asumir lo que está indicado en la sección 5.4, o sea, sobre cómo realizar un nuevo planteamiento pastoral, de manera que resulten operativas las opciones referentes a la centralidad de la propuesta de Jesucristo, el testimonio personal y comunitario, la aportación recíproca de educación y evangelización, la atención a la diversidad, el compromiso de las familias.

7.2. A partir de la “Carta de la misión de la Familia Salesiana”, individualizar en las Consultas locales e inspectoriales las modalidades para realizar juntos experiencias de evangelización de los jóvenes, promoviendo la «lectura espiritual y orante de la Sagrada Escritura» también entre ellos y convirtiéndoles cada vez más en evangelizadores de su compañeros.

7.3. Suscitar la colaboración de la Familia Salesiana, en el nivel inspectorial y local, para realizar las misiones juveniles, como forma actualizada de anuncio y catequesis a los jóvenes, comprometiendo a los mismos jóvenes como evangelizadores de los jóvenes.

7.4. Valorar las Exhortaciones Apostólicas como conclusión de los Sínodos Continentales, para individualizar las prioridades y las formas específicas del propio contexto para la evangelización de los jóvenes. En el caso de América Latina, atenerse a la “Misión Continental” programada por la Asamblea de los Obispos celebrada en Aparecida; en el caso de la Región África y Madagascar, seguir las indicaciones del
Sínodo de los Obispos de octubre de 2009.

8. Conclusión

Como es costumbre, concluyo la presentación del Aguinaldo con un relato, que esta vez nos es ofrecido por el comentario hecho por Joseph Grünner, Inspector de Alemania, al cuadro de “Don Bosco saltimbanqui”, pintado por Sieger Koeder, párroco emérito de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart y amigo de los Salesianos. En cuanto vi ese cuadro, quedé fascinado por la representación tan potente y sugestiva de nuestro querido fundador y padre.

Se trata de un verdadero icono. Como todos los iconos, la obra ha de ser estudiada y apreciada en el conjunto, pero también en los
detalles. Deseo que su contemplación estimule a cada uno de nosotros a ser ardientes evangelizadores de los jóvenes, convencidos de que en el Evangelio les damos el don más precioso, Cristo, el único capaz de hacerles comprender el sentido de su existencia, de urgirles a realizar opciones comprometidas de vida y de convertirse ellos mismos en apóstoles de los jóvenes.

Don Bosco evangelizador, signo del amor de Dios a los jóvenes

Meditación sobre el cuadro de Don Bosco de Sieger Koeder

«Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre» (Lc 6, 36).

Podría sorprender el modo de pintar a Don Bosco como ha sido realizado por el artista sacerdote Sieger Koeder. No le representa según una de tantas fotografías existentes, por ejemplo, en medio de sus jóvenes, o como «santo típico», sino que ese cuadro muestra de verdad a Don Bosco como era y continúa siendo, nos revela su ser más profundo. Así el cuadro se convierte en una bellísima ilustración de lo que nuestro Padre describió, en la Carta de Roma de 1884, como centro del sistema preventivo.

Don Bosco: saltimbanqui entusiasmante

En el lado derecho, vemos a Don Bosco, vestido con la sotana y teniendo detrás una cortina oscura que le sirve de bastidor. A los ojos de los espectadores su figura queda escondida; en cambio ellos pueden ver los dos muñecos que tiene en alto. Su rostro nos hace ver su concentración junto con su entusiasmo: sonríe, y, naturalmente, está totalmente concentrado en su acción. Parece que le gusta el entusiasmo de los espectadores.

Don Bosco: educador rico de ideas

Sabe fascinar a niños, jóvenes, adultos, para conquistarles con juegos y diversiones, con medios y métodos sencillísimos, valiéndose
de la palabra o de la imprenta, comprometiéndose por ellos con su creatividad y con su gran sensibilidad. Se sirve de todo para conquistarles para la que considera la misión que le ha sido confiada por la Providencia. Lo hace poniendo en el centro “el mensaje”, del que sólo es mediador y no protagonista.

Don Bosco: catequista apasionado

En sus manos levantadas, Don Bosco tiene dos muñecos: uno representa al padre, el otro al hijo en los brazos del padre. Ambos muñecos son un símbolo para su proyecto de vida: hacer comprender y experimentar, a los jóvenes pobres y abandonados y a los cetos populares, el misterio del inmenso amor de Dios y de su infinita misericordia hacia todos. El relato bíblico del padre misericordioso, que no ha olvidado nunca en su corazón al hijo pródigo, sino que ha esperado siempre su vuelta (Lc 15, 11-32), no es sólo el argumento de la representación realizada con los muñecos, sino que es el tema dominante de toda la vida de Don Bosco. El cuadro muestra el punto culminante del relato bíblico: el padre misericordioso, vestido de fiesta, abraza al hijo pródigo que acaba de volver, devolviéndole la dignidad y todos los derechos que tenía antes y abriendo así perspectivas para su vida.

Don Bosco: padre misericordioso

Don Bosco no “hace” de padre como actor en un espectáculo, sino que lo deviene y lo es en realidad, tomando como modelo al padre del relato bíblico. En la parte inferior del cuadro, al lado derecho de la cortina, Don Bosco está representado en actitud de proteger a uno de sus muchachos, y éste mira atentamente a Don Bosco. Este muchacho está pintado del mismo color azul, como el muñeco que representa al hijo pródigo; tal vez simboliza al hermano mayor de la parábola, que no está todavía preparado y dispuesto a acepar la misericordia del padre. Igualmente, es posible que represente a muchos jóvenes a los que Don Bosco ofreció un espacio protegido, donde pudieran experimentar seguridad, caridad, amor afectivo y efectivo, en contraste con todo lo que en realidad experimentaban en las calles y en las cárceles.

Don Bosco con sus jóvenes

Los destinatarios de Don Bosco son niños y jóvenes, que siguen atentamente lo que él hace. Por segunda vez, Don Bosco ha sido representado al lado izquierdo del cuadro: estando en medio de ellos y abrazándoles afectuosamente, como hace el padre misericordioso en el espectáculo. Los muchachos están totalmente absortos ante lo que sucede en el tablado, escuchando el mensaje y al mismo tiempo experimentando el efecto: con Don Bosco pueden sentirse a su gusto, aceptados tal como son. La caridad de Don Bosco es sensible y se convierte en esperanza convincente. Éste es el amor de «padre, hermano y amigo».

Don Bosco: anunciador en el mundo

El pintor ha situado el acontecimiento a cielo abierto, fuera de los muros de la ciudad que se entrevé en el fondo. En su tiempo Don Bosco penetró en el interior de la ciudad de Turín, girando de un lado para otro por las calles y las plazas, para buscar y encontrar a niños y a jóvenes. Entró en su mundo, iba a su encuentro poniéndose en cierto sentido a su nivel, como es descrito en la Carta de Roma. Allí estaba su puesto preferido para desarrollar su misión de pastor y de evangelizador: tomar a los jóvenes en el lugar donde están, pero abriendo sus sentidos hacia “lo alto” y encaminándoles hacia “el cielo”. Por decirlo de alguna manera, Don Bosco está con los pies en la tierra, en el mundo real, y con las manos hacia el cielo; y jamás olvidó ni la una ni el otro.

Don Bosco: testigo que invita

En la liturgia de la ordenación sacerdotal, el Obispo invita al ordenando: «Ahora vive lo que anuncias». Es lo que Don Bosco hizo durante toda su vida sacerdotal. Estaba convencido del amor infinito e inquebrantable de Dios hacia los hombres, del amor de Dios que está más dispuesto a perdonar y reconstruir lo que es débil que a castigar. Don Bosco era un testigo convincente con todo su ser y su actuar, en el patio y en taller, en la clase y en la iglesia: testigo de la misericordia paterna del «buen Dios», que jamás desespera del hombre, sino que le conduce desde la separación y el aislamiento a la vuelta «a su casa. »

Esta pintura de Koeder nos hace ver a un hombre que admirar, pero es más bien una invitación de Don Bosco a nosotros: «Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre».

Queridos hermanos, miembros de la Familia Salesiana, amigos todos, como discípulos enamorados de Jesús y como testigos y apóstoles suyos convencidos y gozosos, llevemos a los jóvenes hasta Cristo y llevemos el Evangelio a los jóvenes.
Don PASCUAL CHÁVEZ VILLANUEVA
Rector Mayor

1 BENEDICTO XVI, Sacramentum Caritatis. núm. 84.
2 BENEDICTO XVI, Carta a don Pascual Chávez Villanueva, Rector Mayor de los
Salesianos, con ocasión del XXVI Capítulo General, 1 de marzo de 2008, núm. 4; cf. CG26 de los SDB, p. 91.
3 BENEDICTO XVI, Deus caritas est, núm. 18.
4 CG26 SDB, núm. 24.
5 BENEDICTO XVI, Carta a don Pascual Chávez…, ib.
6 BENEDICTO XVI, Deus carias est, núm. 18.
7 CG XXII FMA, Più grande di tutto è l’ amore, núm. 33.
8 P. CHÁVEZ, Non è giusto che noi trascuriamo la Parola di Dio, Saluto di apertura all’ Assemblea dell’USG, Roma 21 de noviembre de 2007.
9 OR, jueves 6 de agosto de 2009, p. 8.
10 J. E. VECCHI, “L’areopago giovanile”, Note di Pastorale Giovanile (NPG) 1997, núm. 4, p. 3.
11 J. E. VECCHI, “Parlare di Dio ai giovani”, NPG 1997, núm. 5, pp. 3-4.
12 J. E. VECCHI, “Educare alla fede: l’incontro con Cristo”, NPG 1997, núm. 3, (abril), p.3.
13 J. E. VECCHI, «Maestro, dove abiti?», NPG 1997, núm. 7 (octubre), p. 3.
14 DV, 25.
15 PO, 6.
16 PO, 5.
17 LG, 11.
18 J. E. VECCHI, «Lo riconobbero nello spezzare il pane», NPG 1997, núm. 8 (noviembre), pp. 3-4.
19 MBe IX, 68. 30

20 EN, 19.
21 CG26 SDB, núm. 25.
22 Ibidem.
23 BENEDICTO XVI, Discorso di Sua Santità nell’Udienza ai Capitolari, 31 de marzo de
2008; cf. CG26, p. 125.
24 PASCUAL CHÁVEZ VILLANUEVA, Al soplo del Espíritu. Identidad carismática y pasión
apostólica. Tanda de ejercicios espirituales a las Capitulares FMA, Editorial CCS, Madrid 2009, pp. 27-28.
25 AAS, LXIV, 1972, núm. 11, pp. 713-718.
26 A. AMADEI, Il Servo di Dio Michele Rua, vol. I, SEI, Turín 1933, p. 30.
27 Positio 54-55.

ABREVIATURAS:

AAS = Acta Apostolicae Sedis.
CG26 de los SDB = Capítulo General XXVI de los Salesianos de Don Bosco
CG XXII FMA = Capítulo General XXII de las Hijas de María Auxiliadora.
DV = Dei Verbum
EN = Evangelii Nuntiandi
FMA = Hijas de María Auxiliadora
Hch= “ Hechos de los Apóstoles”.
LG = Lumen gentium
MBe =Memorias Biográficas en español
NPG = Note di Pastorale Giovanile
OR =L’Osservatore Romano
PO = Presbyterorum ordinis
USG = Unión de Superiores Generales


Aguinaldo del Rector Mayor 2009 (III)

abril 5, 2014

150º aniversario de la Fundación de la Congregación Salesiana

«El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas».(Lc 4,18-19).

Queridísimos hermanos y hermanas de la Familia Salesiana:

Os saludo con el corazón de Don Bosco, de cuyo celo y caridad pastoral nació nuestra Familia espiritual y apostólica. Nosotros somos el fruto más precioso y fecundo de su entrega total a Dios y de su pasión de ver a los jóvenes, especialmente a los más pobres, necesitados y en peligro, lograr la plenitud de vida en Cristo.Después de los Aguinaldos tan propositivos y comprometedores de los tres últimos años, heme aquí para proponeros otro aún más urgente, exigente y prometedor. Es un Aguinaldo que tiene mucho que ver con nuestra identidad y con nuestra misión. De él depende, efectivamente, una presencia más visible en la Iglesia y en la sociedad y una acción más eficaz para afrontar los grandes desafíos del mundo de hoy.

El año 2009 deberá ayudarnos a hacer cada vez más real la convicción de Don Bosco, que la educación de los jóvenes requiere una gran red de personas entregadas a ellos y una decidida sinergia de intervenciones para alcanzar las metas que los jóvenes esperan para ser significativos para la sociedad. Por esto, en nombre de Don Bosco os pido:

 Comprometámonos a hacer de la Familia Salesiana un vasto movimiento de personas para la salvación de los jóvenes

 Dos acontecimientos convergentes

Hay dos acontecimientos que justifican la elección del tema de este Aguinaldo para 2009: el 150º aniversario de fundación de la Congregación Salesiana y la preparación del bicentenario del nacimiento de Don Bosco (1815-2015). Con la celebración del primero comenzamos la preparación del segundo. Lo hacemos recordando la llamada de Juan Pablo II en el Jubileo de 2000: «¡Toda familia religiosa vivirá bien el Jubileo volviendo con pureza de corazón al espíritu del Fundador!».

Por tanto, para nosotros, esta celebración jubilar significa fidelidad renovada y creativa a Don Bosco, a su espiritualidad, a su misión. Será un Año Santo salesiano, durante el cual estamos llamados a revivir con luminosidad y a comunicar con entusiasmo las experiencias de vida, las modalidades de acción, los rasgos de espíritu que dirigieron a Don Bosco y, primera entre tantos otros, a Madre Mazzarello a la santidad.

En este sentido, no puedo dejar de recordar lo que fue la experiencia de Don Bosco. En un primer momento él se consagró personalmente en cuerpo y alma a la salvación de los jóvenes que veía perdidos por las calles; luego invitó a algunos a compartir su trabajo apostólico, abriéndose a una especie de primera forma de ‘Familia Salesiana’. Pero, después de haber visto que tantos lo abandonaban y se quedaba solo o casi, reunió alrededor de sí a un grupo de jóvenes y los educó para formar con él una familia religiosa: así nacieron los Salesianos; después, vinieron otros grupos, estructurados en diversos niveles, pero con los mismos objetivos apostólicos. Esta rápida visión de recorrido histórico ilumina qué es la Familia Salesiana y su relación con el núcleo fundamental, los consagrados —SDB y FMA—, cuyo corazón y cuyo motor, como por otra parte el de toda la Familia Salesiana, es la pasión del «Da mihi animas, cetera tolle». Ésta contiene el espíritu que debe caracterizar a todos los miembros y grupos de la Familia Salesiana.

Me parece natural que cuanto más completa es la consagración, tanto más es la responsabilidad en la animación. Esta convicción nos ha sido confirmada por el Santo Padre, Benedicto XVI, en el Discurso en la Audiencia a los Capitulares del 31 de marzo de 2008: «Quiso Don Bosco que la continuidad de su carisma quedara en la Iglesia gracias a la opción de la vida consagrada. Hoy el Movimiento Salesiano sólo podrá crecer en fidelidad carismática si en su seno subsiste un núcleo fuerte y total de personas consagradas».

1. La Familia Salesiana ayer

El 150º aniversario de fundación de la Sociedad Salesiana es una ocasión privilegiada para reflexionar sobre la idea original de Don Bosco y sobre la fundación concreta de los grupos originarios, suscitados y cultivados por él: los Salesianos de Don Bosco, las Hijas de María Auxiliadora, la Asociación de los Cooperadores Salesianos, la Asociación de los Devotos de María Auxiliadora.

Pues bien, partiendo de la parábola empleada por Jesús para explicar el Reino de los cielos y su dinamismo, me atrevo a decir que la semilla sembrada por Don Bosco ha crecido hasta convertirse en un árbol frondoso y robusto, verdadero don de Dios a la Iglesia y al mundo. En efecto, la Familia Salesiana ha vivido una auténtica primavera. A los grupos originarios se han unido, bajo el impulso del Espíritu Santo, otros grupos que, con vocaciones específicas, han enriquecido la comunión y ampliado la misión salesiana.

Hoy es evidente a los ojos de todos cómo ha aumentado la Familia, se ha multiplicado el trabajo realizado y el que soñamos; se ha extendido sin límites el campo de acción en beneficio de tantos jóvenes y adultos. De todo esto damos gracias al Señor y tomamos conciencia de nuestra mayor responsabilidad, precisamente porque como toda vocación, también ésta de la Familia Salesiana está al servicio de la misión, en nuestro caso de la salvación de la juventud, especialmente la más pobre, abandonada y en peligro.

1.1  La «semilla» carismática.

El espíritu, la mentalidad, la experiencia pastoral, la visión del mundo y de la Iglesia llevaron a Don Bosco hacia algunas convicciones y a las iniciativas correspondientes:

  • la misión universal de salvación de la Iglesia, que debe asumirse de manera solidaria, de salvar todo el hombre y a todos los hombres. Dentro de tal misión sus hijos y seguidores se deben caracterizar por la preferencia hacia los jóvenes, los pobres, los pueblos no evangelizados;
  • la utilidad, más aún, la urgencia y la necesidad impelente de unirse espiritualmente y de asociarse operativamente para empresas que respondan al fin indicado;
  • las posibilidades de que el espíritu que se le había dado tenía que ser vivido en diversos estados de vida y, por tanto, tenía que contribuir a través de la unión de los «buenos» a la gran misión de la Iglesia, insertándose en ella con «las prioridades» salesianas;
  • la fundación de los primeros grupos: reunidos espiritualmente alrededor de la experiencia oratoriana, como misión, como estilo, como método y como espíritu:
    1. con diverso vínculo respecto de la Congregación Salesiana (núcleo original),
    2. con diversa consistencia asociativa,
    3. con diverso nivel de compromiso público cristiano comorequisito de pertenencia.
  • La función histórica de los SDB, de las FMA, de los SS.CC.

1.2  La semilla bajo la nieve: el crecimiento silencioso

Estas intuiciones se han desarrollado según la comprensión que los seguidores de Don Bosco podían tener en el contexto de una cierta visión y vida de Iglesia. Este desarrollo se nota:

  • en la permanencia y extensión de los grupos fundados por Don Bosco;
  • en las actualizaciones y revisiones periódicas de los elementos organizativos y espirituales;
  • en el sentido de las relaciones vitales que estos grupos mantienen entre sí.

Mientras tanto, otros grupos han ido surgiendo en diversos continentes con características análogas, porque fueron fundados por Salesianos.   Entre éstos ciertamente emerge el grupo de las Voluntarias de Don Bosco, traducción del espíritu salesiano en la secularidad consagrada, que era también una novedad en la Iglesia.

Las nuevas condiciones creadas por el Concilio Vaticano II (Iglesia comunión, renovación de los Institutos de vida consagrada, vuelta al carisma original, emergencia del laicado) han llevado a descubrir y a evidenciar el carácter de «familia» carismática que la constelación de grupos surgidos podía tener, y a formular también orientaciones operativas en ese sentido: comunicación entre los grupos, expresiones de comunión, función animadora de los Salesianos, el Rector Mayor como referencia significativa, elementos comunes de la espiritualidad.

Esta nueva mentalidad, sin embargo, debe todavía pasar del papel a la vida de cada grupo y a la vida de cada miembro de los grupos, con el fin de que la Familia Salesiana se viva como una dimensión de su vocación. «¡Sin vosotros, ya no somos nosotros!».

1.3  El árbol y el bosque: un desarrollo exuber

Algunos hechos han acompañado y sostenido el desarrollo de la Familia:

Se ha solicitado formalmente y reconocido públicamente la pertenencia de los grupos que habían surgido después de la muerte de Don Bosco.

En su conjunto los grupos oficialmente reconocidos son 23

  1. La Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos de Don Bosco)
  2. El Instituto de las Hijas de María Auxiliadora
  3. La Asociación de los Salesianos Cooperadores
  4. La Asociación de María Auxiliadora
  5. La Asociación de los Antiguos Alumnos y de las Antiguas Alumnas de Don Bosco
  6. La Asociación de los Antiguos Alumnos y de las Antiguas Alumnas de las Hijas de María Auxiliadora
  7. El Instituto de las Voluntarias de Don Bosco
  8. Las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María
  9. Las Salesianas Oblatas del Sagrado Corazón de Jesús
  10. Las Apóstoles de la Sagrada Familia
  11. Las Hermanas de la Caridad de Miyazaki
  12. Las Hermanas Misioneras de María Auxiliadora
  13. Las Hijas del Divino Salvador
  14. Las Siervas del Corazón Inmaculado de María
  15. Las Hermanas de Jesús Adolescente
  16. La Asociación Damas Salesianas
  17. Los Voluntarios Con Don Bosco
  18. Las Hermanas Catequistas de María Inmaculada Auxiliadora
  19. Las Hijas de la Realeza de María Inmaculada
  20. Los Testigos del Resucitado 2000
  21. La Congregación de San Miguel Arcángel
  22. La Congregación de las Hermanas de la Resurrección
  23. La Congregación de las Hermanas Anunciadoras del Señor.
  • Han nacido también otros grupos que esperan que maduren las condiciones para ser formalmente reconocidos como miembros de la Familia Salesiana; mientras tanto, se cultiva el terreno en el que otros grupos podrían todavía manifestarse.
  • La Familia Salesiana ha reflexionado sobre la propia identidad (cfr. ACG 358), sobre los elementos que se refieren a su consistencia y unidad, sobre su organización para la comunicación (cfr. Carta de la Comunión y Carta de la Misión).
  • Cada grupo ha tratado de reforzarse, dándose Estatutos o Reglamentos de Vida, líneas para la formación de los miembros, síntesis de la propia específica espiritualidad salesiana, y comprometiéndose a mejorar la organización y encontrar caminos u oportunidades de crecimiento y desarrollo.
  • Se ha hecho un esfuerzo común para profundizar las posibilidades y definir las modalidades de comunión entre todos; ha sido referencia válida, primero, la Carta de la Comunión y, luego, la Carta de la Misión, que es preciso seguir difundiendo, estudiándolas y realizándolas.

2. En el tercer milenio: el hoy y el mañana

2.1  En el camino de la comunión

La Iglesia ha entrado en una nueva fase de comunión, marcada por los Sínodos continentales y de la Iglesia universal, por el diálogo ecuménico, por el movimiento interreligioso, por la solidaridad globalizada, por el compromiso de la reconciliación.

Características de tal comunión son:

  • la revisión de los fundamentos,
  • una mayor extensión,
  • la comprensión más adecuada de sus condiciones,
  • una mayor visibilidad,
  • una mayor operatividad apostólica y misionera,
  • su referencia a la misión: «La comunión engendra comunión y se configura esencialmente como comunión misionera» (ChL. 32).

Aunque la nuestra es una Familia preferentemente apostólica, por el hecho de ser familia ahonda sus raíces en el misterio de la Trinidad, origen, modelo y meta de toda familia. Contemplando al Dios-Amor, al Dios-Comunión, al Dios-Familia, comprendemos qué significa para nosotros la misión («ser signos y portadores del amor de Dios»), la espiritualidad de comunión, el ser familia.

El Padre nos hace pensar en la amplitud del corazón por la que, miembros y grupos de la Familia Salesiana, nos acogemos y reconocemos como hermanos y hermanas, hombres y mujeres amados por Él: por Él llamados personalmente a trabajar en su campo por un mismo fin. La mezquindad del corazón humano puede levantar barreras, crear distancias y separaciones, buscar —como entre los Apóstoles— el primer puesto, en daño del Reino. A veces son nuestros miedos o reservas a la unidad misma con los otros los que producen efectos semejantes. Corazón, como el del Padre, significa afecto verdadero y profundo por los jóvenes y por cuantos consumen la vida por ellos. Se traduce en cordialidad, valoración de todos y de cada uno, reconocimiento por cuanto cada uno puede y es capaz de dar.

El Espíritu Santo nos indica una segunda actitud para construir familia: la acogida grata y gozosa de la diversidad. Manifestación del Espíritu son las muchas lenguas, los diversos carismas, los diversos miembros de un cuerpo. Son los millares de millones de hombres, cada uno plasmado singularmente como hijo de Dios. El Espíritu no se repite, no produce en serie.

Don Bosco fue maestro en hacer florecer la unidad en la diversidad de tipos y temperamentos, de condiciones y capacidades. En su tiempo esta sensibilidad era menos presente. Hoy, en cambio, la diversidad constituye un desafío educativo y pastoral para la convivencia humana, para el testimonio eclesial y para la Familia Salesiana.

Diversidad quiere decir abundancia de relaciones, variedad de fuerzas, fertilidad de campos y, por tanto, fecundidad sin cálculo. ¡Qué incomparable oportunidad de diálogo, de intercambio de experiencias espirituales y educativas pueden ofrecer en la Familia Salesiana hombres y mujeres, consagrados y seglares, sacerdotes y laicos, en su singular condición de maridos, esposas e hijos, jóvenes, adultos y ancianos, obreros, profesionales o estudiantes, gente de pueblos y culturas variados, en plenitud de fuerzas o en la prueba de la enfermedad, santos y pecadores!

Ciertamente, la unidad entre diversos no es un hecho de naturaleza; pero precisamente para quenosotros tuviésemos la fuerza de superar el instinto de autoafirmación, Jesús ha pedido: «¡Que todos sean uno!» (cfr. Jn 17,11).

Jesús, el Señor, el Hijo que se ha hecho nuestro compañero de viaje, que reconcilia todas las cosas, las que están en el cielo como las que están en la tierra (cfr. Col 1,20), recapitulándolas en Dios, nos indica una tercera actitud: la voluntad de caminar juntos hacia una meta compartida, de colocarnos juntos en un espacio nada etéreo, el Reino; de formar una comunidad reconocible de discípulos que asume conjuntamente su mandato: «Id a todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura»(Mc 16,15).

He aquí las tres actitudes indispensables para crecer en comunión: la amplitud de corazón, la acogida de la diversidad, la voluntad de caminar juntos hacia una meta compartida.

2.2 Comunión en la misión y por la misión

«La comunión genera comunión y esencialmente se configura como comunión misionera» (ChL 32). Ahora bien, en el tercer milenio nuestra meta principal es expresar, de modo más evidente, la comunión en la misión, teniendo presentes los siguientes criterios:

  • Según las constantes de los orígenes y del desarrollo de la Familia Salesiana:

Una cosa ha permanecido constante, como preciosa herencia: la pasión educativa, en particular por los jóvenes más pobres a quienes ayudamos a ser conscientes de la propia dignidad de personas, del valor y de las posibilidades que su vida tiene para Dios y para el mundo.

¡«Da mihi animas»! ¡Es el lema de Don Bosco que hacemos nuestro! Nosotros miramos a los jóvenes, a su dimensión espiritual, y de ellos queremos ocuparnos para despertarles la vocación de ser hijos de Dios y ayudarlos a realizarla, siguiendo el Sistema Preventivo, es decir, a través de la razón, la religión y el cariño. Esto implica undesapego de todo cuanto nos puede distraer de nuestra entrega a Dios y a los jóvenes. He aquí el significado del «cetera tolle», que es la segunda parte de nuestro lema.

  • Conforme a las condiciones del mundo de hoy:

El mundo unificado a través de la comunicación, caracterizado por la complejidad, por el carácter transversal de muchas causas, por la posibilidad de redes, ofrece un escenario nuevo para la misión cristiana, promocional, educativa, juvenil.

La Familia Salesiana tratará conjuntamente de dar espesor a la propia presencia en la sociedad e incidencia a su acción educativa: hay el problema juvenil, hay la vida que custodiar, hay la pobreza en sus diversas expresiones que se deben eliminar; hay la paz que promover; hay los derechos humanos declarados que deben hacerse reales; hay Jesucristo que debenos dar a conocer.

  • Como fruto de los últimos Aguinaldos:

Los Aguinaldos de estos últimos tres años han puesto en evidencia la emergencia educativa, el compromiso por la familia, la promoción de la vida, la preferencia por los pobres, la solidaridad globalizada, la nueva evangelización.

Esta nueva fase de la Familia Salesiana estará marcada por una ardiente y activa caridad, llena de fantasía y generosidad: la que ha hecho de Don Bosco una imagen de Jesús Buen Pastor, reconocible por los jóvenes y por la gente humilde de su tiempo. Nosotros, Familia Salesiana, estamos llamados hoy, en el siglo XXI, a modelar nuestro corazón, pobre y a veces también pecador, sobre el de Jesús en el que Dios se ha manifestado al mundo como Aquel que da la vida, para que el hombre sea feliz y tenga vida en abundancia (cfr. Jn 10,10).

2.3 Algunas exigencias para continuar el camino

Surgen inmediatamente algunas exigencias para continuar el camino de crecimiento y alcanzar la meta de la comunión en la misión, que nos hemos propuesto:

  • Profundizar, para comprenderlo mejor, el posible campo común y las características operativas de la Misión.

Todo esto comporta mirar, reflexionar, dialogar, estudiar, rezar juntos para encontrar el camino que hay que recorrer en espíritu de comunión. Es el signo del amor que los jóvenes esperan y del que ciertamente sentirán el impacto y el beneficio.

  • Poner en el centro la espiritualidad como impulso para la comunión por la misión, conforme con el tiempo de la Iglesia y con las condiciones de la experiencia religiosa actual; de ello se deduce la urgencia de la formación de los miembros y la implicación de otros.
    La santidad: ésta es la fuente y la energía de la que «deriva un vasto movimiento de personas que, de diferentes formas, trabajan por la salvación de la juventud» (Const. SDB 5): la Familia Salesiana. No se puede pensar que ella puede ser el resultado de una organización incluso perfecta o de técnicas refinadas de agregación. La ha suscitado el Espíritu y vive del Espíritu.

A esta Familia hago la presente invitación a adquirir una nueva mentalidad, a pensar y obrar siempre como Movimiento, con intenso espíritu de comunión (concordia), con convencida voluntad de sinergia (unidad de propósitos), con madura capacidad de trabajar en red (unidad de proyectos). En el Reglamento de los Salesianos Cooperadores, Don Bosco escribió: «En todo tiempo se juzgó necesaria la unión entre los buenos para ayudarse recíprocamente en hacer el bien y tener alejado el mal… Las fuerzas débiles, unidas, se hacen fuertes: Vis unita fortior, funiculus triplex difficile rumpitur». No debemos olvidar nunca que hemos sido fundados por un Santo de la caridad social, Don Bosco (cfr. Deus Caritas Est, núm. 40), pero que era consciente de que el trabajo educativo pastoral tiene necesidad de una caridad en cooperación, para la que el Espíritu Santo suscita carismas.

  • Asegurar la capacidad autónoma de los grupos en cuanto al propio desarrollo, a la formación de los propios socios, a las iniciativas apostólicas.
  • Comprender y experimentar formas ágiles de colaboración: «pensar globalmente, obrar localmente».
  • Profundizar la experiencia salesiana que se desarrolla en la condición laical.

 

3. Líneas para el futuro

Fruto de este Aguinaldo debe ser, pues, un esfuerzo conjunto más visible y también más concreto en la línea de la misión.

Son muchas las propuestas que hay que comprobar, teniendo en cuenta la evolución de la vida y de ciertas prioridades. A esto apuntan la Carta de la Comunión y la Carta de la Misión de la Familia Salesiana. Mientras la primera precisa cuidadosamente nuestro ADN común, es decir aquellos elementos que caracterizan nuestra identidad carismática salesiana, la segunda representa una declaración de propósitos y de orientaciones. El objetivo de ambas es, en primer lugar, el de crear conciencia, formar mentalidades, hacer surgir una «cultura de la Familia Salesiana» Las dos deben llevar a cada uno de los miembros de los diversos grupos a sentir que sin los otros no es lo que debe ser y, por consiguiente, deben producir sinergias variadas, múltiples, no todas institucionalizadas. Espero y deseo que un fruto de este Aguinaldo sea la Carta de la espiritualidad, de la que he hablado varias veces. La espiritualidad es la motivación de fondo y el dinamismo más potente del compromiso de cada miembro de la Familia Salesiana, la que puede garantizar una mayor eficacia e incidencia en la acción educativa y evangelizadora .

3.1 las sinergias en la misión

La referencia a la Carta de la Comunión y a la Carta de la Misión nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las posibles condiciones de sinergias en la misión. Debemos, ante todo, tener presente que nosotros tenemos ya una misión común y la estamos realizando. Es la misión suscitada y articulada por el Espíritu Santo en diferentes servicios e iniciativas, en diferentes modalidades de intervención, pero en convergencia de objetivos, contenidos y métodos, como se lee en todas las constituciones, reglamentos o estatutos de los diversos grupos. Esto ha sido obra del Espíritu Santo, cuando del tronco salesiano ha hecho germinar y crecer una nueva rama con sus específicas características. Esto nos debe hacer comprender que la primera condición para la comunión y la misión común es que cada grupo realice, con el mayor esfuerzo posible, la propia vocación y misión, que le infunda continua vitalidad con fidelidad y creatividad. El Espíritu ya nos ha articulado en hombres y mujeres, consagrados y laicos, presentes entre la juventud, entre los enfermos, entre los pueblos que evangelizar, etc. Si cada grupo, con el espíritu y los objetivos que están declarados en el propio estatuto y que son conformes con la espiritualidad salesiana, cumple este fin, tenemos la misión salesiana ya cumplida.

La primera gran ayuda y la mejor realización de la Carta de la Comunión y de la Carta de la Misión es, pues, la conciencia de complementariedad al servicio de una gran misión, a la que debe seguir la apertura y la disponibilidad para apoyar y sostener la misión común por parte de cada grupo.

Pero nuestros tiempos consienten y requieren nuevas expresiones de la misión común. Hay hoy, como hemos subrayado en los Aguinaldos de los últimos años, causas transversales (como la familia, la vida, la educación, los derechos de los menores, el problema de la paz, el tema de la mujer, la protección de la naturaleza), que pueden comprometernos a todos. Hay, sobre todo, la solidaridad global que se está expresando de diversas formas y busca adhesiones, declaraciones públicas, presiones sobre los organismos que orientan la vida de las naciones y del mundo. Y hay también nuevas posibilidades de vinculación en red y de comunicación; y esto lleva a diversas formas de intervención y a activar sinergias que antes no eran posibles. Nosotros queremos que produzcan frutos las posibilidades todavía inexploradas en la misión salesiana y aprovechar las oportunidades que nos ofrece nuestro tiempo, haciendo converger capacidades adquiridas y creatividad renovadora.

Estoy convencido de que la Familia Salesiana se presentará con credibilidad en la Iglesia y será pastoral, espiritual y vocacionalmente fecunda para los jóvenes, si logra trabajar conjuntamente por ellos, como verdadero Movimiento. No debemos olvidar que el Movimiento se caracteriza por algunas ideas-fuerza y un espíritu común. Más que en un estatuto, es en un espíritu y en una praxis donde se encuentran y convergen los miembros de los diversos grupos de un movimiento. ¡Es una adhesión más vital que formal! Desde esta perspectiva el Movimiento Salesiano es mucho más grande que la Familia Salesiana, porque incluye a los mismos jóvenes, a los padres de nuestros destinatarios, a los colaboradores, a los voluntarios, a los simpatizantes de la obra salesiana, a los bienhechores, también a los no cristianos, como sucede en tantas partes del mundo, especialmente en Asia, pero no sólo. Se trata de personas que participan parcialmente en la misión o en el carisma salesiano. Ellos son los “Amigos de Don Bosco”. Es en el interior de tan gran Movimiento donde se encuentra la Familia Salesiana como su núcleo animador.

3.2 Los recursos

¿Con qué recursos contamos?

  • En primer lugar apuntamos a la formación de las personas y al robustecimiento de las comunidades o grupos.
  • Pero tenemos también necesidad de la elaboración y de la adquisición de una cultura o mentalidad carismática común, para lo que deben servir la Carta de la Comunión y la Carta de la Misión.
  • El apoyo organizativo es ciertamente útil, pero tiene sólo un valor subsidiario y debe adaptarse a las exigencias y a las situaciones concretas.

Por tanto, seguimos creyendo que la Familia Salesiana es, ante todo, hoy todavía, una realidad carismática, cuyos grandes recursos son el Espíritu y la creatividad; todo esto apoyado en una suficiente estructura organizativa.

Respecto de la misión, hay todavía otro aspecto que hacer notar. Nos decimos corresponsables en la misión. Pero debemos tener presente que la misión, que se refiere a diversos campos (áreas, dimensiones), con objetivos y espíritu comunes, no implica necesariamente corresponsabilidad en cada iniciativa particular o en cada territorio particular. Según se desciende de la visión del gran ámbito de la misión a su realización concreta, se verá si convienen colaboraciones bilaterales, trilaterales, sin aferrarnos apriorísticamente a ninguna estructura global que guíe preventivamente la totalidad. Tener un objetivo claro y seguir el curso de la vida y de la realidad es lo que nos conviene. como hemos repetido en el sexenio pasado sobre el pensar globalmente y el obrar localmente, dando fuerte vitalidad a las células, a los organismos esenciales, a los organismos intermedios y, finalmente, a la estructura última..

3.3 Algunos campos de colaboración

Los jóvenes

Todos tratamos de trabajar con el mayor número de jóvenes con diversas iniciativas. Observamos que entre los jóvenes se están consolidando, especialmente en estos últimos tiempos, los grupos juveniles que quieren hacer un camino de crecimiento humano y de fe conforme al Sistema Preventivo, que —sabemos— no es sólo metodología, sino también un modo de concebirlos contenidos. En ellos se forman los líderes, que son llamados animadores, acompañantes, etc. Se está consolidando, en particular, el Movimiento Juvenil Salesiano (MJS), en el que convergen grupos juveniles que nacen y se forman en la Familia Salesiana y que quieren formar parte de ella. Ésta es una posibilidad ofrecida a todos. Hasta ahora en la animación del MJS hay una fuerte colaboración entre los Salesianos y las Hijas de María Auxiliadora. Deseo y espero que en el futuro se haga más intensa la participación también de los Salesianos Cooperadores y de los Antiguos Alumnos, promoviendo el MJS entre sus grupos juveniles.

También ésta es una iniciativa que se ha concordado entre las ramas de la Familia Salesiana más cercanas entre sí y más presentes en el campo juvenil. En efecto, FMA y SDB tienen una larga experiencia, muchas obras y organismos de animación activos ya desde hace mucho tiempo. Pero la participación está abierta a todos los demás. La participación se realiza a partir de una plataforma que se elabora en la ocasión de cada encuentro o acontecimiento.

Para los grupos juveniles es útil tener una plataforma común de formación humana, de camino de fe y de propuesta vocacional, porque todo esto realiza el concepto educativo de Don Bosco.

Por tanto, hay sinergias ya existentes y posibilidades de aperturas a otros en el Movimiento Juvenil Salesiano, que ya nota que tiene una conciencia mundial. Recorriendo la Congregación he visto cómo el mensaje del Rector Mayor mandado cada año desde Turín, con ocasión de la Fiesta de Don Bosco, agrega mundialmente a los grupos que están presentes en los diversos continentes. Hay, pues, un espacio juvenil donde podemos educar a los jóvenes también en las futuras sinergias y en la futura solidaridad.

Lo demuestra también el éxito de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que llegan a reunir, a pesar de las distancias y los costos, a jóvenes de todas las partes del mundo, pertenecientes a grupos diocesanos, a grupos animados por institutos religiosos, por los movimientos, o simplemente que se identifican con este tipo de iniciativas.

La propuesta vocacional

Unido al tema del MJS está el de la propuesta vocacional, de la orientación vocacional y de nuestro testimonio. Sabemos que Don Bosco, que tenía una gran estima de los seglares, gozaba cuando podía dar a la Iglesia sacerdotes y consagrados. En efecto, si es verdad que todos tienen igual dignidad e igual llamada a la santidad, es también verdad que en la dinámica temporal del reino de Dios hay vocaciones que mueven particularmente la comunidad eclesial. Entonces es importante que nosotros estemos unidos también en este objetivo. Haciendo hacer a nuestros grupos o a nuestros jóvenes un camino de formación humana y cristiana, les proponemos el abanico de las vocaciones, haciendo también notar el mayor compromiso de «sequela Christi» propio de algunas vocaciones específicas.

La finalidad de los grupos juveniles, formados por nuestras ramas particulares de la Familia Salesiana, no es tener un cultivo de polluelos para la propia Asociación. Nuestra finalidad es la educación cristiana y la orientación del joven en la vida. Debemos saber hacer llegar al joven la llamada de Cristo, indicando cómo en la dinámica temporal del Reino hay también vocaciones de mayor compromiso. Debemos ser capaces de suscitar en los jóvenes deseos de formación y de disponibilidad, ser capaces de orientarlos hacia vocaciones de servicio y de gran significado (entre éstas coloco también el voluntariado), todo en el realismo del Reino.

Las Misiones

Un tercer campo en el que estamos ya colaborando, un campo que la solidaridad y cooperación actual pueden ensanchar ofreciendo nuevas posibilidades, son las misiones. En las últimas expediciones misioneras se ha ido consolidando, al lado de los religiosos, la presencia de seglares, individuos, parejas e incluso familias enteras. Es precioso constatar que, dentro de la Familia Salesiana, hay grupos que incluyen el trabajo misionero en su misma denominación.

El trabajo misionero, sin embargo, tiene diversidad de expresiones y de iniciativas, especialmente en este nuestro tiempo en que se habla de solidaridad globalizada. Hay nuevas posibilidades de compromiso misionero. Hay la posibilidad de la presencia personal, hay la posibilidad del hermanamiento y la del sostén a distancia en diversas formas. Viendo la diferencia entre las distintas partes del mundo, pienso cuán precioso sería si hubiese una red de hermanamientos en grado de aportar recursos que respondan a las diversas necesidades; y donde hay fuerzas disponibles, estar abiertos a colaboraciones temporales o incluso definitivas. Esto en fase de proyecto y sucesivamente por su realización en sinergia.

El Boletín Salesiano

Hay otro sector, muy importante, donde ya estamos colaborando: es el campo de la comunicación en la Iglesia y en la sociedad. Cada grupo tiene el propio órgano de comunicación interna, que distribuye luego fuera del grupo. Pero sabéis que hay una revista o un órgano que nos representa a todos y es el “Boletín Salesiano”. Nosotros decimos que es un órgano para la Familia Salesiana, para el Movimiento Salesiano y para toda la opinión salesiana del mundo, que presenta el punto de vista de la Familia sobre las realidades que estamos viviendo, y abre al mundo una ventana sobre la realidad salesiana.

Es verdad que el “Boletín” está gestionado y llevado adelante por la Congregación Salesiana. Sería superfluo y pesado crear un grueso organismo de representatividad. Se está dando cada vez mayor espacio a la Familia Salesiana en el consejo de redacción y se van presentando nuestras realidades, más bien que «dividir en lotes» las páginas, lo que no es oportuno. De la imagen que el “Boletín” logra crear, todos recibimos su beneficio.

3.4 Visibilidad eclesial de la presencia salesiana como “Movimiento”

Sería interesante, a través de todas las sinergias que hay que poner en acto, obrar cada vez más como Movimiento y así tener una presencia visible en la realidad social y eclesial. Debemos superar dos peligros, que no son nada imaginarios: por una parte, un protagonismo demasiado aclamado y, por otra, un absentismo injustificable. Más que una obra de gran propaganda o afirmación declamada en la Iglesia local, debería ser bien clara nuestra presencia solidaria con el Obispo, con los sacerdotes; deberíamos mostrar nuestra capacidad de obrar por algunas causas, haciendo ver que no estamos en función de nosotros mismos, sino de la comunidad eclesial que, a su vez, está en función de la salvación del mundo.

3.5 Una cultura de la Familia Salesiana

Con el fin de que la cultura de la Familia, es decir, la visión y la mentalidad del trabajar juntos, pase a todas las ramas y a todo el árbol es indispensable que todos los socios de cada grupo se hagan conscientes de pertenecer a un vasto Movimiento de personas, nacido del corazón apostólico de Don Bosco, y se manifiesten dispuestos a las sinergias, a las convergencias, a las colaboraciones múltiples, diversas, ágiles, actualizables. No buscamos una gran organización que establezca desde el vértice las cosas que hacer, sino un fuerte impulso de espiritualidad para dar vida a las células y a los órganos, para que ellos creen las colaboraciones posibles.

De esta perspectiva nace como primera tarea la de hacer leer a todos la Carta de la Comunión y la Carta de la Misión. Se encuentran en ellas las grandes ideas que transmitir y las grandes opciones que tomar.

Pero, además del estudio de estos documentos, ayudará hacer entre los diversos grupos experiencias de convivencia, de espiritualidad, de fraternidad, de colaboración. Esto elevará el nivel de confianza recíproca, el aprecio de las posibilidades que el carisma y la Familia de Don Bosco tienen. La meta es siempre pasar de la concordia a la comunión de objetivos, a la colaboración y corresponsabilidad en proyectos comunes sobre el territorio, social y eclesial.

4. Sugerencias para concretar el Aguinaldo

He aquí algunos pasos para hacer que la Familia Salesiana llegue a ser un vasto Movimiento al servicio de la salvación de los jóvenes.

 

4.1  Colaborar juntos en la formación y en la profundización de la mentalidad carismática de Familia Salesiana

Para ello hay que esforzarse en:

  • hacer objeto de estudio y de profundización la Carta de la Comunión y la Carta de la Misión por parte de cada grupo de la Familia Salesiana, para hacer crecer en cada miembro la cultura de Familia y la conciencia de Movimiento;
  • compartir las conclusiones de este estudio en la «Consulta» local e inspectorial de la Familia Salesiana y escoger, como conclusión, algunas líneas operativas de participación y sinergia al servicio de la misión salesiana en el propio territorio.

 

4.2  Cromover un compromiso compartido

Estudiar juntos, entre los diversos grupos de la Familia Salesiana presentes en un territorio, la situación de los jóvenes de hoy, sobre todo alrededor de los grandes desafíos de la vida, de la pobreza en sus diversas expresiones, de la evangelización, de la paz, de los derechos humanos… y buscar:

  • caminos para mejorar las iniciativas ya en acto, mediante una mayor colaboración y trabajo en red;
  • nuevas iniciativas que promover con la aportación específica de los diversos grupos presentes.

4.3  Un instrumento de comunión: la Consulta local e inspectorial de la Familia Salesiana

Dar mayor consistencia a la Consulta local y a la Consulta inspectorial de la Familia Salesiana, buscando la forma más adecuada para realizarla, para que no sea sólo una ocasión de intercambio de ideas y experiencias, sino sobre todo un instrumento

  • para reflexionar juntos sobre los desafíos de la misión en el propio territorio y para compartir algunas líneas fundamentales de respuesta que cada grupo se esfuerza por asumir según sus posibilidades;
  • para buscar caminos de colaboración ágil y bien articulada en proyectos educativos y de evangelización, sobre todo al servicio de los jóvenes.

4.4 Algunas plataformas de colaboración y de trabajo en red que hay que promover y desarrollar

  • La animación del Movimiento Juvenil Salesiano,
    1. desarrollando en los diversos grupos juveniles animados por los grupos de la Familia Salesiana el compromiso de compartir y participar en el Movimiento Juvenil Salesiano;
    2. implicándose en el acompañamiento de los grupos y de los jóvenes;
    3. compartiendo en el camino formativo de los grupos un itinerario de educación en la fe que los ayude a descubrir y asumir la propia vocación apostólica en la Iglesia y en la sociedad.
  • La animación y promoción entre los jóvenes y los adultos del Voluntariado salesiano social y misionero como respuesta salesiana a los grandes desafíos del mundo juvenil de hoy, en particular de los más pobres y en peligro.
  • La promoción de vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales de especial compromiso para el servicio de la Iglesia y en particular en la Familia Salesiana, mediante:
    1. la participación en las iniciativas vocacionales promovidas en la Iglesia local;
    2. el testimonio de la propia vida vivida como vocación, y la presentación de las diversas vocaciones en la Iglesia y en la sociedad, de modo especial en la Familia Salesiana;
    3. una particular atención y acompañamiento de los jóvenes en su camino de pareja con iniciativas adecuadas;
    4. el apoyo a las familias y a los padres en su compromiso educativo, promoviendo escuelas de padres, grupos de parejas, etc.

Conclusión

Concluyo con una oración a Don Bosco, padre carismático de toda la Familia Salesiana, compuesta por don Egidio Viganò. Me parece más que nunca oportuna porque está particularmente pensada y es programática. Y, como de costumbre, con un cuento ilustrativo del Aguinaldo. San Pablo —hablando de la realidad de la Iglesia— había hecho suya la metáfora del cuerpo que «aun siendo uno tiene muchos miembros y todos los miembros, aun siendo muchos, son un solo cuerpo» (1 Cor 12,12). Para hablar de la Familia Salesiana yo he preferido subrayar junto a la unidad, a la que hace referencia la imagen del cuerpo, la vitalidad, el dinamismo propio del movimiento, por lo que he usado la imagen del bosque, también para recordar la parábola inicial de la semilla que se hace árbol y del árbol que llega a ser bosque.

He aquí la oración de la Familia Salesiana:

Padre y maestro de la juventud,
San Juan Bosco,
que, dócil a los dones del Espíritu Santo,
legaste a la Familia Salesiana
el tesoro de tu predilección
por «los pequeños y los pobres»,
enséñanos a ser cada día para ellos
signos y portadores del amor de Dios,
cultivando en nuestro ánimo
los mismos sentimientos de Cristo Buen Pastor.
Pide para todos los miembros de tu Familia
un corazón bondadoso,
constancia en el trabajo,
sabiduría en el discernimiento,
valor para testimoniar el sentido de Iglesia
y generosidad misionera.
Alcánzanos del Señor
la gracia de ser fieles a la alianza especial
que el Señor ha sellado con nosotros,
y haz que, guiados por María,
recorramos gozosamente con los jóvenes
el camino que conduce al amor.
Amén.

Y he aquí el cuento metafórico:

 LOS ABETOS

El aullido del lobo corrió como un escalofrío a lo largo de toda la montaña. Un ciervo, que roía plácidamente la rica hierba cubierta de rocío, se asustó y se alejó corriendo a más no poder, a través del pinar.

La imponente cornamenta del ciervo desfloraba y sacudía las ramas. Una piña hinchada y madura se desgajó de una rama de abeto y rodó hacia abajo por la pendiente, saltó sobre el saliente de una roca y, con un golpe sonoro, acabó en una hondonada húmeda y bien expuesta.

Un puñado de semillas salió disparada de su cómodo alojamiento y se esparció en la tierra.

«¡Hurra!, gritaron las semillas al unísono. ¡Llegó el momento!».

«¡Lo hemos conseguido! ¡Aquí no hay ardillas ni topos, estamos fuera de peligro!».

Comenzaron con entusiasmo a germinar para cumplir la misión que ardía en su pequeño corazón y que es la función de todo árbol: tener el cielo unido a la tierra. Para ello, los árboles echan raíces profundas y extienden ramas nudosas hacia el cielo. Si no hubiese árboles, el cielo ya habría desaparecido.

Comenzaron, pues, las semillas a esconderse en la tierra, pero descubrieron bien pronto que siendo tantas provocaban algunos conflictos.

«¡Córrete un poco más allá, por favor!».

«¡Está atenta! Me has metido el botón en un ojo!».

Y así sucesivamente. De todos modos, rozándose y codeándose, todas las semillas encontraron un rinconcito para germinar.

Todas menos una.

Una hermosa y robusta semilla declaró claramente sus intenciones:

«¡Me parecéis un montón de ineptas! Amontonadas como estáis, os robáis el terreno una a otra y crecéis raquíticas y desmirriadas. No quiero tener nada que ver con vosotras. Por mí sola podré llegar a ser un árbol grande, noble e imponente. ¡Yo sola!».

Con la ayuda del viento, la semilla logró alejarse de sus hermanas y hundió sus raíces, solitaria, en la cresta de la montaña.

Después de alguna estación, gracias a la nieve, a la lluvia y al sol, llegó a ser un magnífico abeto joven que dominaba el valle, donde sus hermanas se habían convertido en un bosque que ofrecía sombra y descanso fresco a los caminantes y a los animales de la montaña.

Aunque no faltaban problemas.

«¡Estáte quieto con esas ramas! Me tiras las agujas».

«¡Me robas el sol! Ponte más allá…».

«¿Quieres dejar de despeinarme?».

El abeto solitario los miraba irónico y soberbio. Él tenía todo el sol y el espacio que deseaba.

Pero una noche de final de agosto, las estrellas y la luna desaparecieron bajo un montón de nubarrones amenazadores. Silbando y revoloteando, el viento descargó una serie de ráfagas cada vez más violentas, hasta que desolando la montaña se abatió la tempestad.

Los abetos del bosque se estrecharon los unos contra los otros, temblando, pero protegiéndose y sosteniéndose recíprocamente.

Cuando la tempestad se aplacó, los abetos estaban extenuados por la larga lucha, pero se encontraban a salvo.

Todos menos uno.

Del abeto soberbio solitario no quedaba sino un trozo astillado y melancólico en la cima de la montaña.

En la primavera sucesiva, los rayos del sol acariciaban decenas de tiernos vástagos que la brisa de la noche acunaba emocionada. Entre las ramas de los abetos muchos pájaros y ardillas habían encontrado refugio. Superado el invierno, en la base de los troncos robustos, habían nacido plantas y flores de mil colores.

Era el don que, sin quererlo, el viento y la lluvia de la tempestad habían hecho a la montaña.

Queridísimos hermanos y hermanas, amigos todos, os deseo un año 2009 rico de gracias y os confío el compromiso de hacer realmente de la Familia Salesiana un vasto y solidario movimiento de personas para la salvación de los jóvenes.

Con afecto, en Don Bosco

Pascual CHÁVEZ VILLANUEVA
Rector Mayor


Aguinaldo del Rector Mayor 2009 (II)

abril 5, 2014