Aguinaldo del Rector Mayor 2014 (III)

abril 12, 2014

Con este vídeo del Aguinaldo del Rector Mayor 2014, finaliza el repaso que desde “Praeit ac tuetur” se ha venido realizando al contenido de los distintos aguinaldos que el Rector Mayor D. Pascual Chávez Villanueva, IX Sucesor de Don Bosco al frente de la Congregación Salesiana, ha venido ofreciendo a la Familia Salesiana durante el período de su servicio como Rector Mayor (2002-2014).


Aguinaldo del Rector Mayor 2014 (II)

abril 12, 2014
Comentario AGUINALDO 2014“Da mihi animas, cetera tolle”

Acudamos a la experiencia espiritual de Don Bosco

para caminar en la santidad

según nuestra vocación específica

«La gloria de Dios y la salvación de las almas»

Queridos hermanos y hermanas de la Familia Salesiana:

Estamos concluyendo el trienio de prparación al Bicentenario del nacimiento de Don Bosco. Después de haber dedicado el primer año a conocer su figura histórica y el segundo a subrayar sus rasgos fisonómicos como educador y a actualizar su praxis educativa, en este tercero y último año entendemos ir a la fuente de su carisma, bebiendo en su espiritualidad.

La espiritualidad cristiana tiene como centro la caridad, es decir, la vida misma de Dios, que en su realidad más profunda es Agape, Caridad, Amor. La espiritualidad salesiana no es distinta de la espiritualidad cristiana; también ella está centrada en la caridad; en este caso se trata de la «caridad pastoral», es decir, esa caridad que nos impulsa a buscar «la gloria de Dios y la salvación de las almas». «Caritas Christi urget nos».

Como todos los grandes santos fundadores, Don Bosco vivió la vida cristiana con una ardiente caridad y contempló al Señor Jesús desde una perspectiva particular, la del carisma que Dios le confió, la misión juvenil. La «caridad salesiana» es caridad pastoral, porque busca la salvación de las almas, y es caridad educativa, porque encuentra en la educación el recurso que permite ayudar a los jóvenes a expandir todas sus energías de bien; de este modo los jóvenes pueden crecer como honrados ciudadanos, buenos cristianos y futuros habitantes del cielo.

Os invito, pues, queridos miembros de la Familia Salesiana, a beber en las fuentes de la espiritualidad de Don Bosco, es decir, en su caridad educativa y pastoral. Ella tiene su modelo en Cristo Buen Pastor; encuentra su oración y su programa de vida en el lema de Don Bosco “Da mihi animas, cetera tolle”. Siguiendo este camino de profundización, podremos descubrir un «Don Bosco místico», cuya experiencia espiritual es el fundamento de nuestro modo de vivir hoy, la espiritualidad salesiana, en la diversidad de las vocaciones que en él se inspiran; y podremos nosotros mismos sentir una fuerte experiencia espiritual salesiana.

Conocer la vida de Don Bosco y su pedagogía no significa sin embargo comprender el secreto más profundo y la razón última de su sorprendente actualidad. El conocimiento de los aspectos de la vida de Don Bosco, de sus actividades y también de su método educativo no basta. Como base de todo, como fuente de la fecundidad de su acción y de su actualidad, hay algo que con frecuencia se nos escapa también a nosotros, sus hijos e hijas: la profunda vida interior, lo que se podría llamar su «familiaridad» con Dios. Quizá es precisamente esto lo mejor que tenemos de él para poder amarlo, invocar, imitar y seguir para encontrar al Señor Jesús y hacer que lo encuentren los jóvenes.

Hoy se podría trazar el perfil espiritual de Don Bosco partiendo de las impresiones expresadas por sus primeros colaboradores. Se podría pasar después al libro escrito por Don Eugenio Ceria, Don Bosco con Dios, que fue el primer intento de síntesis en el nivel divulgativo de su espiritualidad. Se podrían confrontar después las diversas relecturas de la experiencia espiritual de Don Bosco hechas por sus Sucesores, para llegar finalmente a las investigaciones que imprimieron un giro en el estudio del modo de vivir la fe y la religión por parte de Don Bosco mismo.

Estos últimos estudios resultan más fielmente fieles a las fuentes; están abiertos a la consideración de las diversas ópticas y de las diferentes figuras espirituales que influyeron en Don Bosco o que tuvieron contactos con él: san Francisco de Sales, san Ignacio de Loyola, san Alfonso María de Ligorio, san Vicente de Paul, san Felipe Neri…; aunque nos sirven también para reconocer que la suya fue de todos modos una experiencia espiritual original y genial. Sería interesante tener ahora un nuevo perfil espiritual de Don Bosco, es decir, una nueva hagiografía como hoy la entiende la teología espiritual.

El Don Bosco «hombre espiritual» ha fascinado e interesado a Walter Nigg, pastor luterano y profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de Zurich; se ha centrado en su fisonomía espiritual y ha escrito así: «Presentar su figura sobrevolando el hecho de que nos encontramos frente a un santo sería como presentar solo media verdad. La categoría del santo debe tener la precedencia respecto a la de educador. Cualquier otra gradación falsearía la jerarquía de los valores. Por otra parte el santo es el hombre en el que lo natural toca lo sobrenatural y lo sobrenatural está presente en Don Bosco en medida notable […] Para nosotros no hay dudas: el verdadero santo de la Italia moderna es Don Bosco».[1]

En los mismos años ochenta del siglo pasado esa opinión la compartía el teólogo P. Dominique Chenu O.P.; a la pregunta de un periodista que pedía que indicase algunos santos portadores de un mensaje de actualidad para los nuevos tiempos, respondía: «Me gusta recordar, ante todo, al que se adelantó al Concilio un siglo antes, Don Bosco. Él es ya, proféticamente, un modelo de santidad para su obra que es ruptura con un modo de pensar y de creer de sus contemporáneos».

En cada etapa y contexto cultural se trata de responder a estas preguntas:

– ¿Qué recibió Don Bosco del ambiente en que vivió?

– ¿En qué medida es deudor del entorno, de la familia, de la Iglesia de su época?

– ¿Cómo reaccionó y qué dio a su tiempo y a su ambiente?

– ¿Cómo ha influido en los tiempos que le han seguido?

– ¿Cómo lo han visto sus contemporáneos: los Salesianos, el pueblo, la Iglesia, los seglares?

– ¿Cómo lo han comprendido las sucesivas generaciones?

– ¿Qué aspectos de su santidad se nos presentan a nosotros más interesantes?

– ¿Cómo traducir hoy el modo en que Don Bosco interpretó el Evangelio?

Estas son las preguntas a las que debería responder una nueva hagiografía de Don Bosco. No se trata de llegar a la identificación de un perfil de Don Bosco definitivo y siempre válido, sino de evidenciar uno adecuado a nuestra época. Es evidente que de cada santo se subrayan los aspectos que interesan por su actualidad y se orillan los que no se consideran necesarios en ese momento histórico o se estiman irrelevantes parar caracterizar su figura.

Los Santos, en efecto, son una respuesta a la necesidad espiritual de una generación, la ilustración eminente de lo que los cristianos de una época entienden por santidad. Evidentemente la apetecida imitación de un santo no puede ser más que «proporcional» a la referencia absoluta que es Jesús de Nazaret; en efecto, todo cristiano, en lo concreto de su situación, está llamado a reencarnar de modo propio la figura universal de Jesús, sin agotarla, obviamente. Los Santos ofrecen un camino concreto y válido hacia esa identificación con el Señor Jesús.

En el comentario al Aguinaldo que propondré a la Familia Salesiana, estos serán los tres contenidos fundamentales que desarrollaré: elementos de la espiritualidad de Don Bosco; la caridad pastoral como centro y síntesis de la espiritualidad salesiana; la espiritualidad salesiana para todas las vocaciones. Al final de los mismos ofreceré algunos compromisos concretos que aquí ya anticipo en su totalidad.

1. Elementos de la espiritualidad de Don Bosco

Llegar a una precisa identificación de la espiritualidad de Don Bosco no es una empresa fácil; por eso tal vez es el aspecto de su figura menos profundizado. Don Bosco es un hombre totalmente volcado en el trabajo apostólico; no nos concede descripciones de sus evoluciones interiores, ni nos deja reflexiones particulares sobre su experiencia espiritual. No escribe diarios espirituales y no ofrece interpretaciones de sus mociones interiores; prefiere transmitir un espíritu describiendo las vicisitudes de su vida o a través de las biografías de sus jóvenes. No basta, es verdad, decir que su espiritualidad es la espiritualidad apostólica de quien despliega una pastoral activa, una pastoral de mediación entre una espiritualidad docta y una espiritualidad popular; hay que distinguir el núcleo de su experiencia espiritual.

Ahora se presenta un problema serio: ¿cómo indagar la espiritualidad de Don Bosco, dada la extrema escasez de fuentes de su vida interior? Dejemos a los teólogos espirituales que profundicen esta temática metodológica y tratemos de distinguir algunos elementos fundamentales y característicos de su experiencia espiritual.

La espiritualidad es un modo característico de sentir la santidad cristiana y de tender a ella; es un modo especial de ordenar la propia vida hacia la adquisición de la perfección cristiana y a la participación de un carisma especial. En otros términos es la vivencia cristiana, una acción conjunta con Dios que presupone la fe.

La espiritualidad salesiana consta de varios elementos: es un estilo de vida, oración, trabajo, relaciones interpersonales; una forma de vida comunitaria; una misión educativa pastoral sobre la base de un patrimonio pedagógico; una metodología formativa; un conjunto de valores y actitudes característicos; una peculiar atención a la Iglesia y a la sociedad a través de sectores específicos de compromiso; una herencia histórica de documentación y escritos; un lenguaje característico; una serie típica de estructuras y obras; un calendario con fiestas y celebraciones propias…

En el cuadro general de referencia de la historia de la espiritualidad del siglo XIX, explicitamos algunos elementos que nos parecen especialmente importantes para describir la experiencia espiritual de Don Bosco; son su punto de partida, su raíz profunda, sus instrumentos, su punto de llegada.

1.1. Punto de partida: la gloria de Dios y la salvación de las almas

La gloria de Dios y la salvación de las almas fueron la pasión de Don Bosco. Promover la gloria de Dios y la salvación de las almas equivale a conformar la propia voluntad a la de Dios, que quiere precisamente tanto la plena manifestación del bien, que es Él mismo, es decir su gloria, como la auténtica realización del bien del hombre, que es la salvación de su alma.

En un raro fragmento de su «historia del alma», Don Bosco confesará (1854) su secreto sobre los fines de su actividad: «Cuando me dediqué a esta parte del sagrado ministerio entendí consagrar todos mis esfuerzos a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas, entendí emplearme en formar buenos ciudadanos en esta tierra, para que fuesen después un día dignos habitantes del cielo. Que Dios me ayude para poder continuar hasta el último aliento de mi vida. Así sea».[2]

En el mismo texto, pocas líneas antes, había escrito:

«Ut filios Dei, qui erant dispersi, congregaret in unum». Juan 11,52. Las palabras del santo Evangelio que nos hacen conocer al divino Salvador venido del cielo a la tierra para reunir a todos los hijos de Dios, dispersos en las diferentes partes de la tierra, me parece que se pueden aplicar literalmente a la juventud de nuestros días. Esta parte, la más delicada y la más preciosa de la Sociedad humana, en la que surgen las esperanzas de un futuro feliz, no es por sí misma de índole perversa […] La dificultad consiste en encontrar el modo de reunirlos, poder hablarles, moralizarlos. Esta fue la misión del Hijo de Dios, esto solo lo puede hacer su santa religión».[3]

Como base de la decisión de fundar el Oratorio está la voluntad salvífica de Dios, expresada en la encarnación del Hijo, enviado para reunir en torno a sí a los hombres dispersos en los meandros del error y por falsos caminos de salvación. La Iglesia está llamada a responder en el tempo a esa divina misión de salvación. El Oratorio se sitúa, pues, en la economía de la salvación; es una respuesta humana a una vocación divina y no una obra fundada por la buena voluntad de una persona.

Para confirmar esto, leamos en una crónica del 16 de enero de 1861: «Interrogado sobre su parecer acerca del sistema de la eficacia de la gracia, respondió: yo estudié muchos estas cuestiones; pero mi sistema es el que redunda a la mayor gloria de Dios. ¿Qué me importa tener un sistema estricto y que después mande un alma al infierno o que tenga un sistema magnánimo con tal de que mande almas al Paraíso?»[4]

Análoga manifestación del 16 de febrero de 1876 en su modo de proceder en sus iniciativas: «Nosotros vamos adelante siempre sobre seguro; antes de emprender las cosas nos aseguramos de que es voluntad de Dios que se hagan las cosas. Nosotros comenzamos siempre nuestras obras con la certeza de que es Dios quien las quiere. Una vez que tenemos esa certeza, vamos hacia delante. Parecerá que mil dificultades se encuentren en el camino; no importa, Dios lo quiere y nosotros nos mantenemos intrépidos ante cualquier dificultad».[5]

Idénticas a las finalidades del Oratorio son las de la «Obra de los Oratorios», es decir de la Sociedad Salesiana, del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, de los Cooperadores Salesianos, de la Asociación de los Devotos de María Auxiliadora; todos están animados, motivados y sostenidos por el mismo fin. Basten algunas citas sobre los Salesianos, entre las muchísimas que se podrían aducir.

En la introducción a la primera redacción de las Constituciones, Don Bosco afirmaba que los primeros colaboradores eclesiásticos se habían asociado con la «promesa de no ocuparse más que de las cosas que su superior juzgase de mayor gloria de Dios y de bien para la propia alma».[6] Se repetía en el capítulo siguiente sobre el fin de la sociedad: los Salesianos «se unen fuertemente para formar un corazón solo y una sola alma para amar y servir a Dios».[7]

Además, el 11 de junio de 1860, en la súplica enviada al Arzobispo de Turín para la aprobación de las Constituciones, se leía: «Nosotros, los abajo firmantes, movidos únicamente por el deseo de asegurarnos nuestra eterna salvación, nos hemos unido para hacer vida común a fin de poder atender con mayor comodidad a las cosas que se refieren a la gloria de Dios y a la salvación de las almas».[8] El 12 de enero de 1880 escribía también al Card. Ferrieri que el objetivo de la obra salesiana era siempre el mismo: «Creo poder asegurar a Su Eminencia que los Salesianos no tienen otro fin que trabajar a la mayor gloria de Dios, el bien de la Santa Iglesia y dilatar el Evangelio de Jesucristo entre los Indios Pampas y en la Patagonia.[9]

Por lo demás, Don Bosco había puesto ya en evidencia la misma finalidad de la naciente Sociedad de San Francisco de Sales, al escribir el 9 de junio de 1867 a los Salesianos en una circular que se anticipó en dos años a la aprobación de la misma Congregación: «El primer objetivo de nuestra sociedad es la santificación de sus miembros […] Cada uno debe entrar en la sociedad guiado solo por el deseo de servir a Dios con mayor perfección, y de hacerse el bien a sí mismo, se entiende hacerse a sí mismo el verdadero bien es el bien espiritual y eterno».[10]

1.2. Raíz profunda: unión con Dios

El unum necessarium es la raíz profunda de su vida interior, de su diálogo con Dios, de su actividad de apóstol. No hay dudas de que en Don Bosco la santidad brilla en sus obras, pero es ciertamente verdad que las obras son solo una expresión de su fe. No son las obras que se hacen las que hacen de Don Bosco un santo, como nos recuerda san Pablo:«Aunque hablase las lenguas de los hombres…, pero no tengo caridad, nada me sirve» (1 Cor 13); sino que es una fe reavivada por la caridad práctica (cfr. Gal 5,6b) lo que le hace santo: «por los frutos conoceréis sus obras». Mt 7,16,20

A la«unión con Dios», real y no solo psicológica, están invitados todos los cristianos. Unión con Dios es vivir la propia vida en Dios y en su presencia; es vida divina que está en nosotros por participación; es ejercicio de la fe, esperanza y caridad, a las que siguen necesariamente las virtudes infusas, las virtudes morales, etc. Don Bosco da vigor evangélico a sus vivencias, hace de la transmisión de la fe en Dios la razón de su propia vida, según la lógica de las virtudes teologales: con una fe que se hace signo fascinante para los jóvenes, con una esperanza que se convierte en palabra luminosa para ellos, con una caridad que se hace gesto de amor hacia los últimos.

Don Bosco fue siempre fiel a su misión de caridad efectiva: donde un misticismo desencarnado habría sido un peligro para cortar los puentes con la realidad, la fe le obligó a quedarse en la trinchera por efecto de la extrema fidelidad al hombre necesitado; allí donde podían aparecer el cansancio y la resignación, lo sostuvo la esperanza; allí donde no parecía que hubiese remedio, lo impulsó a actuar la pista indicada por Pablo: «Caritas Christi urget nos» (1 Cor 5,14). La caridad vivida por don Bosco no se detenía frente a las dificultades: «Me he hecho todo para todos para salvar a toda costa a alguno» (1 Cor 9,22). No eran de temer las derrotas en el campo educativo, sino la inercia y el desentenderse.

Vivir la fe: significa abandonarse con alegría confiadamente a Dios revelado en Jesús de modo que seamos capaces de vivir todas le situaciones de modo salvífico: es decir, aceptar todas las circunstancias de la historia, de modo que se permita a Dios manifestarnos su acción salvífica. Ninguna situación corresponde de modo adecuado al querer de Dios, pero el hombre puede vivir cada situación de modo que cumpla siempre la voluntad de Dios.

Vivir la esperanza: significa esperar a Dios cada día para ser capaces de acoger su don futuro; significa esperar cada día a Dios que viene a través de los dones creados: cada día tiene su don. De modo que en todas le situaciones, también de fallos: «nada nos podrá separar del amor de Cristo» (Rom 8,39).

Vivir la caridad: significa hacer el presente como lugar del amor de Dio. Para ser capaces de actitud oblativa es necesario un ejercicio continuo; se requiere un ambiente que estimule: la misión salesiana lo es sin duda.

Todo esto lo vivió Don Bosco en espíritu de auténtica piedad. Él no ha dejado fórmulas de piedad, ni una devoción suya particular. Su concepción es realista y práctica. Sólo las oraciones del buen cristiano, fáciles, sencillas, pero hechas con perseverancia. Lo que a Don Bosco le preocupaba era que los Salesianos consagrasen toda su vida a la salvación de las almas y santificasen su trabajo ofreciéndolo a Dios; la oración debía intervenir como elevación del alma a Dios, como petición y como alimento, en otras palabras las «prácticas de piedad» tenían una especie de función ascética. Los resultados de este ejercicio en la vida de Don Bosco están ante los ojos de todos.

Escuchemos dos testimonios. Esto es lo que un antiguo alumno, de 45 años, militar y profesor en el ejército, escribe desde Florencia a Don Bosco en Turín:

«Mi querido Don Bosco: Parece que tiene razón en quejarse de mí, sí, pero crea también que siempre le quise y le querré: yo en usted encuentro toda la ayuda y admiro sus gestas desde lejos; ni hablé ni permití que se hablase mal de usted; siempre lo defendí. Veo en usted que volcaría mi alma de todas las forma; quedé confuso, estático, electrizado por sus razonamientos; fueron fuertes y sentidos: dejó en mí un desconcierto y me afectó hasta el punto de quedar deslumbrado al ver que me ama entrañablemente, sí, querido Don Bosco. Creo en la comunión de los Santos […]. Nadie más que usted sabe y conoce mi corazón y podrá decidir. Concluyo por eso, aconséjeme, ámeme, perdóneme y recomiéndeme a Dios, a Jesús, a María Sma…. Le envío un beso de corazón y le hago profesión de fe de que le quiero mucho…»[11]

El segundo testimonio es una página muy conmovedora del santo don Orione a sus clérigos en 1934, el año de la canonización de Don Bosco:

«Ahora os diré la razón, el motivo, la causa por la que Don Bosco se hizo santo. Don Bosco se hizo santo porque nutrió su vida de Dios, porque nutrió nuestra vida de Dios. En su escuela aprendí que aquel santo no nos llenaba la cabeza con tonterías u otras cosas, sino que nos nutría de Dios, y se alimentaba a sí mismo de Dios, del espíritu de Dios. Como la madre se nutre a sí misma para nutrir después a su hijito, así Don Bosco se nutrió a sí mismo de Dios, para nutrirnos de Dios también a nosotros. Por eso, los que conocieron al Santo, y tuvieron la gracia insigne de crecer junto a él, de oír su palabra, de acercarse a él, de vivir de algún modo la vida del santo, recibieron con aquel contacto algo que no es terreno, que no es humano; algo que nutría su vida de santo. Y él además todo lo orientaba al cielo, todo lo orientaba a Dios y de todo tomaba motivo para elevar nuestras almas hacia el cielo, para dirigir nuestros pasos hacia el cielo».

1.3. Instrumentos: valores invisibles traducidos en obras visibles

En el centro de su espiritualidad está solo Dios para conocerlo, amarlo y servirle en orden a la propia salvación, mediante la realización de una vocación personal concreta: la entrega religiosa y apostólica – benéfica, educativa, pastoral – a los jóvenes, sobre todo pobres y abandonados, en función de su salvación integral, según el modelo de Cristo Salvador y en la escuela de María Sma., Madre y Maestra. Por eso el sustantivo más frecuente, por ejemplo, en su volumen de cartas es «Dios» y el verbo más repetido, después de «hacer», es «rezar».[12]

En Don Bosco se tiene una espiritualidad activa; él tiende a la acción, a la laboriosidad bajo el estímulo de la urgencia y de la conciencia de una misión celestial. La elección de la laboriosidad da al desprendimiento una acepción especial con vistas a la acción apostólica. Si en S. Alfonso el desprendimiento es sobre todo interior al hombre, en Don Bosco adquiere más sentido en la laboriosidad: el desprendimiento ayuda a comprometerse en las obras que Dios encarga realizar.

En Don Bosco se descubre el sentido de la relatividad de las cosas y al mismo tiempo de su necesaria utilización para el fin que le apremia. Él prefiere no apegarse rígidamente a ciertos esquemas; es por tanto mejor una lectura más práctica, pastoral, espiritual que teológico-especulativa. En él hay una especificidad original: la salvación debe obtenerse con los métodos del cariño, de la mansedumbre, alegría, humildad, piedad eucarística y mariana, de la caridad hacia Dios y los hombres.

La relación entre amor a Dios y amor fraterno es idéntica para el cristiano y para el religioso. Se trata de vivir una consagración a Dios y a su mayor gloria en una entrega total en realizar el bien para la propia alma y para las de los demás, come pura oblación sin retener nada para sí, hecha en comunión con los hermanos, en la caridad de la obediencia y de la solidaridad comunitaria.

Don Bosco, a título de sensibilidad humana y de participación sacerdotal, supo inserirse realísticamente en la sociedad, dando testimonio de fe, exhortando sin respeto humano, interviniendo de modo directo, también donde parecía comprometer a los ojos de algunos la dignidad sacerdotal. Vivió los valores fuertes de su vocación, pero también supo traducirlos en hechos sociales, en gestos concretos, sin replegarse en lo espiritual, en lo eclesial, en lo litúrgico, entendido como espacio exento de los problemas del mundo y de la vida.

En Don Bosco el Espíritu se hizo vida. No huyó hacia delante, pero tampoco se quedó atrás. Fuerte en su vocación, no vivió el día a día como ausencia de horizontes; como nicho protector; como rechazo de la confrontación abierta con una realidad más amplia y variada; como mundo estrecho con pocas necesidades que satisfacer; como lugar de repetición casi mecánica de actitudes tradicionales; como rechazo de las tensiones, del sacrificio exigente, del riesgo, de la renuncia al éxito inmediato, de la lucha.

Es interesante a propósito de esto una cita de hace 120 años que, si no fuese por algunos términos, podría suponerse contemporánea. Se trata de un testimonio «exterior» a Don Bosco; nos ofrece la lectura que otros, tal vez también inspirados por los Salesianos, hacían de su obra. Se trata del Card. Vicario de Roma, Lucido Maria Parocchi que en 1884 escribía:

«¿Qué es lo específico de la Sociedad Salesiana? Pretendo hablaros de lo que distingue a vuestra Congregación, lo que forma vuestro carácter; como los Franciscanos se distinguen por la pobreza; los dominicos por la defensa de la fe; los jesuitas por la cultura. Tiene en sí algo que la acerca a la de los franciscanos, de los dominicos y de los jesuitas, pero se distingue de ellos por el objeto y las modalidades… ¿Qué habrá, pues, de especial en la Congregación Salesiana? ¿Cuál será su carácter, su fisonomía? Si lo he entendido bien, si he captado bien el concepto, su carácter específico, su fisonomía, su nota esencial, es la caridad vivida según las exigencias del siglo: “nos credidimus caritati. Deus caritas est”.Este mundo presente solo puede ganarse y llevarse al bien con las obras de caridad. El mundo ahora no quiere ni conoce más que las cosas materiales; no quiere saber nada de las cosas espirituales. Ignora las bellezas de la fe, desconoce las grandezas de la religión, repudia las esperanzas de la vida futura, reniega del mismo Dios. Este siglo de la Caridad comprende solo el medio y no el fin y el principio. Sabe hacer el análisis de esta virtud pero no sabe componer la síntesis. “Animalis homo non percipit quae sunt spiritus Dei”: eso dice san Pablo. Decir a los hombres de este siglo: «Hay que salvar las almas que se pierden, es necesario instruir a los que ignoran los principios de la religión, hace falta dar limosna por amor a aquel Dios que un día premiará a los generosos» los hombres de este siglo no lo entienden. Hay que adaptarse, por tanto, al siglo que vuela, vuela. A los paganos Dios se hace conocer por medio de la ley natural; se hace conocer a los Hebreos por medio de la Biblia, a los Griegos cismáticos por medio de las grandes tradiciones de los padres; a los protestantes por medio del Evangelio: en este siglo, con la caridad. Decid a este siglo: os tomo a los jóvenes de las calles para que no los atropellen los tranvías, para que no caigan en un pozo; los recibo en un orfanato para que no marchiten su fresca edad en vicios y en juergas; los reúno en las escuelas para educarlos para que no se conviertan en el azote de la sociedad y no vayan a la cárcel; les digo que vengan conmigo y los vigilo para que no se saquen los ojos unos a otros, y entonces los hombres de este siglo entienden y empiezan a creer».[13]

A propósito de nuestras obras, debemos tener presente que si los laicos aprecian nuestros servicios sociales con frecuencia lo hacen por la rapidez y eficacia de nuestra intervención; por el aspecto utilitarista del servicio, casi secularizando al religioso encargado, del que ven solo la filantropía, y no la caridad y la inspiración evangélica. A veces nuestras obras se consideran como empresas lucrativas o tal vez solo de prestigio al fracasar el Estado social. También los mismos creyentes con frecuencia dudan del valor religioso de nuestras obras, aun cuando las ayudan y se sirven de ellas; dejan la responsabilidad a sus gestores y no se inspiran en la experiencia religiosa de la Congregación. Demasiados voluntarios tienen escasa confianza en la pertenencia y ductilidad de nuestras obras. Hay en qué reflexionar. ¡Y tanto!

1.4. Punto de llegada: la santidad

Don Bosco se sitúa en el filón del humanismo devoto de san Francisco de Sales, que propone a todas las categorías de personas el camino de santidad. La característica subrayada en Don Bosco, sin embargo, es una santidad común para todos, cada uno según su propio estado. No pone grados de santidad, rechaza análisis de ese tipo. Usa esquemas escolásticos tomados de la espiritualidad católica de su tempo. Su teología es cristocéntrica y eucarística, mariana, alimentada por el ejercicio de algunas virtudes, especialmente la obediencia. La santidad no excluye el gozo, la alegría; pide no penitencias, sino compromiso, derivado de una vida de gracia, en los deberes propios.

En vez del clásico término de «devoción» para indicar el estado de caridad que nos hace actuar rápida y diligentemente por Dios, Don Bosco prefiere el de santidad, la de quien vive en estado de gracia habitual porque ha llegado, con el esfuerzo personal y con la ayuda del Espíritu, a evitar el pecado en las formas más comunes de los jóvenes: malos compañeros, malas conversaciones, impureza, escándalo, hurtos, intemperancia, soberbia, respeto humano, falta en los deberes religiosos…

Después de san Francisco de Sales y antes del Concilio Vaticano II, Don Bosco nos enseña que la santidad es posible para todos, que a todos se les ha dado la gracia suficiente para alcanzarla, que la santidad depende mucho de la cooperación del hombre con la gracia. Es verdad que la santidad se hace difícil, pero no imposible, por diferentes obstáculos: imperfecciones, defectos, pasiones, demonio, pecado. La santidad no es imposible dados los muchos medios a nuestra disposición: virtudes teologales, dones del Espíritu Santo, virtudes morales infusas y adquiridas, esfuerzo ascético…

Nuestra espiritualidad corre el riesgo de vaciarse, porque los tiempos han cambiado y porque a veces la vivimos superficialmente. Para actualizarla debemos volver a partir de Don Bosco, de su experiencia espiritual y de su Sistema Preventivo. Los clérigos del tiempo de Don Bosco veían lo que no les iba y no querían ser religiosos, pero estaban encantados con él. Los jóvenes necesitan “testimonios”, como escribió Pablo VI. Nos quieren hombres espirituales, hombres de fe, sensibles a las cosas de Dios y dispuestos a la obediencia religiosa en la búsqueda de lo mejor. No es la novedad lo que nos hace libres, sino la verdad; la verdad no puede ser moda, superficialidad, improvisación: veritas liberavit vos.

2. Centro y síntesis de la espiritualidad salesiana: la caridad pastoral

Hemos visto antes qué «clase» de persona espiritual era Don Bosco: profundamente hombre y totalmente abierto a Dios; en armonía entre esas dos dimensiones, vivió un proyecto de vida asumido con decisión: el servicio a los jóvenes. Lo destaca Don Rua: «No dio un paso, no pronunció una palabra, no abordó ninguna empresa que no tuviese como mira la salvación de la juventud».[14] Si se examina su proyecto para los jóvenes, se ve que tiene un «corazón», un elemento que le da sentido, originalidad: «Realmente no le interesó más que las almas».[15]

Hay por tanto una explicación ulterior y concreta de la unidad de su vida: con su entrega a los jóvenes, Don Bosco quería comunicar su experiencia de Dios. Su caridad no era solo generosidad o filantropía, sino caridad pastoral. A ella se la llama «centro y síntesis» del espíritu salesiano.[16]

Centro y síntesis es una afirmación acertada y comprometida. Es más fácil enumerar varios rasgos, aun fundamentales de nuestra espiritualidad, sin obligarnos a establecer entre ellos una relación o una jerarquía, que seleccionar uno de ellos como principal. En este caso hay que entrar en el alma de Don Bosco o del Salesiano y descubrir lo que explica su estilo.

Para entender qué encierra la caridad pastoral demos tres pasos: reflexionemos antes sobre la caridad, después sobre la especificación pastoral, y por último sobre la caracterización salesiana de la caridad pastoral.

2.1. Caridad

Una expresión de san Francisco de Sales dice: «La persona es la perfección del universo; el amor es la perfección de la persona; la caridad es la perfección del amor».[17] Se trata de una visión universal que pone en escala ascendente cuatro modos de existir: el ser, el ser persona, el amor como forma superior a toda otra forma de la persona, la caridad como expresión máxima del amor.

El amor representa el punto máximo de llegada de la maduración de cualquier persona, cristiana o no. La tarea educativa se propone llevar a la persona a ser capaz de entregarse, a un amor de benevolencia.

Los psicólogos, y no solo Jesucristo, dicen que la personalidad completa y feliz es capaz de generosidad y desinterés y llega a vivir un amor que no es solo concupiscencia, es decir para la propia satisfacción de ser amado. Diversas formas de neurosis o de perturbación de la personalidad derivan de estar centrado sobre sí y las correspondientes terapias tienden todas a abrir y descentrar hacia los demás.

La caridad es además la propuesta principal en toda espiritualidad: es no solo el primero y principal mandamiento; y por tanto el programa principal para el camino espiritual, sino también la fuente de energía para progresar. Hay sobre ella una abundante reflexión sobre todo en san Pablo (2 Cor 12,13-14) y san Juan
(1 Jn 4,7-21). Tomamos solo algunos núcleos.

Encenderse la caridad en nosotros es un misterio y una gracia; no procede de la iniciativa humana sino que es participación en la vida divina y efecto de la presencia del Espíritu. No podríamos amar a Dios si Él no nos hubiese amado primero, haciéndonoslo sentir y dándonos el gusto y la inteligencia para corresponder. No podríamos tampoco amar al prójimo y ver en él la imagen de Dios, si no tuviésemos la experiencia personal del amor de Dios.

«El amor que Dios tiene por nosotros se ha derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Por otra parte tampoco el amor humano tiene explicación racional, y por eso se dice que es ciego. Nadie logra determinar con exactitud por qué una persona se enamora de otra.

Por su naturaleza de ser participación en la vida divina y la comunión misteriosa con Dios, la caridad crea en nosotros la capacidad de descubrir y percibir a Dios: la religión sin la caridad aleja de Dios. El amor auténtico, aun solo humano, lleva a los que están alejados hacia la fe y el ambiente religioso. La parábola del buen samaritano centra exactamente la relación religión-caridad con ventaja para esta última.

Juan resumirá esto en su primera carta al escribir: «Queridos míos, amémonos unos a otros porque el amor viene de Dios: quienquiera que ama es engendrado por Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor» (1 Jn 4,7-8). En san Juan el verbo conocer significa tener experiencia, más que tener nociones exactas: quien ama experimenta a Dios.

Dado que la caridad es el don que nos permite conocer a Dios por experiencia, nos capacita también para gozar de Él en la visión definitiva: «Ahora vemos como en un espejo, de modo confuso; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, pero entonces conoceré perfectamente» (1 Cor 13,12).

Por eso no es solo una virtud especial, sino la forma y la substancia de todas las virtudes y de lo que constituye y construye la persona: «Aunque hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles… y tuviese el don de la profecía… y si repartiese todas mis riquezas a los pobres… y si poseyese la plenitud de la fe hasta transportar montañas… pero no tuviese caridad no me sirve de nada» (1 Cor 13,1-3).

Por eso la caridad y sus frutos son realidades que perduran, resisten al tiempo: «La caridad no tendrá nunca fin. Las profecías desaparecerán, el don de las lenguas cesará, la ciencia se desvanecerá. Cuando venga lo que es perfecto, lo que es perfecto desaparecerá» (1 Cor 13,8-10). Esto se aplica no solo a la vida, sino a nuestra historia. Lo que se edifica sobre el amor queda y construye nuestra persona, nuestra comunidad, nuestra sociedad; mientras que lo que se difunde y se construye sobre el odio y sobre el egoísmo se destruye.

Por eso la caridad es lo más grande y la raíz de todos los carismas, a través de los que se construye y trabaja la Iglesia. Precisamente después de haber explicado la finalidad y el empleo de los diferentes carismas, san Pablo introduce el discurso de la caridad con estas palabras: «Aspirad a los carismas más grandes y yo os mostraré el camino mejor» (1 Cor 12,31).

Es el carisma principal, aun cuando se expresa en gestos cotidianos y no tiene nada de extraordinario o vistoso: «… es paciente, es benigna la caridad; no es envidiosa, no presume, no se hincha, no falta al respeto, no busca su interés, no se aíra, no tiene en cuenta el mal recibidos, no goza con la injusticia, sino que complace en la verdad. Todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,4-6).

Para Don Bosco y Madre Mazzarello, como para todos los santos¸ la caridad es central. Es la insistencia principal de su vida. Conviene saberlo y decirlo. De vez en cuando, en efecto, algún miembro de la Familia Salesiana lo experimenta, descubre la importancia de la caridad en un movimiento eclesial, después de haber vivido muchos años en la espiritualidad de nuestro carisma salesiano. Parece que antes no oyó hablar de ello con eficacia y no pudo vivirlo con intensidad.

En el sueño de los diamantes —que es una parábola del espíritu salesiano— la caridad está puesta delante y precisamente sobre el corazón del personaje: «Tres de aquellos diamantes estaban sobre el pecho… en el que se encontraba sobre el corazón estaba escrito: caridad».[18] En este sueño lo que está puesto delante es la parte fundamental de nuestro espíritu.

Además, la caridad está recomendada por nuestros fundadores de muchas formas: como base de la vida de comunidad, principio pedagógico, fuente de la piedad, condición del equilibrio y de la felicidad personal, práctica de virtudes específicas, como la amistad, la buena educación, la renuncia a los propios intereses.

Aprender a amar es la finalidad de la vida consagrada que no es más que «un camino que parte del amor y conduce al amor».[19] El conjunto de prácticas y disciplinas, de normas y enseñanzas espirituales querría obtener una sola cosa: hacernos capaces de acoger a los demás y ponernos a su servicio con generosidad.

2.2. Caridad pastoral

La caridad tiene muchas manifestaciones: el amor materno, el amor conyugal, la beneficencia, la compasión, la misericordia, el amor a los enemigos, el perdón. En la historia de la santidad esas manifestaciones cubren todos los ámbitos de la vida humana. Nosotros, los Salesianos (SDB) y las Hijas de María Auxiliadora (FMA), como en general todos los grupos de la Familia Salesiana, hablamos de una caridad pastoral.

Esta expresión aparece muchas veces en sus Constituciones, documentos y conferencias. Qué significa caridad pastoral lo dice bien el Concilio cuando, refiriéndose a los que se preocupan de educar en la fe, dice: «Se les da la gracia sacramental, para que con la oración, el sacrificio y la predicación… ejerzan un perfecto ministerio de caridad pastoral: no teman, pues, dar la vida por sus ovejas y, haciéndose modelo del rebaño, promuevan a la Iglesia también con el ejemplo hacia una santidad más grande».[20]

La palabra pastoral indica una forma específica de caridad, evoca en seguida a la mente la figura de Jesús Buen Pastor.[21] Pero no solo las formas de su acción: bondad, búsqueda del que se ha perdido, diálogo, perdón; sino también y sobre todo la sustancia de su ministerio: revelar a Dios a cada hombre y a cada mujer. Es más que evidente la diferencia con otras formas de caridad que prestan atención preferente a determinadas necesidades de las personas: salud, alimento, trabajo.

El elemento típico de la caridad pastoral es el anuncio del Evangelio, la educación en la fe, la formación de la comunidad cristiana, la elevación evangélica del ambiente. Pide, pues, disponibilidad plena y entrega por la salvación del hombre, como viene propuesta por Jesús: de todos los hombres, de todo hombre, aun de uno solo. Don Bosco, y tras él nuestra Familia Salesiana, expresan esta caridad con una frase: “Da mihi animas, cetera tolle”.

Los grandes institutos y las grandes corrientes de espiritualidad han condensado el corazón de su propio carisma en una breve frase. «A mayor gloria de Dios» dicen los jesuitas; «Paz y bien» es el saludo de los franciscanos; «Ora y trabaja» es el programa de los benedictinos; «Contemplar y entregar a los demás las cosas contempladas» es la norma de los dominicos. Los testigos de la primera hora y la reflexión posterior de la Congregación han llevado a la convicción de que la expresión que resume la espiritualidad salesiana es exactamente el “Da mihi animas, cetera tolle”.

Es verdad que la expresión brota con frecuencia en los labios de Don Bosco y ha influido en su fisonomía espiritual. Es la máxima que impresionó a Domingo Savio en el despacho de Don Bosco —todavía joven sacerdote de 34 años— y le movió a un comentario que se ha hecho famoso: «He entendido; aquí no hay negocio de dinero sino negocio de almas, he entendido; espero que mi alma formará también parte de este comercio».[22] Para este muchacho estaba, pues, claro que Don Bosco no le ofrecía solo instrucción y casa, sino sobre todo una oportunidad de crecimiento espiritual.

La expresión está tomada en la Liturgia: «Despierta también en nosotros la misma caridad apostólica que nos impulse a buscar almas que te sirvan a ti, único y sumo bien».[23] Era justo que fuese así, dado que Don Bosco había tenido presente esta intención en la fundación de sus instituciones: «El fin de esta Sociedad, si se considera en sus miembros, no es otro que una invitación a unirse impulsados por el dicho de san Agustín: “Divinorum divinissimum est in lucrum animarum operare”».[24]

2.3. Caridad pastoral salesiana

En la historia salesiana leemos: «La noche del 26 de enero de 1854, nos reunimos en la habitación de Don Bosco y se nos propuso hacer con la ayuda del Señor y de san Francisco de Sales una prueba de ejercicio práctico de caridad… Desde entonces se ha dado el nombre de Salesianos a los que se propusieron o se propondrán este ejercicio».[25]

Después de Don Bosco, todos los Rectores Mayores, como testigos fidedignos, han reafirmado la misma convicción. Es interesante el hecho de que todos se apresuraron a corroborarlo con una convergencia que no deja lugar a la duda.

Don Miguel Rua pudo afirmar en los procesos para la beatificación y canonización de Don Bosco: «Dejó que otros acumulasen bienes… y corriesen detrás de los honores; a Don Bosco realmente no le importaron más que las almas: dijo con hechos no solo con las palabras: “Da mihi animas, cetera tolle”».

Don Pablo Albera, que tuvo un prolongado contacto con Don Bosco, afirma: «la idea que estimuló toda su vida fue la de trabajar por las almas hasta la total inmolación de sí mismo… Salvar las almas… fue, puede decirse, la única razón de su existencia».[26]

Más incisivamente, también porque pone el acento en las motivaciones profundas de la actuación de Don Bosco, don Felipe Rinaldi ve en el lema “Da mihi animas”, «el secreto de su amor, la fuerza, el ardor de su caridad».

Sobre la responsabilidad actual, después de la reflexión de la vida salesiana a la luz del Concilio, se expresa así el Rector Mayor Don Egidio Viganò: «Mi convicción es que no hay ninguna expresión sintética que califique mejor el espíritu salesiano que esta elección del mismo Don Bosco: “Da mihi animas, cetera tolle”. Indica una ardiente unión con Dios que nos hace penetrar en el misterio de su vida trinitaria manifestada históricamente en las misiones del Hijo y del Espíritu como Amor infinito ad hominum salutem intentus».[27]

¿De dónde viene y qué significado preciso puede tener hoy esta expresión o lema? Digo hoy, cuando la palabra alma no expresa y no sugiere lo que evocaba en épocas anteriores.

Este lema de Don Bosco se encuentra en el Génesis (14,21). Cuatro reyes aliados luchan contra otros cinco, entre los que está el de Sodoma. Durante el saqueo de la ciudad cae prisionero también Lot, sobrino de Abraham, con su familia. Se le comunica a Abraham. Parte con su tribu, después de haber armado a sus hombres. Derrota a los saqueadores, recupera el botín y rescata a las personas. Entonces el rey de Sodoma, agradecido, le dice: «Dame a las personas, el resto, para ti». La presencia de Melquisedec, sacerdote cuyo origen se desconoce, da un sentido religioso especial y mesiánico al pasaje, sobre todo por la bendición que pronuncia sobre Abraham. Se trata por tanto de una situación todo menos “espiritual”. En la petición del rey hay, sin embargo, una neta distinción entre las “personas” y ”lo demás”, las cosas.

Don Bosco da a la expresión una interpretación personal dentro de la visión religioso-cultural de su siglo. Alma indica la dimensión espiritual del hombre, centro de su libertad y razón de su dignidad, espacio de su apertura a Dios. La expresión del Gen 14,21 asume en él características propias, desde el momento en que del texto bíblico hace una lectura acomodaticia, alegórica, jaculatoria, eucológica: almas son los hombres de su tiempo, son los muchachos concretos con los que debe bregar; cetera tolle significa el desprendimiento de las cosas y criaturas, un desprendimiento que en él no es traducible en el sentido de aniquilamiento de sí, de aniquilamiento en Dios, como por ejemplo en los teólogos contemplativos o místicos; en él el desprendimiento es un estado de ánimo necesario para la más absoluta libertad y disponibilidad a las exigencias del mismo apostolado.

El cruce de los dos significados, el bíblico y el que le da Don Bosco, cercano a nuestra cultura marca opciones muy concretas.

En primer lugar la caridad pastoral toma en consideración a la persona y se interesa por toda la persona; primero y sobre todo interesa la persona para desarrollar sus recursos. Dar «cosas» viene después; prestar un servicio está en función del crecimiento de la conciencia y del sentido de la propia dignidad.

Además la caridad que mira sobre todo a la persona está guiada por una visión de la misma. La persona no vive solo de pan; tiene necesidades inmediatas, pero también infinitas aspiraciones. Desea bienes materiales, pero también valores espirituales. Según la expresión de san Agustín «está hecha para Dios, sedienta de él». Por eso la salvación que busca la caridad pastoral y ofrece es la plena y definitiva. Todo lo demás se subordina a ella: la beneficencia, a la educación; esta, a la iniciación religiosa; la iniciación religiosa, a la vida de gracia y a la comunión con Dios.

En otras palabras se puede decir que en nuestra educación o promoción damos el primado a la dimensión religiosa. No por proselitismo, sino porque estamos convencidos de que constituye la fuente más profunda del crecimiento de la persona. En un tiempo de secularismo, esta orientación no es fácil de realizar.

La máxima «da mihi animas» contiene también una indicación de método: en la formación o regeneración de la persona hay que reforzar y reavivar sus energías espirituales, su conciencia moral, su apertura a Dios, el pensamiento de su destino eterno. La pedagogía de Don Bosco es una pedagogía del alma, de lo sobrenatural. Cuando se llega a tocar este punto empieza el verdadero trabajo de educación. Lo demás es propedéutico o preparatorio.

Don Bosco lo afirma con claridad en la biografía de Miguel Magone. Este pasa de la calle al Oratorio. Se siente contento y es, humanamente hablando, un buen muchacho: es espontáneo y sincero, juega, estudia, se hace con amigos. Le falta una cosa: entender la vida de gracia, la relación con Dios y emprenderla. Es religiosamente ignorante o distraído. Tiene una crisis de llanto cuando se compara con los compañeros y nota que le falta eso. Entonces Don Bosco habla con él. Desde aquel momento comienza el camino educativo descrito en la biografía: desde la conciencia y la apropiación de su dimensión personal religioso-cristiana.

Hay, pues, una ascesis para el que está movido por la caridad pastoral: “Cetera tolle”, «Deja todo lo demás». Se debe renunciar a muchas cosas para salvar la realidad principal; se pueden confiar a otros y hasta dejar aparte muchas actividades con tal de tener tiempo y disponibilidad para abrir a los jóvenes a Dios. Y esto no solo en la vida personal sino también en los programas y en las obras apostólicas.

«Quien recorre la vida de Don Bosco, siguiendo sus esquemas mentales y explorando las características de su pensamiento, encuentra una matriz: la salvación está en la Iglesia católica, única depositaria de los medios salvíficos. Él siente como las voces de la juventud descarriada, pobre y abandonada, suscitan en él la urgencia educativa de promover la inserción de esos jóvenes en el mundo y en la Iglesia mediante métodos de dulzura y caridad; pero con una tensión que tiene su origen en el deseo de la salvación eterna del joven».[28]

2.4. Síntesis del recorrido hecho

Como síntesis recogemos las ideas fundamentales de nuestra reflexión.

• La nuestra es una espiritualidad apostólica: se expresa y crece en el trabajo pastoral.

• El apostolado se convierte en una auténtica experiencia espiritual, y no en consumo de energías, tensión y agotamiento, si tiene como alma la caridad; ésta da facilidad, confianza, alegría en el trabajo pastoral.

• La caridad realiza la unidad en nuestra vida personal; compone las tensiones que surgen entre acción y oración, entre vida comunitaria y tarea apostólica, entre educación y evangelización, entre profesionalidad y apostolado.

• Todo el trabajo de nuestra vida spiritual consiste en reavivar la caridad pastoral, purificarla, intensificarla: «ama et fac quod vis».

3. Espiritualidad salesiana para todas las vocaciones

Si es verdad que la espiritualidad cristiana tiene elementos comunes y válidos para todas las vocaciones, es también verdad que se vive con diferencias peculiares y especificidades según el propio estado de vida: el ministerio presbiteral, la vida consagrada, los fieles laicos, la familia, los jóvenes, los ancianos… tienen un modo típico propio de vivir la experiencia espiritual. Lo mismo vale para la espiritualidad salesiana.

3.1. Espiritualidad común para todos los grupos de la Familia Salesiana

Hay elementos de espiritualidad comunes para todos los grupos de la Familia Salesiana; todos se inspiran en Don Bosco, que es el fundador de los Salesianos, Hijas de María Auxiliadora junto a Madre Mazzarello, Salesianos Cooperadores y Asociación de María Auxiliadora; para los otros grupos los elementos se refieren a sus propios fundadores. Esos elementos se analizan en la Carta de identidad de la Familia Salesiana, que debe conocerse y profundizar, porque constituye la referencia para nuestra espiritualidad de comunión y para nuestra formación en la comunión.

Los rasgos característicos y reconocidos por todos sus grupos están presentes sobre todo en la tercera parte de la «Carta de identidad». Se refieren a nuestra vida de relación trinitaria, la mirada a Don Bosco, la comunión para la misión, la espiritualidad de lo cotidiano, la contemplación operativa según el ejemplo de don Bosco, la caridad apostólica dinámica, la gracia de unidad, la predilección por los jóvenes y la clase popular, el cariño, el optimismo y la alegría, el trabajo y la templanza, la iniciativa y la ductilidad, el espíritu de oración, la entrega a María Auxiliadora.

No olvidemos que el Sistema Preventivo es una expresión y traducción concreta de esta espiritualidad común. Está enlazado con el alma, las actitudes y las opciones evangélicas de Don Bosco. La «genialidad» de su espíritu se vincula con la actuación del Sistema Preventivo. Un sistema logrado que es modelo e inspiración para cuantos están implicados en la educación en los diferentes continentes, en mundos multiculturales y pluri-religiosos. Un modelo que exige a todos una continua reflexión para favorecer cada vez más la centralidad de los jóvenes como destinatarios y protagonistas de la misión salesiana.

3.2. Espiritualidad propia de cada grupo de la Familia Salesiana

Por otra parte cada grupo de la Familia Salesiana tiene elementos espirituales propios. Legítimamente, por su origen y por su desarrollo, los distintos grupos tienen una historia característica y aspectos de la espiritualidad común que han manifestado de modo peculiar u otros que son originales. Tales elementos son la diferencia específica de cada grupo; deben conocerse y constituyen una riqueza para toda la misma Familia.

La variedad es un don del Espíritu, que no ama la uniformidad y la homologación; pero las diferencias y la especificidad no deben convertirse en pretexto para divisiones o contraposiciones, sino que deben enriquecer a todos y converger hacia la unidad, que es precisamente la comunión que se debe acoger como don y vivirse como compromiso. Estos elementos propios están presentes y especificados sobre todo en las Reglas de vida, pero también en las tradiciones de los diversos grupos.

3.3. Espiritualidad juvenil salesiana

A lo largo del tiempo se ha desplegado también una espiritualidad juvenil salesiana. Pensemos, además de las tres biografías de los jóvenes Miguel Magone, Domingo Savio y Francisco Besucco, escritas por Don Bosco, en las páginas que dirige a través del Joven instruido a los mismos jóvenes, en las Compañías queridas por Don Bosco como momento de protagonismo espiritual y apostólico de los mismos jóvenes, etc.

Sería interesante conocer la evolución de la espiritualidad juvenil salesiana en nuestra historia y tradición, hasta llegar a nuestros días, cuando se ha hecho una formulación acreditada propia y se ha difundido entre los jóvenes también a través del Movimiento Juvenil Salesiano. La espiritualidad es la base del Movimiento Juvenil Salesiano, que crece con la implicación de los mismos jóvenes y que requeriría la aportación de animación por parte de los distintos grupos de la Familia Salesiana. El Movimiento Juvenil Salesiano es, en efecto, una oportunidad, un don y un compromiso para todos los grupos de nuestra Familia.

La espiritualidad juvenil salesiana es una espiritualidad adecuada a los jóvenes; se vive con y para los jóvenes, pensada y realizada dentro de las experiencia del joven. Trata de reproducir una imagen de joven cristiano que se pueda proponer hoy al que está dentro de nuestro tiempo y vive la condición juvenil actual; se dirige a todos los jóvenes porque está hecha con las medidas de los «más pobres», pero al mismo tiempo es capaz de señalar metas a los que progresan más; quiere también del joven el protagonista de propuestas para los coetáneos y para su mundo.

Una espiritualidad de la vita cotidiana como lugar del encuentro con Dios

La espiritualidad juvenil salesiana considera la vida diaria como lugar de encuentro con Dios. Como base de esta valoración positiva de lo cotidiano y de la vida está la fe y la comprensión de la Encarnación. Esta espiritualidad se deja guiar por el misterio de Dios que con su Encarnación, Muerte y Resurrección afirma su presencia en toda la realidad humana como presencia de salvación.

Lo cotidiano del joven está hecho de deber, relación social, juego, tensión de crecimiento, vida de familia, desarrollo de las propias capacidades, perspectivas de futuro, demandas de intervención, aspiraciones. Esta realidad debe asumirse, profundizarse y vivirse a la luz de Dios. Según Don Bosco para hacerse santo basta hacer bien lo que se debe hacer. Considera la fidelidad al deber en su cotidianidad como criterio de verificación de la virtud y como signo de madurez espiritual.

Para que la vida cotidiana pueda vivirse como espiritualidad, es necesaria la gracia de unidad que ayuda a armonizar las diferentes dimensiones de la vida en torno a un corazón habitado por el Espíritu santo. Esa gracia hace posible la conversión y la purificación; por medio de la fuerza del sacramento de la Reconciliación hace que el joven mantenga libre el corazón, abierto a Dios y entregado a los hermanos.

Entre las actitudes y experiencias de lo cotidiano para vivir con profundidad en el Espíritu pueden considerarse: la vida de la propia familia; el amor al propio trabajo o estudio, el crecimiento cultural y la experiencia escolar; la necesidad de conjugar las «experiencias fuertes» con los «caminos ordinarios de la vida»; la visión positiva y reflexiva frente al propio tempo; la acogida responsable de la propia vida y del propio camino espiritual de crecimiento en el esfuerzo de cada día; la capacidad de orientar la propia vida según un proyecto vocacional.

Una espiritualidad pascual de la alegría y el optimismo

¡La verdad decisiva de la fe cristiana es que el Señor ha resucitado verdaderamente! Por eso la vida definitiva con Dios es nuestra meta última y es también nuestra meta ya desde ahora porque se ha hecho realidad en el cuerpo de Jesucristo. La espiritualidad juvenil salesiana es pascual y se deja invadir por este significado escatológico.

La tendencia más radicada en el corazón del joven es el deseo y la búsqueda de la felicidad. La alegría es la expresión más noble de la felicidad y, unida a la fiesta y a la esperanza, es característica de la espiritualidad salesiana. La fe cristiana es un anuncio de felicidad radical, promesa y entrega de «vida eterna». Pero estas realidades no son una conquista, sino un don que nos muestra que Dios es la fuente de la verdadera alegría y de la esperanza. Sin excluir su valor pedagógico, la alegría tiene ante todo un valor teológico; Don Bosco ve en ella una imprescindible manifestación de la vida de gracia.

Don Bosco entendió e hizo entender a sus jóvenes que compromiso y alegría van juntos, que la santidad y la alegría son un binomio inseparable. Don Bosco es el santo de la alegría de vivir. Sus jóvenes aprendieron tan bien la lección de vida que afirmaban, con lenguaje típicamente oratoriano, que la «santidad consiste en estar muy alegres». La espiritualidad juvenil salesiana propone un camino de santidad sencillo, alegre y sereno.

La valoración de la alegría como hecho espiritual, fuente de compromiso y su consecuencia, pide favorecer en los jóvenes algunas actitudes y experiencias: un intenso ambiente de participación; relaciones sinceramente amistosas y fraternas con la experiencia gozosa del afecto a las personas; las fiestas juveniles de expresión libre y los encuentros entre grupos; la admiración y el gusto por las alegrías que el Creador ha puesto en nuestro camino: la naturaleza, el silencio, las actividades realizadas conjuntamente; la alegría exigente del sacrificio y de la solidaridad; la gracia de poder vivir el sufrimiento bajo el signo y el consuelo de la Cruz de Cristo.

Una espiritualidad de la amistad y relación personal con el Señor Jesús

La espiritualidad juvenil salesiana quiere llevar al joven al encuentro con Jesucristo y hacer factible una relación de amistad y de confianza con Él, engendrando un vínculo vital y una adhesión fiel. Muchos jóvenes nutren un sincero deseo de conocer a Jesús e intentan responder a las preguntas sobre el sentido de su propia vida a las que, sin embargo, solo Dios sabe dar una verdadera respuesta.

Amigo, Maestro y Salvador son las expresiones que describen la centralidad de la persona de Jesús en la vida espiritual de los jóvenes. Es interesante recordar que a Jesús lo presenta Don Bosco como amigo de los jóvenes: «Los jóvenes son la delicia de Jesús» decía; como maestro de vida y de sabiduría; como modelo de todo cristiano; como redentor que entrega toda su vida en el amor hasta la muerte para la salvación; como presente en los pequeños y los pobres.

Para un camino de conformidad con Cristo hay algunas actitudes y experiencias que desarrollar: la participación de fe en la comunidad que vive de la memoria y de la presencia del Señor y lo celebra en los sacramentos de la iniciación cristiana; la pedagogía de la santidad que Don Bosco ha mostrado en la reconciliación con Dios y con los hermanos a través del sacramento de la Penitencia; el aprendizaje de la oración personal y comunitaria, momentos privilegiados para crecer en el amor y en la relación personal con Jesucristo; la profundización sistemática de la fe, iluminada por la lectura y la meditación de la Palabra de Dios.

Una espiritualidad de comunión eclesial

La experiencia y el conocimiento adecuados de la Iglesia es uno de los puntos de discernimiento de la espiritualidad cristiana. La Iglesia es comunión espiritual y comunidad que se hace visible a través de gestos y convergencias también concretas; es servicio a los hombres de los que no se separa como una secta que solo considera buenas las obras que llevan el signo de la propia pertenencia; es el lugar escogido y ofrecido por Cristo para poder encontrarlo. Él ha entregado a la Iglesia la Palabra, el Bautismo, Su Cuerpo y Su Sangre, la gracia del perdón de los pecados y los demás sacramentos, le experiencia de comunión y la fuerza del Espíritu que llevan a la caridad hacia los hermanos. La Familia de Don Bosco tiene entre sus tesoros de familia una rica tradición de fidelidad filial al Sucesor de Pedro, y de comunión y colaboración con las Iglesias locales.

Precisamente porque es eclesial, la espiritualidad juvenil salesiana es una espiritualidad mariana. María fue llamada por Dios Padre para que fuese, por gracia del Espíritu, madre del Verbo para después darlo al mundo. La Iglesia mira a María como ejemplo de fe; don Bosco también lo hizo y estamos todos llamados a hacerlo también nosotros en comunión con la Iglesia. Se la contempla como Madre de Dios y Madre nuestra; como Inmaculada, llena de gracia, totalmente disponible a Dios y modelo de santidad y de vida vivida con coherencia y totalidad; como Auxiliadora, ayuda de los cristianos en la gran batalla de la fe y de la construcción del Reino de Dios. Es la que protege y guía a la Iglesia. Por eso Don Bosco la considera la Virgen de los tiempos difíciles, fundamento y apoyo de la fe y de la Iglesia. En María Auxiliadora tenemos un modelo y una guía para nuestra acción educativa y apostólica.

Las actitudes y las experiencias que se deben fomentar son, pues: el ambiente concreto de la casa salesiana como lugar en el que se experimenta una imagen de Iglesia fresca, simpática, activa, capaz de responder a las expectativas de los jóvenes; los grupos y sobre todo la comunidad educativa, que une a los jóvenes y a los educadores en un ambiente de familia en torno a un proyecto de educación integral; la participación en la Iglesia local donde se reúnen todos los esfuerzos de fidelidad de los cristianos en una comunión visible y en un servicio perceptible en un territorio concreto; la estima y confianza hacia la Iglesia universal, percibida y vivida en la relación de amor hacia el Papa; el amor, la admiración, el culto y la imitación, de María Inmaculada y Auxiliadora, el conocimiento de los santos y las personalidades importantes del pensamiento y de las realizaciones cristianas en todos los campos.

Una espiritualidad del servicio responsable

La vida asumida como encuentro con Dios, el camino de identificación con Cristo, la Iglesia percibida como comunión y servicio donde cada uno tiene un lugar y donde se necesitan las dotes de todos, hacen que aparezcan y maduren en una convicción de que la vida lleva en sí una vocación de servicio. Don Bosco pedía a sus jóvenes que se hagan «buenos cristianos y honrados ciudadanos».

Don Bosco, joven y apóstol, percibió y vivió su existencia como vocación a partir del sueño de los nueve años. Él responde con corazón generoso a una invitación: meterse entre los jóvenes para salvarlos. Don Bosco invitaba a sus jóvenes a un «ejercicio práctico de amor al prójimo». La espiritualidad juvenil salesiana es una espiritualidad apostólica porque parte de la convicción de que estamos llamados a colaborar con Dios en su misión, respondiendo con entrega, fidelidad, confianza y disponibilidad total. A los jóvenes se les proponen, por tanto, las vocaciones apostólicas y las vocaciones de especial consagración.

El servicio responsable lleva consigo algunas actitudes y experiencias que deben favorecerse: abrirse a la realidad y al contacto humano; promover la dignidad de la persona y de sus derechos, en todos los contextos; vivir con generosidad en la familia y prepararse para formarla sobre las bases de una recíproca entrega; favorecer la solidaridad especialmente hacia los más pobres; realizar el propio trabajo con honradez y competencia profesional; promover la justicia, la paz y el bien común en la política; respetar la creación; favorecer la cultura; descubrir el proyecto de Dios en la propia vida; madurar gradualmente decisiones progresivas y coherentes, como servicio a la Iglesia y a los hombres; testimoniar la propia fe concretándola en algún ámbito como la animación educativa, pastoral y cultural, el voluntariado y el compromiso misionero; conocer y estar abiertos a las vocaciones de especial consagración.

3.4. Espiritualidad laical y familiar salesiana

Los grupos de la Familia Salesiana implican a numerosos laicos en su misión. Somos conscientes de que no puede haber una implicación plena, si no hay también una coparticipación del mismo espíritu. Comunicar la espiritualidad salesiana a los laicos corresponsables con nosotros en la acción educativa pastoral resulta un compromiso fundamental. Los Salesianos, así como otros grupos de la Familia Salesiana, han hecho un trabajo explícito de formulación de una espiritualidad laical salesiana en el Capítulo General XXIV[29]. Sin duda los grupos laicales de la Familia Salesiana, especialmente los Salesianos Cooperadores, los Antiguos Alumnos y Antiguas Alumnas, constituyen una fuente de inspiración para esa espiritualidad.

Habiendo quedado además más conscientes de que no puede haber pastoral juvenil sin pastoral familiar, nos estamos preguntando sobre qué espiritualidad familiar salesianadebemos trabajar y proponer. Hay experiencia de familias que se inspiran en Don Bosco. Aquí el camino está todavía en sus comienzos, pero es un camino que nos ayuda a desarrollar nuestra misión popular, además de la juvenil. Procede promover la pastoral familiar y por tanto compartir experiencias espirituales con las familias, con las parejas, con la preparación de los jóvenes para la familia.

4. Compromisos para la Familia Salesiana

4.1. Empeñémonos en profundizar cuál fue la experiencia espiritual de Don Bosco, su perfil espiritual, para descubrir al «Don Bosco místico»; así podremos imitarlo, viviendo una experiencia espiritual con identidad carismática. Sin apropiarnos de la experiencia espiritual vivida por Don Bosco, no podremos ser conscientes de nuestra identidad espiritual salesiana; solo así seremos discípulos y apóstoles del Señor Jesús, teniendo a Don Bosco como modelo y maestro de vida espiritual. La espiritualidad salesiana, reinterpretada y enriquecida con la experiencia espiritual de la Iglesia posterior al Concilio y con la reflexión de la teología espiritual de hoy, nos propone un camino espiritual que conduce a la santidad. Reconocemos que la espiritualidad salesiana es una verdadera y completa espiritualidad: ha bebido en la historia de la espiritualidad cristiana, sobre todo en san Francisco de Sales; tiene su fuente en la peculiaridad y originalidad de la experiencia de Don Bosco, se ha enriquecido con la experiencia eclesial y ha llegado a la relectura y a la síntesis madura de hoy.

4.2. Vivamos el centro y la síntesis de la espiritualidad salesiana, que es la caridad pastoral. Don Bosco la vivió como búsqueda de la «gloria de Dios y salvación de las almas» y se convirtió para él en oración y programa de vida en el “Da mihi animas, cetera tolle”. Es una caridad que necesita alimentarse con la oración y radicarse en ella, mirando al Corazón de Cristo, imitando al Buen Pastor, meditando la Sagrada Escritura, viviendo la Eucaristía, dando lugar a oración personal, asumiendo la mentalidad del servicio a los jóvenes. Es una caridad que se traduce y se hace visible en gestos concretos de cercanía, afecto, trabajo, entrega. Tomemos el Sistema Preventivo como experiencia espiritual y no solo como propuesta de evangelización y metodología pedagógica; él encuentra su fuente en la caridad de Dios «que previene a cada criatura con su Providencia, la acompaña con su presencia y la salva dando la vida»[30]; él nos dispone a acoger a Dios en los jóvenes y nos llama a servirlo en ellos, reconociendo su dignidad, renovando la confianza en sus recursos de bien y educándolos en la plenitud de vida.

4.3. Comunicamos la propuesta de la espiritualidad salesiana según la diversidad de las vocaciones especialmente a los jóvenes, a los laicos implicados en la misión de Don Bosco, a las familias. La espiritualidad salesiana necesita que se viva según la vocación que cada uno ha recibido de Dios. Reconocemos los rasgos espirituales comunes de los diversos grupos de la Familia Salesiana, indicados en la «Carta de identidad»; damos a conocer a los testigos de la santidad salesiana; invocamos la intercesión de nuestros Beatos, Venerables y Siervos de Dios y pedimos la gracia de su canonización. Ofrecemos a los jóvenes a los que acompañamos la espiritualidad juvenil salesiana. Proponemos la espiritualidad salesiana a los laicos comprometidos en compartir la misión de Don Bosco. Con atención a la pastoral familiar, indicamos a las familias una espiritualidad adaptada a su condición. Finalmente invitamos a la experiencia espiritual también a los jóvenes, laicos y familias de nuestras comunidades educativas pastorales o de nuestros grupos y asociaciones que pertenecen a otras religiones o que se encuentran en situación de indiferencia ante Dios; también para ellos es posible la experiencia espiritual como espacio para la interioridad, el silencio, el diálogo con la propia conciencia, la apertura a lo trascendente.

4.4. Leamos algunos textos de Don Bosco, que podemos considerar como fuentes de la espiritualidad salesiana. Ante todo os invito a volver a leer y actualizar el «sueño de los diez diamantes», que nos propone el rostro espiritual de cada uno de nosotros que nos inspiramos en Don Bosco. Os propongo además la recogida de escritos espirituales de Don Bosco, en los que aparece como un verdadero maestro de vida espiritual[31]. Podremos llegar así a páginas menos conocidas, pero que nos hablan con inmediatez de la vivencia espiritual salesiana.

5. Conclusión

Esta vez concluyo al comentario del aguinaldo no con una fábula, sino con el testimonio y el mensaje que nos ha dejado don Pascual Liberatore, durante años Postulador de las Causas de nuestros Santos y santo él mismo, en su pequeño poema titulado «Los Santos».

Se trata de un pequeño y personal «credo», que recoge todo lo que es la espiritualidad salesiana, que se puede ver concretada en su autenticidad y validez en los riquísimos y diversísimos frutos de santidad de la Familia Salesiana, comenzando por nuestro amado fundador y padre Don Bosco. Hemos encontrado este poema en su despacho el día de su Pascua. En él teje el elogio de los Santos y usa una variedad de imágenes, cuya belleza nosotros descubrimos con placer. Leyendo este poema podemos tocar la delicada y fina sensibilidad humana y espiritual de nuestros santos y sentir su anhelo de plenitud de vida, amor y felicidad en Dios; notemos su fuerza interior y su experiencia espiritual, que nosotros mismos estamos llamados a vivir y a saber proponer de forma apasionada y convincente a los demás, especialmente a los jóvenes.

Mi primera carta como Rector Mayor se titulaba «Salesianos, ¡sed santos!», una carta que consideraba programática para mi Rectorado. Y me alegro de que mi último escrito como sucesor de Don Bosco sea una invitación encendida a beber en su espiritualidad. Aquí se encuentra todo lo que yo querría vivir y proponeros a todos vosotros, queridos miembros de la Familia Salesiana y jóvenes.

LOS SANTOS

«Ellos serán como estrellas en el cielo: brillarán como el firmamento»

Visibles a millares

como las estrellas a simple vista,
pero incomparablemente más numerosos
en el telescopio que llega también a los que no tienen aureola.

Volcanes incandescentes,

casi brechas
en el misterio del Fuego Trinitario.

Venturosos romances

escritos por el Espíritu Santo
donde la sorpresa es la norma.

Existencia del género literario más variado
pero siempre fascinante:

con el estilo de un drama con el sabor de una fábula

Clásicos con la sintaxis de las Bienaventuranzas,

siempre convincentes
gracias a su gozosa existencia.

Cosmonautas del espacio

a los que se deben los más audaces descubrimientos,
posibles solo para quien se aleja tanto de la tierra.

Gigantes tan diferentes de nosotros

como lo es siempre el genio,
y aun así conciudadanos con nuestra misma estofa.

Sujetos a errores y fracasos,

pero hombres siempre de excepción:
no se les debe desdeñar con la excusa de sentirlos como compañeros de viaje.

Signos de la absoluta gratuidad de Dios

que enriquece y eleva
según los misteriosos criterios de Su liberalidad.

Tienen como residencia una paz inalterable

por encima de los comunes conflictos humanos
y, no obstante, siempre insatisfechos porque no cesan de tender al más.

En órbita en torno a lo esencial

ellos,
los profetas de lo absoluto.

Grandes artistas

en el taller de lo Bello
ante el que queda en éxtasis el corazón humano.

Hombres y mujeres logrados,

testigos de la secreta armonía
entre naturaleza y gracia.

Locos de Dios,

enamorados hasta el punto
de editar un vocabulario desconcertante.

Los más lejanos, por instinto, de todo género de culpa

y los más cercanos, siempre,
a todas las categorías de culpables.

Plateas en las que lo divino representa

y humildes espectadores ellos mismos,
gracias a una despiadada conciencia de su nada.

Empeñados en un continuo esconderse

y no obstante inevitablemente luminosos,
como ciudades puestas sobre el monte.

Portadores de mensajes eternos

más allá del tiempo,
del progreso, de las culturas, de las razas.

Palabras de fuego

que el Señor pronuncia para sacudir nuestra indolencia,
golpecitos que el Maestro Divino da en el pupitre, para despertarnos
a nosotros, alumnos distraídos.

Milagros vivientes

ante los que no es necesario ser expertos
para aceptar lo extraordinario del Evangelio vivido sin glosa.

Heroicamente arrancados de lo humano

ellos, especialistas en superlativo
de matices humanos.

Verdaderos maestros de psicología

que por el camino del amor
llegan a los pliegues más recónditos del corazón humano.

Capaces de hacer vibrar nuestras mejores raíces,

y pulsando las cuerdas de resonancia antigua
infunden nostalgia de futuro.

Como las estrellas del cielo:

tan diferentes entre sí
y, en el fondo, encendidas por un mismo fuego.

Pascual Chávez Villanueva

Rector Mayor


[1] Nigg Walter, Don Bosco. Un santo per il nostro tempo, Turín, LDC, 1980, 75.103.[2] Cfr. Bosco Giovanni, Piano di regolamento per l’Oratorio maschile di San Francesco di Sales in Torino nella regione Valdocco. Introduzione, en P. Braido (ed.), Don Bosco Educatore. Scritti e Testimonianze. Roma, LAS 1997, 111.

[3]Ibi, 108-109.

[4] Ruffino Domenico, Cronache dell’Oratorio di San Francesco di Sales, núm. 2, 1861, 8-9.42.

[5] Barberis Giovanni, Cronichetta, cuad. 4, 52.

[6]  Bosco Giovanni, Costituzioni  della società di San Francesco di Sales [1858]–1875. Textos críticos, Francesco Motto (ed.), Roma LAS 1982, 70-71.

[7]  Ibi, 82.

[8]Epistolario, ed. Motto, vol. I, 406.

[9]  Epistolario, ed. Ceria, vol. III, 544.

[10]  Epistolario, ed. Motto, II, 386.

[11] Motto Francesco, Ricordi e riflessi di una educazione ricevuta, en «Ricerche Storiche Salesiane», 11 (1987) 365.

[12] Motto Francesco, Verso una storia di Don Bosco più documentata e più sicura, en «Ricerche Storiche Salesiane» 41 (2002) 250-251.

[13] BS 8 (1884) núm. 6, 89-90.

[14]   Const. SDB 21

[15]   Ibi.

[16]   Const.  SDB 10; Const. FMA 80.

[17]   Cfr. San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, vol II, libro X, cap. 1

[18]MBe XV, 166 y ss. (todo el famoso «Sueño»).

[19]Const. SDB, 196.

[20]LG 41

[21] Cfr. Jn 10

[22] Bosco Juan, Vida del jovencito Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, en Vidas de jóvenes. Las biografías de Domingo Savio, Miguel Magone y Francisco Besucco, con introducción y notas históricas de Aldo Giraudo. Madrid 2012, Editorial CCS, cap. VIII, 71.

[23] Cfr. Oración de la Liturgia en la solemnidad de san Juan Bosco.

[24]MBe VII, 527.

[25]MBe V, 21.

[26] Brocardo Pietro, Don Bosco profundamente hombre, profundamente santo, Madrid, Editorial CCS, 32013, 126..

[27]Ibi, 85.

[28] Stella Pietro, Don Bosco nella storia della religiosità cattolica, vol. II, Zurich, PAS Verlag, Zurich, 13.

[29]  CG24, Salesianos y  seglares: compartir el espíritu y la misión de Don Bosco, Madrid, Editorial CCS 1996, núms. 89-100.

[30]Const. SDB 20.

[31] Bosco, San Giovanni. Insegnamenti di vita spirituale. Un’antologia. Coordinado por Aldo Giraudo, LAS – Roma 2013.

 


Aguinaldo del Rector Mayor 2014 (I)

abril 12, 2014
Aguinaldo 2014

“Da mihi animas, cetera tolle”
Acudamos a la experiencia espiritual de Don Bosco, para caminar en santidad según nuestra vocación específica, “La gloria de Dios y la salvación de las almas”
 . 

Presentación del Aguinaldo

 

Queridos hermanos y hermanas de la Familia Salesiana:

Tras dedicar el primero de los tres años de preparación al Bicentenario del nacimiento de Don Bosco a conocer su figura histórica y el segundo a captar en él los rasgos fisionómicos del educador y actualizar su práctica educativa, en este tercer y último año queremos ir a la fuente de su carisma,  basándonos en su espiritualidad.

La espiritualidad cristiana está centrada en la caridad, que es la vida misma de Dios, que en su realidad más profunda es Agape, Caridad, Amor. La espiritualidad salesiana no es diversa de la espiritualidad cristiana; también se centra en la caridad, en este caso en la “caridad pastoral”, o sea en aquella caridad que nos impulsa a buscar “la gloria de Dios y la salvación de las almas”:  “caritas Christi urget nos“.

Como todos los grandes santos fundadores, Don Bosco vivió la vida cristiana con una ardiente caridad y ha contemplado al Señor Jesús desde una perspectiva particular, la del carisma que Dios le confió, es decir, la misión juvenil. La “caridad salesiana” es caridad pastoral, porque busca la salvación de las almas, y es caridad educativa, porque encuentra en la educación el recurso que le permite ayudar a los jóvenes a desarrollar todas sus energías para el bien; de esta manera los jóvenes pueden crecer como honestos ciudadanos, buenos cristianos y futuros habitantes del cielo.

Os invito, por tanto, queridos hermanos y hermanas, miembros de la Familia Salesiana, a acudir a las fuentes de la espiritualidad de Don Bosco, es decir, a su caridad educativa pastoral que tiene su modelo en Cristo, Buen Pastor y encuentra su oración y su programa de vida en el lema de Don Bosco “Da mihi animas, cetera tolle”. Podemos encontrar así a un “Don Bosco místico”, cuya experiencia espiritual es la base de nuestro modo de vivir hoy la espiritualidad salesiana, en la diversidad de vocaciones que en él se inspiran.

***
Conocer la vida de Don Bosco y su pedagogía no quiere decir entender el secreto más profundo y la razón última de su sorprendente actualidad. El conocimiento de los aspectos de la vida de Don Bosco, de sus actividades y de su método educativo, no basta. En la base de todo esto, como fuente de la fecundidad de su acción y de su actualidad, hay algo que a menudo se nos escapa a nosotros, sus hijos e hijas: la profunda vida interior, lo que podríamos llamar su “familiaridad” con Dios. Quién sabe si no es precisamente esto lo mejor que tenemos de él  para poderlo invocar,  imitar, seguir para encontrar a Cristo y darlo a conocer a los jóvenes.
Hoy se podría trazar el perfil espiritual de Don Bosco, a partir de las impresiones expresadas por sus primeros colaboradores, pasando  luego al libro escrito por Don Eugenio Ceria, “Don Bosco con Dios”, que fue el primer intento de síntesis a un nivel divulgativo de su  espiritualidad, consultando luego las distintas interpretaciones de la experiencia espiritual de Don Bosco hechas por sus sucesores, para llegar finalmente a un punto de inflexión en el estudio de la forma de vivir la fe y la religión del mismo Don Bosco.

Estos últimos estudios se adhieren con mayor fidelidad a las fuentes, abiertas a la consideración de las varias visiones espirituales que han influido en Don Bosco o que han tenido contacto con él (San Francisco de Sales, San Ignacio, San Alfonso María de Ligorio, San Vicente de Paúl, San Felipe Neri, …), dispuestas a reconocer que la suya ha sido en realidad una experiencia original y genial. Sería interesante, en este punto, tener un nuevo perfil espiritual de Don Bosco, o sea una nueva hagiografía tal como la entiende  la teología espiritual de hoy.
El Don Bosco “hombre espiritual” ha interesado a Walter Nigg, pastor luterano y profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de Zurich, quien escribió: “Presentar su figura prescindiendo del hecho de que nos encontramos ante un santo sería como presentar una verdad a medias. La categoría del santo debe tener prioridad sobre la de educador. Cualquier otra clasificación distorsionaría la jerarquía de valores. Por otra parte el santo es el hombre en el que lo natural limita con lo sobrenatural y lo sobrenatural está presente en Don Bosco en notable medida […] Para nosotros no hay duda: el verdadero santo de la Italia moderna es Don Bosco “[1].
En los mismos años ochenta del siglo pasado, la opinión era compartida por el teólogo P. Dominique Chenu o. p.; al ser consultado por un periodista que le pedía le mostrara algunos santos portadores de un mensaje de actualidad para los nuevos tiempos, contestó: “me gusta recordar, en primer lugar, al hombre que ha anticipado el Concilio en un siglo, Don Bosco. El es ya, proféticamente, un modelo de santidad por su obra que rompe con una manera de pensar y de creer de sus contemporáneos. ”

En toda época y contexto cultural hay que responder a las siguientes preguntas:
– ¿Qué ha recibido Don Bosco del ambiente en que vivió? ¿en qué medida es deudor al contexto, a la familia, la escuela, la iglesia, la mentalidad de su época?
– ¿Cómo ha reaccionado y qué ha dado a su tiempo y su ambiente?
– ¿Cómo ha influido en lo sucesivo?
– ¿Como lo han visto sus contemporáneos: los salesianos, el pueblo, la iglesia, los laicos?
-¿Cómo lo han comprendido las sucesivas generaciones?
– ¿Qué aspectos de su santidad nos parecen hoy las más interesantes?
– ¿Cómo traducir hoy, sin copiar, la forma en que Don Bosco interpretó en su tiempo el Evangelio de Cristo?

Estas son las preguntas  a las que debería  contestar una nueva hagiografía de Don Bosco. No se trata de alcanzar la identificación de un perfil de Don Bosco definitivo  y válido para siempre, sino de evidenciar uno adecuado a nuestro tiempo. Es evidente que de cada santo se subrayan los aspectos que interesan por su actualidad y se relegan los que no se estiman necesarios en su propio momento histórico o se consideran  irrelevantes para caracterizar su figura.

Los santos son una respuesta a las necesidades espirituales de una generación,  ilustración eminente de lo que los cristianos de una época entienden por santidad. Es evidente que la deseada imitación de un santo sólo puede ser “proporcional” a la referencia absoluta que es Jesús de Nazaret, porque todo cristiano, en su situación concreta,  está llamado a encarnar a su manera la universal figura de Jesús sin, por supuesto, agotarla. Los santos ofrecen un camino concreto y válido para esta identificación con el Señor Jesús. En el comentario al Aguinaldo que voy a proponer a la Familia Salesiana,  estos serán los tres contenidos fundamentales que desarrollaré. Al final de ellos ofreceré algunos compromisos concretos que anticipo ya aquí en su totalidad.

1. La experiencia espiritual de Don Bosco

La espiritualidad es una forma característica de sentir la santidad cristiana y de tender a ella; es una forma particular de ordenar la propia vida a la adquisición de la perfección cristiana y a la participación de un especial carisma. En otras palabras, la vida cristiana es una acción conjunta con Dios  que presupone la fe.

La espiritualidad salesiana se compone de varios elementos: es una forma de vida, oración,  trabajo,  relaciones interpersonales, una forma de vida comunitaria, una misión educativa pastoral de la educación basada en un patrimonio pedagógico, una metodología de formación, un conjunto de valores y actitudes característicos; una atención especial a la Iglesia y a la sociedad a través de áreas específicas de compromiso, un legado histórico de documentación y escritos, un lenguaje característico, un conjunto típico de estructuras y obras, un calendario con sus propias fiestas y celebraciones; …

El punto de partida de la experiencia espiritual de Don Bosco es “la gloria de Dios y la salvación de las almas”, que fue formulada por él en su programa de vida “da mihi animas, cetera tolle”. La raíz profunda de esta experiencia es la unión con Dios, como expresión de  vida teologal que crece con la fe, la esperanza y la caridad y el espíritu de la verdadera piedad. Esta experiencia se traduce en acciones visibles, la fe sin obras está muerta y sin fe las obras están vacías. Por último, tiene como punto de llegada la santidad: la santidad es posible a todos, depende de nuestra cooperación a la gracia, a todos se les  da la gracia para ella.

Nuestra espiritualidad corre el riesgo de desaparecer porque los tiempos han cambiado y por- que a veces la vivimos superficialmente. Para actualizarla debemos partir  de nuevo de Don Bosco, de su experiencia espiritual y del sistema preventivo. Los clérigos de la época de Don Bosco veían lo que iba mal y no querían ser religiosos, pero estaban encantados con él. Los jóvenes necesitan “testigos”, como escribió Pablo VI. Se necesitan “hombres espirituales”, hombres de fe, sensibles a las cosas de Dios y dispuestos a la obediencia religiosa en busca de lo mejor. No es la novedad lo que nos hace libres, sino la verdad, y la verdad no puede ser  moda, superficialidad, improvisación: “veritas liberabit vos.”

2. Centro y  síntesis de la espiritualidad salesiana: la caridad pastoral

Una expresión de San Francisco de Sales dice: “La persona es la perfección del universo, el amor es la perfección de la persona, la caridad es la perfección del amor.”[2] Es una visión universal que pone en orden ascendente cuatro modos de la escala de la existencia: ser, ser persona, el amor como una forma superior a cualquier otra expresión, la caridad como la máxima expresión del amor.

La caridad es el centro de toda espiritualidad cristiana: no sólo es el primer mandamiento, sino que también la fuente de energía para seguir adelante. El fuego de la caridad en nosotros es un misterio y una gracia,  no proviene de la iniciativa humana, sino que es una participación en la vida divina y un efecto de la presencia del Espíritu. No podríamos amar a Dios si Él no nos hubiera amado primero, haciéndonos sentir y dándonos el gusto y el deseo, la inteligencia y la voluntad para responder. No podríamos ni siquiera amar al prójimo y ver en él la imagen de Dios, si no tuviésemos la experiencia personal del amor de Dios.

La caridad pastoral es una expresión de la caridad, que tiene muchas manifestaciones: el amor de una madre, el amor conyugal, la compasión, la misericordia, el perdón, … Nos indica una forma específica de caridad. Recuerda la figura de Jesús, el Buen Pastor, no sólo por la forma de su acción: la bondad, la búsqueda del que se ha perdido, diálogo, perdón, sino también y sobre todo para la esencia de su ministerio: revelar a Dios a cada hombre y mujer. Es más que evidente la diferencia con otras formas de la caridad que dirigen su atención preferente a  necesidades específicas de la persona: salud, alimentación, trabajo. El elemento típico de la caridad pastoral es la proclamación del Evangelio, la educación a la fe, la formación de la comunidad cristiana, la saturación evangélica del ambiente.

La caridad pastoral salesiana tiene además una característica propia, documentada también al comienzo de nuestra historia: “En la noche del 26 de enero 1854 nos reunimos en la habitación de Don Bosco y se nos propuso hacer con la ayuda del Señor y de San Francisco una prueba de ejercicio práctico de la caridad hacia el prójimo, … Desde entonces se les ha dado el nombre de salesianos a los que se propusieron o se propondrán este ejercicio”[3]. La caridad pastoral es el centro y síntesis de nuestra espiritualidad, que tiene su punto de partida en la experiencia espiritual del mismo Don Bosco y en su preocupación por las almas. Después de Don Bosco, sus sucesores han reafirmado la misma convicción, es interesante que todos se hayan apresurado a reafirmarla con una convergencia que no deja lugar a dudas. Está expresada en el lema “da mihi animas, cetera tolle”.

3. Espiritualidad salesiana para todas las vocaciones

Si bien es cierto que la espiritualidad cristiana tiene elementos comunes y válidos para todas las vocaciones, es cierto también que se vive con diferencias particulares y una especificidad en función del propio estado de vida: el ministerio presbiteral, la vida consagrada, los fieles laicos, la familia, los jóvenes, los ancianos, … tienen su manera típica de vivir la experiencia espiritual. Lo mismo vale para la espiritualidad salesiana.

En la  “Carta de identidad de la Familia Salesiana” se han identificado los rasgos espirituales característicos de todos sus grupos, esto se detecta sobre todo en la tercera parte de este documento. Por otro lado, los diversos grupos legítimamente, por su origen y su desarrollo, tienen historias y características espirituales propias, que han de ser conocidas y son un tesoro para toda la familia.

Con el tiempo se ha desarrollado también una espiritualidad juvenil salesiana. Pensemos, además de las tres biografías de los jóvenes Miguel Magone, Domingo Savio y Francisco Besucco escritas por Don Bosco, en las páginas que dirige a través del “Joven cristiano” a los propios jóvenes, a las Compañías, … Sería interesante conocer el desarrollo de la espiritualidad juvenil salesiana en el tiempo, hasta llegar a la década de los noventa, cuando se ha dado también una formulación autorizada de esta espiritualidad a través del Movimiento Juvenil Salesiano. Hay que profundizar el qué y el cómo proponer a jóvenes no creyentes, indiferentes o pertenecientes a otras religiones, los elementos de la espiritualidad juvenil salesiana.
Los grupos de la Familia Salesiana implican a muchos laicos en su misión. Somos conscientes de que no puede haber una plena participación, a menos que se comparta también el mismo espíritu. Comunicar la espiritualidad salesiana a laicos  corresponsables que comparten con nosotros la pastoral educativa se ha convertido en una preocupación fundamental. Los salesianos, así como otros grupos de la Familia Salesiana, han realizado un trabajo explícito  de formulación de una espiritualidad laical salesiana en el Capítulo General XXIV[4]. Ciertamente los grupos laicales de la Familia Salesiana constituyen una fuente de inspiración para esta espiritualidad.

Tras habernos vuelto más conscientes de que no puede haber una pastoral juvenil sin pastoral familiar, nos estamos preguntando qué espiritualidad familiar salesiana hemos de elaborar y proponer. Tenemos experiencia de familias que se inspiran en Don Bosco. Aquí el camino está todavía en su inicio, pero es un camino que nos ayuda a desarrollar nuestra misión popular, además de juvenil.

4. Compromisos para la Familia Salesiana

4.1. Comprometámonos a profundizar en lo que fue la experiencia espiritual de Don Bosco, su perfil espiritual, para descubrir al “Don Bosco místico” para que podamos imitarlo, viviendo una experiencia espiritual con identidad carismática. Sin apropiarnos la experiencia espiritual vivida por Don Bosco, no podemos ser conscientes de nuestra identidad espiritual salesiana, sólo entonces seremos discípulos y apóstoles del Señor Jesús, teniendo a Don Bosco como modelo y maestro de vida espiritual. La espiritualidad salesiana, reinterpretada y enriquecida con la experiencia espiritual de la Iglesia postconciliar y la reflexión de la teología espiritual de hoy, nos propone un camino espiritual que conduce a la santidad. Reconocemos que la espiritualidad salesiana es una espiritualidad verdadera y completa: se ha basado en la historia de la espiritualidad cristiana, sobre todo en San Francisco de Sales, tiene su fuente en la peculiar y original experiencia de Don Bosco, se ha enriquecido con la experiencia  eclesial  y ha llegado a la lectura y a la síntesis madura actual.

4.2. Vivimos el centro y la síntesis de la espiritualidad salesiana, que es la caridad pastoral. Fue experimentada por Don Bosco como la búsqueda de “la gloria de Dios y la salvación de las almas” y fue convertida por él en oración y programa de vida en el “da mihi animas, cetera tolle”.  Es una caridad que necesita alimentarse de la oración y basarse en ella, mirando al Corazón de Cristo, imitando al Buen Pastor, meditando la Sagrada Escritura,  viviendo la Eucaristía, dando espacio a la oración personal, asumiendo la mentalidad de servicio a los jóvenes.  Es una caridad que se traduce y hace visible en gestos concretos de cercanía,  afecto,  trabajo, entrega. Asumimos el sistema preventivo como una experiencia espiritual y no sólo como una propuesta de la evangelización y de metodología pedagógica,  ya que encuentra su fuente en el amor de Dios que precede a cada criatura con su Providencia, la acompaña con su presencia y la salva dando su vida;  nos dispone a acoger a Dios en los jóvenes y nos llama a servir a Dios en ellos, reconociendo su dignidad, renovando la fe en sus recursos de bien y educándolos a la plenitud de la vida.

4.3. Comunicamos  la propuesta de la espiritualidad salesiana, según la diversidad de vocaciones, sobre todo a los jóvenes, a los laicos comprometidos en la misión de Don Bosco, a las familias. La espiritualidad salesiana debe ser vivida de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Reconocemos los rasgos espirituales comunes a los diversos grupos de la Familia Salesiana, indicados en la “Carta de Identidad”, damos a conocer los testimonios de la santidad salesiana, invocamos la intercesión de nuestros beatos, venerables y siervos de Dios y pedimos la gracia de su canonización. Ofrecemos a los jóvenes que nos acompañan  la espiritualidad juvenil salesiana. Proponemos la espiritualidad salesiana a los laicos comprometidos en la misión de Don Bosco. Con la atención a la pastoral familiar, indicamos a las familias una espiritualidad adecuada a su condición. Por último, invitamos a vivir también una experiencia espiritual a los  jóvenes, laicos y familias de nuestras comunidades educativo pastorales o de nuestros grupos y asociaciones que pertenecen a otras religiones o que se encuentran en situación de indiferencia frente a Dios; también para ellos es posible la experiencia espiritual como un espacio para la interioridad, el silencio, el diálogo con su conciencia, la apertura a lo trascendente.

4.4. Leamos algunos textos de Don Bosco, que podemos considerar como fuentes de la espiritualidad salesiana. Os propongo una colección de escritos espirituales de Don Bosco, en los que aparece como un verdadero maestro de la vida espiritual[5]. Así, podemos recurrir a páginas que nos hablan con inmediatez de la vivencia espiritual salesiana y de la experiencia que cada uno de nosotros puede asumir.

Don Pascual Chávez V., SDB
Rector Mayor
Roma junio 2013


[1] W. NIGG, Don Bosco. Un santo per il nostro tempo, Torino, LDC, 1980, 75.103.[2] Cfr. FRANCESCO DI SALES, Trattato dell’amore di Dio, Vol II, libro X, c. 1[3] MB V, 9.[4] CG24, Salesianos y laicos: comunión y participación en el espíritu y en la misión de Don Bosco, Roma 1996, nn.89-100.[5] A. Giraudo (a cura)


Aguinaldo del Rector Mayor 2013 (II)

abril 8, 2014


Aguinaldo del Rector Mayor 2013 (I)

abril 8, 2014

AGUINALDO 2013

 

 «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Flp 4,4)

 

Como Don Bosco educador,

ofrezcamos a los jóvenes el Evangelio de la alegría

mediante la pedagogía de la bondad

 

 Queridos hermanos y hermanas de la Familia Salesiana:

 

Después de haber centrado la atención sobre la historia de Don Bosco y de haber intentado comprender mejor toda su vida marcada por la predilección por los jóvenes, el Aguinaldo 2013 tiene como objetivo profundizar en su propuesta educativa. Concretamente queremos acercarnos a Don Bosco educador. Se trata, pues, de profundizar y de actualizar el Sistema Preventivo.

También en esta tarea, nuestra perspectiva no es solo intelectual. Ciertamente es necesario, por una parte, un estudio serio de la pedagogía salesiana para actualizarla según la sensibilidad y las exigencias de nuestro tiempo. Hoy, de hecho, los contextos sociales, económicos, culturales, políticos y religiosos en los que vivimos la vocación y desarrollamos la misión salesiana han cambiado radicalmente. Por otra parte, para una fidelidad carismática a nuestro Padre, es ineludible también asumir el contenido y el método de su oferta educativa y pastoral. En el contexto de la sociedad de hoy estamos llamados a ser educadores santos como él, trabajando con los jóvenes y para ellos.

HACIA EL REDESCUBRIMIENTO DEL SISTEMA PREVENTIVO

Repensando la experiencia educativa de Don Bosco,  somos convocados a vivirla de nuevo hoy con fidelidad. Sin embargo, para una correcta actualización del Sistema Preventivo, más que pensar inmediatamente en programas, fórmulas o eslóganes genéricos y buenos para todos los tiempos, nuestro esfuerzo hoy debe centrarse en la comprensión histórica del método de Don Bosco. Se trata, en concreto, de analizar cómo su trabajo se fue adaptando a las diversas situaciones entre los jóvenes, al pueblo, en la Iglesia, por la vida religiosa o cómo se diversificó también en el primer Oratorio festivo, en el pequeño seminario de Valdocco, con los clérigos salesianos y no salesianos, con los misioneros.  Podemos además observar que ya en el primer Oratorio de la Casa Pinardi  estaban presentes algunas intuiciones importantes que poco a poco adquirirán su valor más profundo al constituirse en una compleja síntesis humano-cristiana:

 

  1. una estructura flexible, como obra de mediación entre la Iglesia, la sociedad urbana y los contextos juveniles populares;
  2. el respeto y la valoración del ambiente popular;
  3. la religión como fundamento de la educación, según la enseñanza de la pedagogía católica que le fue transmitida en el Convitto;
  4. el vínculo dinámico entre formación religiosa y desarrollo humano, entre catecismo y educación;
  5. la convicción de que la instrucción constituye el instrumento esencial para iluminar la mente;
  6. la educación y la catequesis, que se desarrollan de todas las formas posibles, contando con la escasez de tiempo y de recursos;
  7. la plena ocupación y valoración del tiempo libre;
  8. la bondad solícitay cercana(“amorevolezza”)como estilo educativo y, más en general, como estilo de vida cristiana.

 

Desde el conocimiento del pasado, es necesario traducir hoy las grandes intuiciones y virtualidades del Sistema Preventivo. Se han de actualizar los principios, los conceptos, las orientaciones originarias, reinterpretando teórica y prácticamente las grandes ideas de fondo y las grandes orientaciones del método. Y todo esto para la formación de los “nuevos” jóvenes del siglo XXI que son llamados a vivir y a confrontarse con una pluralidad inédita de situaciones y de problemas, en un tiempo que ha cambiado drásticamente, y sobre el que las mismas ciencias humanas están aun reflexionando críticamente.

 

Especialmente quiero sugerir tres perspectivas, analizando más en profundidad la primera de ellas.

 

1. El relanzamiento del “honesto ciudadano” y del “buen cristiano”

 En un mundo que ha cambiado radicalmente respecto al del siglo XIX, realizar la caridad según criterios estrechos, locales, pragmáticos, olvidando las amplias dimensiones del bien común a nivel nacional y mundial sería una grave laguna desde el punto de vista sociológico y también teológico. Concebir la caridad solo como limosna o ayuda de emergencia significa moverse arriesgadamente en el ámbito de un “falso samaritanismo”.

Se nos impone por tanto una reflexión profunda, sobre todo a nivel especulativo. Ésta debe tener en cuenta todos los contenidos sobre el tema de la promoción humana, juvenil y popular prestando atención, al mismo tiempo, a las diferentes y cualificadas consideraciones filosófico-antropológicas, teológicas, científicas, históricas y metodológicas pertinentes. Este análisis se debe además concretar en el plano de la experiencia y de la reflexión operativa de cada persona y de cada comunidad.

Hemos de avanzar en la reafirmación actualizada de la “opción socio-política-educativa” de Don Bosco. Esto no significa promover un activismo ideológico vinculado a particulares opciones políticas de partido, sino formar en una sensibilidad social y política que lleva en cualquier caso a empeñar la propia vida en el bien de la comunidad social, comprometiendo la existencia como misión, con una referencia constante a los inalienables valores humanos y cristianos. Dicho de otra manera, el reconsiderar la perspectiva social de la educación debería incentivar la creación de experiencia explícitas de compromiso social en el sentido más amplio:

Preguntémonos: la Congregación Salesiana, la Familia Salesiana, nuestras Inspectorías, grupos y casas ¿están haciendo todo lo posible en este sentido? ¿Su solidaridad con la juventud es solo un acto de afecto, un gesto de donación o es también una aportación desde la competencia y el análisis  racional, adecuada y pertinente a las necesidades de los jóvenes y de las clases sociales más débiles?

Y algo parecido se debería decir del relanzamiento del “buen cristiano”. Don Bosco, “quemado” por el celo por las almas, comprendió la ambigüedad y los peligros de la situación histórica, criticó sus presupuestos, descubrió nuevas formas para oponerse al mal a pesar de los escasos recursos (culturales, económicos…) de los que disponía. Se trata de desvelar y ayudar a vivir conscientemente la vocación de hombre, la verdad de la persona. Y precisamente en esto los creyentes pueden ofrecer su aportación más valiosa.

Pero ¿cómo actualizar el “buen cristiano” de Don Bosco? ¿Cómo salvaguardar hoy la totalidad humano-cristiana del proyecto en iniciativas prevalentemente religiosas y pastorales ante los peligros de los antiguos y nuevos integrismos y exclusivismos? ¿Cómo transformar la educación tradicional, nacida en un contexto de religiosidad homogénea, en una educación abierta y al mismo tiempo crítica frente al pluralismo contemporáneo? ¿Cómo educar para vivir de forma autónoma y al mismo tiempo para saber participar en los procesos de un mundo multiétnico, multicultural e interreligioso? Frente a la actual superación de la tradicional pedagogía de la obediencia, propia de un cierto tipo de eclesiología, ¿cómo promover una pedagogía de la libertad y de la responsabilidad que aliente la creación de personas responsables, capaces de decisiones libres y maduras, abiertas a la comunicación interpersonal, insertas en las estructuras sociales, sin complacencias, en una actitud crítica y constructiva?

 

2. Volver a los jóvenes, desde una mayor cualificación

Fue precisamente entre los jóvenes donde Don Bosco diseñó su estilo  de vida, su patrimonio pastoral y pedagógico, su sistema, su espiritualidad. La misión salesiana es consagración, es predilección por los jóvenes y tal predilección en su momento inicial es un don de Dios, pero le corresponde a nuestra inteligencia y a nuestro corazón desarrollarla y perfeccionarla.

La fidelidad a nuestra misión, para ser incisiva, debe ser puesta en contacto con los “núcleos” de la cultura de hoy, con las matrices originales de la mentalidad y de los comportamientos actuales. Estamos ante desafíos verdaderamente grandes que exigen análisis serios, congruencia en las observaciones críticas, una exigente confrontación cultural, la capacidad de saber comunicar psicológica y existencialmente las características de nuestro contexto. Limitándonos solo a algunas preguntas:

  1. ¿Quiénes son los jóvenes a los que “consagramos” nuestra vida personal y comunitariamente?
  2. ¿Cuál es nuestra profesionalidad pastoral a nivel de reflexión teórica sobre los itinerarios educativos y la praxis pastoral?
  3. Hoy la responsabilidad educativa debe ser colectiva, coral, participada. ¿Cuál es nuestro “punto de contacto” con la “red de relaciones” en el territorio y más allá del territorio en el que viven nuestros jóvenes?
  4. Si alguna vez la Iglesia se encuentra desarmada frente a los jóvenes ¿no será que lo están también los salesianos o la Familia Salesiana de hoy?

 

3. Una educación de corazón

 

En estos últimos decenios las nuevas generaciones salesianas experimentan quizás un cierto desconcierto ante las antiguas fórmulas de Sistema Preventivo: o porque no saben cómo aplicarlo hoy o porque sin darse cuenta lo imaginan como una “relación paternalista” con los jóvenes. Por el contrario, cuando miramos a Don Bosco visto en la realidad que vivió, descubrimos en él una instintiva y genial superación del paternalismo educativo inculcado por buena parte de la pedagogía de los siglos precedentes (1500-1700).

 

Podemos preguntarnos: Los jóvenes y los adultos hoy ¿entran o pueden entrar en el corazón del educador salesiano? ¿Qué descubren en él? ¿Un tecnócrata, un comunicador hábil pero vacío, o por el contrario encuentran una rica humanidad, completada y animada por la gracia de Jesucristo?

A partir del conocimiento de la pedagogía de Don Bosco, los grandes puntos de referencia y los compromisos del Aguinaldo 2013 son los siguientes:

 

  1. El evangelio de la alegría que caracteriza toda la historia de Don Bosco y es el alma de sus muchas y variadas actividades. Don Bosco ha descubierto  el deseo de felicidad presente en los jóvenes y ha articulado su alegría de vivir en los lenguajes de la alegría, del patio y de la fiesta; pero no ha dejado nunca de señalar a Dios como  fuente de la alegría verdadera.
  2. La pedagogía de la bondad. La “amorevolezza” de Don Bosco, entendida como bondad cercana y solícita, es sin duda uno de los rasgos característicos de su metodología pedagógica que se considera más válido hoy, tanto en los contextos cristianos como en los que viven jóvenes pertenecientes a otras religiones. Pero no se puede reducir a un principio pedagógico sino que se ha de reconocer como un elemento esencial de nuestra espiritualidad.
  3. El Sistema Preventivo. Representa la esencia de la sabiduría pedagógica de Don Bosco y constituye el mensaje profético que ha dejado a sus herederos y a toda la Iglesia. Es una experiencia espiritual y educativa que se funda en la razón, en la religión y en la bondad solícita y cercana.
  4. La educación es cosa del corazón. “La pedagogía de Don Bosco, ha escrito don Pietro Braido, se identifica con toda su acción; y toda su acción con su personalidad; y todo Don Bosco está recogido, en definitiva, en su corazón”[1]. Esta es la grandeza y el secreto de su éxito como educador. “Afirmar que su corazón estaba totalmente entregado a los jóvenes significa decir que toda su persona, inteligencia, corazón, voluntad, fuerza física, todo su ser estaba orientado a hacerles el bien, a promover el crecimiento integral, a desear su salvación eterna”[2].
  5. La formación del honesto ciudadano y del buen cristiano. Formar “buenos cristianos y honestos ciudadanos” es la intención expresada muchas veces por Don Bosco para indicar todo lo que los jóvenes necesitan para vivir en plenitud su existencia humana y cristiana. Por eso la presencia educativa en la realidad social comprende estos otros elementos: la sensibilidad educativa, las políticas educativas, la cualidad educativa del entorno social, la cultura…
  6. El humanismo salesiano. Don Bosco sabía “valorar todo lo positivo que hay en la vida de las personas, en la realidad creada, en los acontecimientos de la historia. Esto lo llevaba a descubrir los auténticos valores presentes en el mundo, especialmente si eran deseados por los jóvenes; a insertarse en el flujo de la cultura y del desarrollo humano de su propio tiempo, estimulando el bien y evitando el quejarse simplemente de los males; a buscar con sabiduría la cooperación de muchos, convencido de que cada uno tiene dones que necesitan ser descubiertos, reconocidos y valorados; a creer en la fuerza de la educación que sostiene el crecimiento del joven y lo anima a ser un honesto ciudadano y un buen cristiano; a confiarse siempre y en cualquier circunstancia a la Providencia de Dios, percibido y amado como Padre”[3].
  7. Sistema Preventivo y Derechos Humanos. La Congregación no tiene razón de ser si no es para la salvación integral de los jóvenes. Esta misión nuestra, el evangelio y nuestro carisma nos exigen hoy que recorramos también el camino de los derechos humanos; se trata de un camino y de un lenguaje nuevos que no podemos descuidar. El sistema preventivo y los derechos humanos se interrelacionan enriqueciéndose mutuamente. El sistema preventivo ofrece a los derechos humanos una perspectiva educativa única e innovadora respecto al movimiento de promoción y protección de los derechos humanos. De igual modo, “los derechos humanos ofrecen al sistema preventivo nuevas fronteras y oportunidades de impacto social y cultural como respuesta eficaz “al drama de la humanidad moderna, esto es, la fractura entre educación y sociedad, el distanciamiento entre escuela y ciudadanía”[4].
  8. Para una comprensión más profunda de todos estos puntos nucleares y para su aplicación coherente será útil leer: El Sistema Preventivo en la educación de la juventud, La Carta de Roma, las Biografías de Domingo Savio, Miguel Magone y Francisco Besucco. Todos son escritos de Don Bosco que ilustran bien su experiencia educativa y sus opciones pedagógicas.

 

 

Don Pascual Chávez V., SDB

Rettor Maggiore

 

 

[1]Cf. P. BRAIDO, Prevenire non reprimere. Il sistema educativo di Don Bosco, LAS, Roma 1999, p. 181.

[2] P. RUFFINATO, Educhiamo con il cuore di Don Bosco, in “Note di Pastorale Giovanile”, n. 6/2007, p. 9.

[3] Cfr Art. 7 – Carta di identità carismatica della Famiglia Salesiana – Roma 2012.

[4] Se vea P. Pascual Chávez Villanueva, Educazione e cittadinanza. Lectio Magistralis per la Laurea Honoris Causa, Génova, 23 abril 2007.


Aguinaldo del Rector Mayor 2012 (II)

abril 7, 2014


Aguinaldo del Rector Mayor 2012 (I)

abril 7, 2014

Comentario del Aguinaldo 2012

 

 

«Yo soy el buen pastor.
El buen pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11)

 

Queridos Hermanos
Hijas de María Auxiliadora
Miembros todos de la Familia Salesiana
Jóvenes

 

Hemos comenzado hace poco el trienio de preparación al Bicentenario del Nacimiento de Don Bosco. Este primer año nos ofrece la oportunidad de acercarnos más a él para conocerlo de cerca y mejor. Si no conocemos a Don Bosco y no lo estudiamos, no podemos comprender su camino espiritual y sus opciones pastorales; no podemos amarlo, imitarlo e invocarlo; especialmente nos será difícil inculturar hoy su carisma en los diversos contextos y en las diferentes situaciones. Sólo reforzando nuestra identidad carismática, podremos ofrecer a la Iglesia y a la Sociedad un servicio a los jóvenes significativo y relevante. Nuestra identidad encuentra su referencia inmediata en el rostro de Don Bosco; en él la identidad se hace creíble y visible. Por eso el primer paso que estamos invitados a dar en el trienio de preparación es precisamente el conocimiento de la historia de Don Bosco.

 

1.     Conocimiento de Don Bosco y compromiso por los jóvenes

 

Estamos invitados a estudiar a Don Bosco y, a través de la aventura de su vida, a conocerlo como educador y pastor, fundador, guía y legislador. Se trata de un conocimiento que conduce al amor, a la imitación y a la invocación.

Para nosotros, miembros de la Familia salesiana, su figura debe ser lo que San Francisco de Asís ha sido y sigue siendo para los Franciscanos o San Ignacio de Loyola para los  Jesuitas, es decir, el fundador, el maestro de espíritu, el modelo de educación y evangelización, sobre todo el iniciador de un movimiento de resonancia mundial, capaz de proponer a la atención de la Iglesia y de la Sociedad, con una formidable fuerza de choque, las necesidades de los jóvenes, su condición y su futuro. ¿Pero cómo hacerlo sin volvernos a la historia, que no es la guardiana de un pasado ya perdido, sino de una memoria viva que está dentro de nosotros y nos interpela en función de actualidad?

El acercamiento a Don Bosco, hecho con los métodos propios de la investigación histórica, nos lleva a comprender mejor y a medir su grandeza humana y cristiana, su genialidad práctica, sus dotes educativas, su espiritualidad, su obra, comprensibles sólo si están profundamente enraizadas en la historia de la Sociedad en la que vivió. Al mismo tiempo, y también con un conocimiento más profundo de su recorrido histórico, nos hacemos cada vez más conscientes de la intervención providencial de Dios en su vida. En este estudio histórico no hay ningún rechazo apriorístico de las respetabilísimas imágenes de Don Bosco que generaciones de Salesianos, Hijas de María Auxiliadora, Salesianos Cooperadores y miembros de la Familia Salesiana han tenido, es decir, del Don Bosco que ellos han conocido y amado; pero existe y deber seguir existiendo también una presentación y la reinterpretación de una imagen de Don Bosco que sea actual, que hable al mundo de hoy, que utilice un lenguaje renovado.

La imagen de Don Bosco y de su acción debe reconstruirse seriamente, a partir de nuestro horizonte cultural: desde la complejidad de la vida de hoy, desde la globalización, desde la cultura postmoderna, desde las dificultades de la pastoral, desde la disminución de las vocaciones, desde la “puesta en cuestión” de la vida consagrada. Los cambios radicales o de etapa, como los llamaba mi predecesor Don Egidio Viganò, nos obligan a revisar esa imagen y a idearla bajo otra luz, para una fidelidad que no sea repetición de fórmulas y obsequio formal a la tradición. La importancia histórica de Don Bosco debe encontrarse, no sólo en las «obras» y en algunos elementos pedagógicos suyos relativamente originales, sino sobre todo en su percepción, concreta y afectiva, de la importancia universal, teológica y social del problema de la juventud «abandonada», y en su gran capacidad de comunicarla a nutridas columnas de colaboradores, de bienhechores y de admiradores.

Ser fieles a Don Bosco significa conocerlo en su historia y en la historia de su tiempo, hacer nuestras sus inspiraciones, asumir sus motivaciones y opciones. Ser fieles a Don Bosco y a su misión significa cultivar en nosotros un amor constante y fuerte ante los jóvenes, especialmente los más pobres. Ese amor nos lleva a responder a sus necesidades más urgentes y profundas. Como Don Bosco nos sentimos tocados por sus situaciones de dificultad: la pobreza, el trabajo infantil, la explotación sexual, la falta de educación y de formación profesional, la inserción en el mundo del trabajo, la poca confianza en sí mismos, el miedo ante el futuro, la pérdida del sentido de la vida.

Con afecto profundo y amor desinteresado tratamos de estar presentes en medio de ellos con discreción y prestigio, ofreciendo propuestas eficaces para su camino, sus opciones de vida y su felicidad presente y futura. En todo esto nos hacemos sus compañeros de camino y guías competentes. Especialmente tratamos de comprender su nuevo modo de ser; muchos de ellos son “digitales innatos” que a través de las nuevas tecnologías buscan experiencias de movilización social, posibilidad de desarrollo intelectual, recursos de progreso económico, comunicación instantánea, oportunidad de protagonismo. También en este campo queremos compartir su vida y sus intereses; animados por el espíritu creativo de Don Bosco, nosotros, los educadores, nos hacemos cercanos como “inmigrados innatos”, ayudándoles a superar el abismo generacional ante sus padres y ante el mundo de los adultos.

Los cuidamos durante todo su camino de crecimiento y maduración, dedicándoles nuestro tiempo y nuestras energías y estando con ellos, en las etapas que van desde la infancia a la juventud.
Nos ocupamos de ellos cuando situaciones difíciles, como la guerra, el hambre, la falta de perspectivas, los llevan al abandono de la propia casa y familia y se encuentran solos enfrentándose con la vida.
Nos ocupamos de ellos cuando, después del estudio y la cualificación, buscan ansiosamente una primera ocupación de trabajo y se esfuerzan por entrar en la Sociedad, a veces sin esperanza y perspectivas de éxito.
Nos ocupamos de ellos cuando están construyendo el mundo de sus afectos, su familia, sobre todo acompañando su camino de noviazgo, los primeros años de su matrimonio, el nacimiento de los hijos (cfr. GC26, 98.99.104).
Nos preocupa especialmente llenar el vacío más profundo de su vida, ayudándolos en la búsqueda de sentido y sobre todo ofreciendo un camino de crecimiento en el conocimiento y en la amistad con el Señor Jesús, en la experiencia de una Iglesia viva, en el compromiso concreto de vivir su vida como una vocación.

Este es, pues, el programa espiritual y pastoral para el año 2012:

Conociendo e imitando a Don Bosco,
hagamos de los jóvenes la misión de nuestra vida

Ya se encuentran en sintonía con este compromiso numerosos grupos de la Familia salesiana, que nos enriquecerá a todos al volver juntos la mirada hacia nuestro querido Padre Don Bosco. Caminemos por tanto cada vez más como Familia.

 

2.     Al descubrimiento de la historia de Don Bosco

 

Don Bosco sigue interesando a mucha gente en muchos países, pasado más de un siglo de su muerte. Se le considera una figura importante, también fuera del ambiente salesiano. Aunque han disminuido necesariamente las amplificaciones que rodearon su figura durante muchas décadas y que impresionaron a la imaginación colectiva, Don Bosco sigue siendo todavía un personaje de notable talla y de alto agrado. Una larga secuencia de papas y cardenales, obispos y  sacerdotes, estudiosos católicos y no católicos, políticos de diferentes orientaciones en Italia, en Europa y en el mundo, lo ha reconocido y lo reconoce como portador de un mensaje moderno, profético, históricamente condicionado pero abierto a muchas proyecciones actuales, virtualmente disponible en los espacios y tiempos más abiertos.

El centenario de su muerte, el 150° aniversario de la fundación de la Congregación salesiana, ahora la preparación al bicentenario de su nacimiento, y otras ocasiones especiales, han favorecido una férvida producción de libros y escritos periodísticos. Junto a estudios e investigaciones de alto nivel científico, han aparecido también otros más modestos, que han prestado el flanco a reservas interpretativas con motivo de infundadas premisas críticas y de insuficientes análisis históricos por parte de otros.

La de Don Bosco es, en efecto, una figura a plena pantalla, no reconducible a simples fórmulas o a títulos periodísticos; es una personalidad compleja, hecha de realidades a un tiempo ordinarias y excepcionales, de proyectos concretos, ideales e hipotéticos, de un estilo cotidiano de vida y acción, de relaciones especiales con lo sobrenatural. Una figura así no puede comprenderse adecuadamente más que en su condición poliédrica y pluridimensional; en caso contrario la presentación de uno o de algunos aspectos, tomados a veces consciente o inconscientemente por un perfil completo, corre el riesgo de falsear su fisonomía.

Podemos quedar perplejos a veces ante obras en las que la apologética y la descripción oleográfica de Don Bosco tienen un espacio excesivo, en las que la exaltación de su figura se impone sobre la verdad del personaje, a lo mejor reducido a estereotipos a los que Don Bosco no puede reducirse casi nunca. Esto vale particularmente en este momento histórico, en el que se están multiplicando las vidas de los santos escritas con nueva criteriología; un nuevo tipo de hagiografía, en efecto, ha adquirido actualmente vigor, basándose en interpretaciones históricas fundamentadas y en una lectura teológica renovada de la experiencia espiritual de los santos. Por eso hago votos para que se prepare una moderna “hagiografía” de Don Bosco; al mismo tiempo que se debe basar en recientes estudios históricos, está llamada a despertar el amor hacia él, la imitación de su vida, el deseo de hacer su mismo camino espiritual; el mismo augurio vale para una nueva hagiografía dirigida a los jóvenes.

 

3.     Motivaciones para el estudio de la historia de Don Bosco

 

Son indudablemente numerosos los motivos que nos inducen a estudiar a Don Bosco. Debemos conocerlo como nuestro Fundador, porque lo requiere nuestra fidelidad a la institución a la que pertenecemos. Debemos conocerlo como Legislador, dado que estamos comprometidos a observar las Constituciones y los Reglamentos que él directamente o sus sucesores nos han dado. Debemos conocerlo como Educador, para que podamos vivir el Sistema Preventivo, preciosísimo patrimonio que él nos ha dejado. Debemos conocerlo especialmente como Maestro de vida espiritual, por el hecho de que a su espiritualidad acudimos como hijos y discípulos suyos; él, en efecto, nos ha ofrecido una clave de lectura del evangelio; su vida es para nosotros un criterio para realizar con características peculiares el seguimiento del Señor Jesús; sobre ello escribí una carta a los hermanos salesianos en enero de 2004 “Contemplar a Cristo con lo mirada de Don Bosco” (ACG 384).

Hoy está creciendo en nosotros la conciencia del riesgo que estamos corriendo, si no robustecemos los lazos que nos tienen unidos a Don Bosco. El conocimiento histórico, fundamentado y afectivo, ayuda a mantener vivos esos lazos; la formación inicial y permanente debe favorecer los estudios salesianos. Ha pasado ya más de un siglo desde la muerte de Don Bosco; han desaparecido todas las generaciones que directa o indirectamente estuvieron en contacto con él y con los que lo habían conocido. Al aumentar la distancia cronológica, geográfica y cultural desde él, viene a faltar cada vez más ese clima afectivo y también esa cercanía psicológica, que nos hacían espontáneo y familiar a Don Bosco y su espíritu hasta con la simple mirada a su retrato. Esto que se nos ha transmitido puede perderse; el lazo vivo con Don Bosco puede romperse. Una vez venida a menos la referencia a nuestro Padre común, a su espíritu, a su praxis, a sus criterios inspiradores, como Familia salesiana no tenemos ya derecho de ciudadanía en la Iglesia y en la Sociedad, privados como estamos de nuestras raíces y de nuestra identidad.

Además mantener viva la memoria de la propia historia es garantía de tener una sólida cultura; sin raíces no hay futuro. Por eso la organización de la memoria histórica y la posibilidad de su fruición tienen una notable importancia, como llamada a las raíces comunes que invitan a repensar los problemas de nuestro presente con un conocimiento más maduro de nuestro pasado. Esto es garantía, aun con las históricas transformaciones y los inevitables cambios, de que nuestra Familia seguirá siendo portadora del carisma de los orígenes y de que se convertirá en vigía y guardián creativo de una tradición fecunda.

Obviamente la conciencia del pasado no debe convertirse en condicionamiento. Hay que saber discernir críticamente el significado histórico esencial de las redundancias gratuitas y de las interpretaciones subjetivas infundadas; de ese modo se evitará atribuir historicidad carismática a reconstrucciones que tienen poco que ver con la “verdadera historia”. Una forma parecida de hacer historia se utiliza a veces para evitar el problema serio de la reconstrucción del contexto histórico. También en la interpretación de la historia de Don Bosco es necesario un sano discernimiento. Será siempre válido también para nosotros la advertencia del Papa León XIII: El historiador no debe decir nunca nada falso ni callar nada verdadero. Si un santo tiene algún punto débil, hay que reconocerlo lealmente. Las referencias de las imperfecciones de los santos tienen la triple ventaja de respetar la exactitud histórica, de subrayar lo absoluto de Dios y de animarnos a nosotros, pobres vasijas de barro, a demostrarnos que también en el héroe por Cristo la sangre no era agua.

La necesidad y la urgencia de un conocimiento profundo y sistemático de Don Bosco las han subrayado en estos últimos decenios documentos oficiales e intervenciones autorizadísimas de mis dos predecesores. Yo mismo en la carta de final de 2003 (ACG n. 383, p. 14-17) me expresaba en estos términos:

«Don Bosco logró ser joven y por tanto estar en sintonía con el futuro a fuerza de estar en medio de los jóvenes. … En la experiencia de Valdocco está claro que hubo una maduración de la misión y por tanto de  un paso de la alegría de “estar con Don Bosco” a “estar con Don Bosco para los jóvenes”, a “estar con Don Bosco para los jóvenes de forma estable” a estar con los jóvenes de forma estable con votos. Estar con Don Bosco no excluye “a priori” la atención a sus tiempos, que lo modelaron o condicionaron, pero requiere vivir con su esfuerzo, sus opciones, su entrega, su espíritu emprendedor y de estar en vanguardia […] Todo esto hace de Don Bosco un hombre fascinante y en nuestro caso un padre a quien amar, un modelo que imitar, pero también un santo que invocar. Nos damos cuenta de que a medida que aumenta la distancia del Fundador, es más real el riesgo de hablar de Don Bosco basándose en “lugares comunes”, anécdotas, sin un verdadero conocimiento de nuestro carisma. De aquí la urgencia de conocerlo a través de la lectura y el estudio; de amarlo afectiva y efectivamente como padre y maestro por su herencia espiritual; de imitarlo tratando de configurarnos con él, haciendo de la Regla de vida nuestro proyecto personal. Este es el sentido de la vuelta a Don Bosco, al que me he invitado a mí mismo y a toda la Congregación desde mi primera “buenas noches”, a través del estudio y el amor que tratan de comprender, para iluminar nuestra vida y los retos actuales. Junto al evangelio, Don Bosco es nuestro criterio de discernimiento y nuestra meta de identificación»”.

Mi auspicio no está demasiado lejos de las reflexiones de don Francisco Bodrato, primer inspector en Argentina, que el 5 de marzo de 1877 escribía en una carta a sus novicios:

«¿Quién es Don Bosco? Os lo digo precisamente yo, de verdad, como lo he visto y oído decir a otros. Don Bosco es nuestro amadísimo y tiernísimo padre. Esto lo decimos todos nosotros que somos sus hijos. Don Bosco es un ser Providencial o el hombre de la providencia de estos tiempos. Esto lo dicen los verdaderos doctos. Don Bosco es el hombre de la filantropía. Esto lo dicen los filósofos. Y yo digo, después de haber admitido, claro está, todo lo que dicen los citados, que Don Bosco es verdaderamente ese amigo que la Santa Escritura califica como un gran tesoro. Bueno, pues nosotros hemos encontrado ese verdadero amigo y ese gran tesoro. María Santísima nos ha dado la luz para poderlo conocer y el Señor nos permite poseerlo. ¡Ay, por tanto, de quien lo pierde! Si supieseis, queridos hermanos, cuántas personas hay que envidian nuestra suerte […] Y si aceptáis creer conmigo que Don Bosco es el verdadero amigo de la Sagrada Escritura, entonces debéis hacer de modo que lo poseáis siempre y procuréis copiarlo en vosotros mismos». (F. Bodrato, Epistolario, ed. por B. Casali, Roma LAS 1995, p. 132).

Por algo el proemio y los art. 21, 97 y 196 de las Constituciones actuales de la Congregación salesiana nos presentan a Don Bosco como “guía” y “modelo”, y las Constituciones mismas quedan definidas como “testamento vivo”. Expresiones análogas se encuentran también en la regla de vida de los demás grupos de la Familia salesiana. Para todos nosotros, que miramos a Don Bosco como nuestra referencia, él sigue siendo el fundador, el maestro de espíritu, el modelo de educación, el iniciador de un movimiento de resonancia mundial capaz de ofrecer a la Iglesia y a la Sociedad, con una formidable fuerza, la atención a las necesidades de los jóvenes, a su realidad, a su futuro. No podemos dejar de preguntarnos si hoy nuestra Familia constituye todavía una fuerza como esa; si tenemos todavía aquel coraje y aquella fantasía que tuvo Don Bosco; si al alba del tercer milenio somos todavía capaces de asumir sus posturas proféticas en defensa de los derechos del hombre y de los de Dios.

Indicadas la necesidad y la urgencia del conocimiento y del estudio de Don Bosco para la Familia salesiana, para cada grupo, comunidad, asociación y personas, el camino está todavía por hacer; el camino indicado no es todavía el camino recorrido. A cada uno le toca determinar pasos, modalidades, recursos, etapas y oportunidades para que ese compromiso se cumpla a lo largo de este año. No podemos llegar a la celebración del Bicentenario sin conocer más a Don Bosco.

 

4.     Función actualizadora de la historia

 

Para alcanzar esos objetivos no basta con que la grandeza de Don Bosco esté presente en la conciencia de cada uno de nosotros. Condición indispensable es conocerlo bien, más allá del simpatiquísimo anecdotario que rodea a nuestro querido padre y de la misma literatura edificante, sobre la que generaciones enteras se han formado. No se trata de ir a buscar recetas fáciles para afrontar como Familia la “crisis” actual de la Iglesia y de la Sociedad, sino de conocerlo profundamente, de modo que pueda ser “actualizado” en el amanecer de este tercer milenio, en el clima cultural en que vivimos, en los diferentes países en los que trabajamos. Se necesita un conocimiento de Don Bosco que viva de la continua tensión entre nuestro preguntarnos sobre el presente y la búsqueda de respuestas que vienen del pasado; sólo así podremos inculturar todavía hoy el carisma salesiano.

Se debe prestar atención al hecho de que en los momentos de “giros de la historia” un Movimiento carismático puede crecer y desarrollarse sólo a condición de que el carisma fundacional sea “reinterpretado vitalmente” y no se convierta en un “fósil precioso”. Los fundadores han tenido la experiencia del Espíritu Santo en un preciso contexto histórico; por eso es necesario determinar los elementos de contingencia de su experiencia, por cuanto la respuesta a una situación histórica absolutamente determinada tiene valor mientras dura esa contingencia. En otras palabras: los “interrogantes” de la comunidad eclesial de hoy y los del contexto actual socio cultural, no pueden considerarse como algo “extraño” a nuestra búsqueda histórica; ésta debe determinar lo que es transitorio y lo que es permanente en el carisma, lo que debe dejarse y lo que debe tomarse, lo que está lejos de nuestro contexto y lo que le es afín.

No es posible hacer esta actualización sin dirigirse a la historia, que – como ha he dicho -no es el custodio de un pasado ya perdido, sino de una memoria que vive en nosotros, es decir, en función de actualidad. Una puesta al día hecha ignorando los progresos de la ciencia histórica, es una operación falsamente útil. Del mismo modo no llevan a grandes resultados históricos ni actualizadores las investigaciones y las lecturas hechas como “diletante”, sin claras hipótesis, métodos adecuados y sólidos instrumentos de trabajo, fuera de un pensamiento historiográfico vivo y actual. La historiografía es una continua revisión crítica de juicios pronunciados, una revisión necesaria en cuanto que debemos reconocer que el pasado no puede erigirse como una especie de monumento sólo para contemplarlo, precisamente porque está fundamentalmente ligado a la persona del que desea conocerlo.

No se debe infravalorar el hecho de que la historia de Don Bosco no es sólo “nuestra”, sino que es historia de la Iglesia e historia de la humanidad. Por tanto no debería estar ausente de la historiografía eclesiástica y civil de cada país, tanto más que la salesiana es una historia hecha de interacciones dinámicas, de lazos de dependencia y colaboración y alguna vez de choques con el mundo social, político, económico, eclesial y religioso, educativo y cultural. Ahora bien, no se puede pretender que “los otros” tengan en consideración nuestra “historia”, nuestra “pedagogía”, nuestra “espiritualidad”, si nosotros no les ofrecemos instrumentos modernos de conocimiento. El diálogo con los otros puede darse sólo si tenemos el mismo código lingüístico, los mismos instrumentos conceptuales, las mismas competencias y profesionalidad; en caso contrario estaremos al margen de la Sociedad, lejos del debate cultural, ausentes de los lugares en los que se orientan las soluciones de los problemas del momento. La exclusión del debate cultural actual en cada país determinaría también la insignificancia histórica de los salesianos, su marginación social, la ausencia de nuestra oferta de educación. Por eso auspicio un renovado esfuerzo en la preparación de personas cualificadas para el estudio y la investigación en el campo de la historia salesiana.

La literatura salesiana, las ediciones salesianas, la predicación salesiana, las circulares de los responsables en los distintos niveles, las comunicaciones internas a la Familia salesiana deben estar a la altura de la situación. La tradicional popularidad de la literatura salesiana, la misma divulgación no deben significar superficialidad de contenido, desinformación, repetición de un pasado impertinente. El que tiene el don o el deber o la oportunidad de hablar, de escribir, de formar, de educar a los demás, está obligado a una constante actualización sobre el objeto de sus discursos y de sus escritos. Los instrumentos de trabajo de la comunicación popular deben ser de calidad y de la máxima oportunidad posible.

El estudio de Don Bosco es la condición para poder comunicar su carisma y proponer su actualidad. Sin conocimiento no puede nacer amor, imitación e invocación; sólo el amor impulsa después al conocimiento. Se trata, pues, de un conocimiento que nace del amor y conduce al amor: un conocimiento afectivo.

 

5.     Más de cien años de historiografía “al servicio del carisma”

 

La producción historiográfica salesiana en más de 150 años de vida ha hecho un notable camino, pasando de los primeros modestos y moderados perfiles biográficos de Don Bosco de los años setenta del siglo XIX, a las biografías encomiásticas, inspiradas en una lectura teológica, anecdótica y taumatúrgica de su vida y de su obra que, desde los años ochenta hasta el siglo XX avanzado han tenido una gran difusión. Los momentos solemnes de la beatificación y de la canonización de Don Bosco fueron obviamente el origen de una serie de escritos y opúsculos de carácter espiritual y edificante. Análogamente para el ámbito pedagógico se podría hablar de la rica serie de escritos y de debates sobre Don Bosco educador, después de la introducción del Método preventivo de Don Bosco en los programas escolares de los Institutos de Magisterio en Italia.

Inmediatamente después de la guerra y en los años cincuenta las nuevas generaciones salesianas comenzaron a manifestar una sensación de inquietud sobre la literatura hagiográfica del pasado. Aparecía la exigencia de una hagiografía del Fundador que no buscase sólo la edificación y la apología, sino la verdad de la figura en todos sus múltiples aspectos: es decir, una hagiografía que se situase en la historia y como tal asumiese todos sus cometidos, deberes y orientaciones. Se imponía de algún modo la necesidad de salir de un círculo ya consolidado, para promover una revisión de la historia de Don Bosco filológicamente estudiada y cribada en las fuentes, históricamente conducida según métodos actualizados. Se debía ir más allá de la óptica propia de los primeros salesianos, que indudablemente era providencialista, teológica, taumatúrgica, en la que tendían a desaparecer las realidades del ambiente y las fuerzas actuantes de aquel tiempo.

Tales perspectivas de estudio y de profundización de la figura de Don Bosco, que ya desde hacía tiempo se anunciaban, recibieron un fuerte impulso de la invitación del Concilio Vaticano II a volver a las genuinas realidades humanas y espirituales de los orígenes del fundador, en vista de la renovación necesaria de la vida consagrada (Cfr. Perfectae Caritatis, Ecclesiae Sanctae). Esto exigía como condición indispensable el conocimiento del dato histórico. Sin una sólida referencia a las raíces, la puesta al día se exponía a convertirse en invención arbitraria e incierta. Y así en el nuevo clima cultural de los años setenta, por medio de premisas, orientaciones, métodos, instrumentos actuales de investigación, compartidos por la investigación historiográfica más seria, se profundizó en el conocimiento del patrimonio hereditario de Don Bosco, rico de acontecimientos y de orientaciones, de significados y de virtualidad. Se fijó el significado histórico del mensaje, se definieron los inevitables límites personales, culturales, institucionales que, casi paradójicamente, prefiguraban y prefiguran todavía las condiciones de vitalidad en el presente y en el futuro.

 

6.     Hacia una lectura hermenéutica de la historia salesiana

 

Como primera exigencia de la renovación el Concilio Vaticano II ha pedido, pues, que se retornase a las fuentes. La Congregación ha publicado según esto decenas de volúmenes de las “Obras Editadas” e inéditas de Don Bosco; el Centro de Estudios Don Bosco de la UPS y el Istituto Storico Salesiano se han hecho cargo de ello. Gracias a su trabajo, miles de páginas de escritos de Don Bosco están a nuestra disposición, en ediciones científicamente cuidadas y revisadas, de modo que permiten el necesario análisis filológico. ¿Cómo se puede, en efecto, comprender la famosa “carta de Roma” que don Lemoyne redactó en nombre de Don Bosco, si no se conoce a fondo la difícil situación disciplinar que se vivía en Valdocco y que en aquellos mismos años producía la “circular sobre los castigos”? El valor de una carta autógrafa de Don Bosco, tachada, cubierta de correcciones, añadidos y apostillas, ¿tiene acaso el mismo valor que una circular, a lo mejor escrita por un colaborador suyo y simplemente firmada por Don Bosco? ¿Qué significado dar a los contratos de trabajo firmados por Don Bosco, si los ponemos en relación con los anteriores o coetáneos redactados por otros en Turín?

Al análisis filológico debe seguir el análisis histórico-crítico, que tiene en consideración el contenido explícito de las fuentes y lo que, si se leen superficialmente no dicen, sino sobreentienden. Ningún texto, y menos los de Don Bosco, personaje “encarnado” en  la historia, se explica sin la relación con el tiempo en que fue escrito, en un determinado contexto, en relación con determinadas personas, según ciertas finalidades. Como he dicho, los escritos de Don Bosco y sobre Don Bosco contienen la interpretación del evangelio bajo el influjo de la época, sus ideas, estructuras mentales, perspectivas, lenguaje, valores.

Las dos operaciones anteriores llevan a la tercera y más importante: el análisis vital y actualizador, capaz de reformular, repensar, reactualizar el contenido de las fuentes. Sobre esto se deben adoptar algunos criterios hermenéuticos sin los que la interpretación de las expresiones de Don Bosco, de sus posturas teóricas y prácticas, de los modos concretos de vivir la relación con Dios y con la Sociedad, podrían revelarse hasta contraproducentes. La simple repetición de frases de Don Bosco podría hacernos traicionar la identidad salesiana. Se trata en efecto de textos y testimonios propios de una “cultura” ya trasnochada, de una tradición y de una teología que no es desde luego la nuestra y por tanto no es perceptible inmediatamente para nosotros.

La Congregación salesiana ha hecho en los años ’70 y ‘80 del siglo pasado un gran esfuerzo de renovación, cuyo fruto maduro son las Constituciones renovadas. Los salesianos han elaborado una reflexión histórica espiritual, que es ya en sí misma una hermenéutica de las fuentes salesianas y al mismo tiempo de los “signos del tiempo”. Si recorremos el índice analítico de estas Constituciones encontramos una hermosa sorpresa: el nombre de Don Bosco aparece directamente unas cuarenta veces. En los primeros 17 artículos está hasta 13 veces; pero también donde no se lee el nombre, la referencia a su pensamiento, a su praxis, a sus escritos es constante. ¡Y pensar que en el siglo XIX la Santa Sede obligaba a no hacer mención en las Constituciones del nombre y de los escritos del fundador! Esto vale también para otras Constituciones, Reglamentos y Proyectos de vida de otros grupos de la Familia salesiana.

A los cuarenta años del Concilio se debe tener clara conciencia de que la investigación histórica sobre la trayectoria humana y espiritual de Don Bosco ha dado pasos notables hacia adelante, gracias a estudios que han adoptado los nuevos cuadros de referencia, han tenido debidamente en cuenta nuevos métodos de investigación y modernas categorías de evaluación, han recurrido a nuevas perspectivas a partir del análisis de documentos inéditos o a nuevas interpretaciones de documentos ya conocidos. La nueva hagiografía crítica ha obtenido por lo menos dos efectos positivos: ante todo mostrarnos el rostro genuino de Don Bosco y la verdadera grandeza de nuestro Padre; en segundo lugar tener en cuenta a Don Bosco en la historia civil.

Hasta hace algún decenio, en efecto, la historiografía laica sentía una especie de alergia a Don Bosco y no le dedicaba espacio, tal vez por ciertos tonos acaramelados, por un sensacionalismo milagrero, por los sagrados conjuros, que llenaban biografías edificantes e indulgentes con lo maravilloso. Hoy, por el contrario, a Don Bosco se le toma en serio. Obviamente la figura que se presenta en estos casos no puede acusar los criterios historiográficos de los distintos autores, de su mentalidad, de sus premisas ideológicas, de sus fines, de la disponibilidad cuantitativa y cualitativa de las fuentes, del método de interrogación de las mismas, de sus diversos niveles de lectura, del momento cultural que los ha creado.

Todo esto corresponde a la nueva sensibilidad que hay en nuestra Familia, que tiene un mayor amor a la propia vocación y misión. El contacto con Don Bosco, hecho con métodos propios de la investigación histórica, nos ha llevado a medir mejor su grandeza, su genialidad práctica, sus dotes de educador, su espiritualidad, su obra, sólo comprensibles si están plenamente enraizados en la historia de la Sociedad en la que vivió. No hay ningún rechazo a priori de las valiosísimas y respetabilísimas imágenes de Don Bosco que han tenido generaciones de salesianos y de miembros de la Familia Salesiana. Hoy tenemos necesidad de la presentación, ponderación y reelaboración de una imagen de Don Bosco que sea actual, que hable al mundo de hoy en un lenguaje renovado. La validez de la imagen que se ofrece, se juega de hecho que sea aceptada y compartida.

 

 

7.     Qué imagen de Don Bosco vale hoy

 

Frente a esa literatura salesiana, necesariamente en evolución, es evidente que también hoy tenemos necesidad de responder a una serie de preguntas.

¿Quién fue Don Bosco? ¿Qué dijo, hizo y escribió? ¿Con qué modos de vida y acción logró ampliar sus obras de bien? ¿Qué relación existe entre su pensamiento y su acción? ¿Cuáles fueron el origen de sus ideas, su desarrollo y su novedad? ¿Qué conciencia tuvo de sí y de su mensaje al comienzo de su obra y qué percepción tuvo gradualmente a lo largo de su vida? ¿Qué percepción de su obra y de su mensaje tuvieron sus primeros colaboradores laicos y eclesiásticos, los primeros salesianos, las Hijas de María Auxiliadora, los Cooperadores, los alumnos y los ex alumnos? ¿Cuáles fueron las comprensiones y las valoraciones de sus contemporáneos: papa, obispos, sacerdotes, religiosos, autoridades políticas y civiles, dueños del poder económico y financiero, creyentes o no creyentes, las masas?

¿Cuál ha sido la imagen de Don Bosco construida y transmitida por la “tradición histórica”, por los cronistas y los biógrafos contemporáneos, por los testimonios de los procesos, de las conmemoraciones y apoteosis de los aniversarios y de las fechas principales (1915, 1929 1934, 1988, 2009)? ¿Cuáles han sido las interpretaciones de su “misión” histórica? ¿Ha sido ésta una respuesta providencial a las necesidades de una Iglesia perseguida? ¿Una respuesta católica a las peticiones de los tiempos? ¿Una solución del “problema de los jóvenes pobres y abandonados”, del problema social, de la cooperación entre las “clases”? ¿Una promoción de las masas populares, en el respeto del orden vigente? ¿Una acción misionera y civilizadora?

¿Qué caracteriza a Don Bosco? ¿Ha sido el inventor de una “pedagogía” idónea para acercarse a los jóvenes “en peligro y peligrosos”? ¿Maestro de espiritualidad para los jóvenes en riesgo, para las clases bajas, para los pueblos en desarrollo? ¿Santo de la alegría, de los valores humanos, del encuentro con todos sin discriminación? ¿O tal vez todo eso y más todavía?

Hoy debe reconstruirse esa imagen de Don Bosco; es preciso verlo bajo otra luz por una fidelidad que no sea repetición, obsequio a las fórmulas o disociación. No basta limitarse a alguna carta de animación o a algún ensayo de estudiosos; hay que ahondar en la salesianidad todos juntos para llegar a una visión común culta, profesional, profunda, que sepa valorar el patrimonio histórico, pedagógico, espiritual heredado de Don Bosco, que conozca a fondo la realidad juvenil, que tenga claro el perfil del cristiano en la Sociedad de hoy y de mañana con los respectivos cometidos “según las necesidades de los tiempos”. Se trata, con otras palabras, de revisar instituciones y estructuras de asociación y de educación, de releer el Sistema Preventivo en clave de actualidad, de presentar al Mundo y a la Iglesia un estilo particular de educador salesiano.

Hoy más que de crisis de identidad se trata quizá de crisis de credibilidad. Parece estar bajo la tiranía del statu quo, a nivel de resistencias inconscientes más que intencionadas. Aun convencidos de la verdad de los valores teológicos de los que nuestra vida cristiana y consagrada está impregnada, vemos la dificultad de llegar al corazón de nuestros destinatarios para los que deberíamos ser signos de esperanza; estamos alterados por la irrelevancia de la fe en la construcción de su vida; constatamos una escasa sintonía con su mundo; nos sentimos lejanos, por no decir extraños a sus proyectos humanos; percibimos que nuestros signos, gestos y lenguajes no parecen incidir en su vida.

Acaso hay poca claridad sobre el papel de la misión a la que nos dedicamos; algunos tal vez no están convencidos de la utilidad de nuestra misión; puede que no encuentren el trabajo adecuado a sus aspiraciones, porque no sabemos; quizás se sienten aprisionados por las urgencias que se hacen cada vez más acuciantes; o se da una desestima más ad intra que ad extra. La historia nos podrá socorrer en la acción de actualización del carisma; me limito a algunos ejemplos, de los que sólo desarrollo el primero.

7.1. Evolución de las obras y de los destinatarios. Para Don Bosco la apertura de nuevas obras está determinada por las exigencias de la situación. La pobreza cultural de los jóvenes provoca en Valdocco la apertura de una escuela elemental dominical, después nocturna y después diurna, sobre todo para los que no pueden acudir a la pública; después otras clases, talleres diversos y así sucesivamente hacia la compleja “casa aneja” al Oratorio de S. Francisco de Sales. Esta primera obra, de simple lugar de encuentro los días festivos para la catequesis y para los juegos, se convierte en lugar de formación global; para un cierto número de jóvenes sin medios de subsistencia se convierte en una casa, en un lugar de residencia. Al patio y a la iglesia, donde se desplegaba un programa con la posibilidad de los sacramentos, de instrucción religiosa elemental, de entretenimiento, de intereses, de festividades religiosas y civiles, de regalos, se han añadido otras estructuras para ofrecer el aprendizaje de un oficio, evitando acudir a fábricas de la ciudad demasiado frecuentemente inmorales y peligrosas para los jóvenes ya gravados por un pasado difícil. Y a continuación se fundaron otras casas salesianas, otros colegios-internados, otros pequeños seminarios confiados a la ya nacida Sociedad salesiana.
Al primer oratorio parece que acuden tanto ex-corrigendos como jóvenes inmigrados y en general jóvenes sin fuertes lazos con sus respectivas parroquias. En un escalón más alto, se acoge después en el albergue a estudiantes y aprendices alejados de su “patria”, que van a la ciudad a aprender un oficio o a realizar estudios que los capaciten para un empleo. A un cierto número de jóvenes pertenecientes a esta categoría o con dificultades especiales o con alguna mayor disponibilidad económica se les abre la posibilidad de aprender el oficio en talleres organizados o de hacer los estudios en clases organizadas en colegios. Esta población entra normalmente en dos diferentes categorías sociales: la “clase pobre” y la “clase media”. Exigencias especiales favorecen también la institución de escuelas elementales, técnicas, de humanidades, profesionales, agrícolas, externados, pensionados, también para la clase media-alta en los que se trata de contrarrestar análogas iniciativas sociales o protestantes o de asegurar una educación integralmente católica según el sistema preventivo.
La preferencia por los más pobres la considera Don Bosco compatible con el masivo destino de escuelas y colegios a la “clase media”. No se niega a cualquier género de personas, pero prefiere ocuparse de la clase media y de la clase pobre, porque necesitan más la ayuda y la asistencia. De todos modos el mecanismo de las “pensiones” que pagar no consintió grandes aperturas hacia los pobres de verdad o casi pobres, fuera de limitados grupos de muchachos sostenidos por la beneficencia pública o privada. Una categoría, de carácter especial, la constituyen los jóvenes más pobres y en peligro que se encuentran en lugares de misión, a los que les falta la luz de la fe. Naturalmente la acción misionera no se para en los jóvenes, sino que trata de alcanzar a todo el mundo que los rodea; ni se limita a la acción estrictamente pastoral, sino que se interesa por todos los aspectos de la vida ciudadana, cultural, social, según lo que Don Bosco mismo dice en una carta del 1º de noviembre de 1886: llevar “la religión y la civilización a aquellos pueblos y naciones que ignoran todavía la una y la otra”. Se privilegia también sin distinción de clases a los jóvenes que manifiestan propensión hacia el estado eclesiástico o religioso; es el don más precioso que se puede hacer a la Iglesia y a la misma Sociedad civil.
Finalmente se deben constatar las anchas zonas de la marginación de “jóvenes pobres y abandonados” en dimensiones particularmente graves, y a veces trágicas, que quedan fuera de la actividad de Don Bosco: la franja emergente de los jóvenes cada vez más implicados en la industria naciente a los que hay que atender, proteger, formar social y sindicalmente; el mundo de la delincuencia juvenil verdadera que existe en Turín; las obras para la recuperación de los menores delincuentes o próximos a la delincuencia, con algunas de las cuales por otra parte entró en tratos más o menos claros; el inmenso continente de la pobreza y de la miseria no sólo en las ciudades, sino también, y con frecuencia más aún, en el campo; el amplio planeta del analfabetismo y de la elevación artesanal y profesional; el mundo del paro y de la emigración; y además el mundo de los deficientes mentales y físicos.
Pues bien, esta página de historia nos obliga a reflexionar en perspectiva actualizadora. ¿Quiénes son hoy nuestros destinatarios privilegiados? ¿Cuáles son las obras adecuadas a sus necesidades? La desaparición en las Constituciones salesianas renovadas de la relación de las obras salesianas típicas, que veía en primer lugar a los oratorios, ¿no ha contribuido acaso a la reducción del número de nuestros clásicos oratorios, sustituido a lo mejor por escuelas superiores y universitarias?

7.2. Juventud abandonada. Como he dicho al comienzo del Aguinaldo, la importancia histórica de Don Bosco hay que encontrarla, más allá que en las obras y en ciertos elementos  metodológicos relativamente originales, en la percepción intelectual y emotiva de la importancia universal, teológica y social, del problema de la «juventud abandonada», y en la gran capacidad de comunicarla a dilatadas filas de colaboradores, de bienhechores  y de admiradores.
Preguntémonos entonces: ¿somos hoy sus fieles discípulos? ¿Vivimos todavía la tensión que Don Bosco tuvo entre ideal y realización, entre intuición y concreción en el tejido social en el que se encontraba trabajando?

7.3. Respuesta a las necesidades de los jóvenes. Considerado que las iniciativas asistenciales y  educativas de Don Bosco en favor de los jóvenes se suceden en el plano práctico con una cierta “ocasionalidad”, hay que decir también que sus “respuestas” a los problemas no se dan basándose en un “programa” orgánico y puestas en marcha a partir de una visión previa y global del cuadro social y religioso del siglo XIX. Al encontrarse con problemas particulares, da respuestas igualmente inmediatas y localizadas, hasta que poco a poco las diversas condiciones juveniles lo llevan a proponerse globalmente “el problema de los jóvenes” en todo el mundo. En la vida heroica de Don Bosco aparecen planes preventivos y estrategias de acción a largo plazo, preparados en el despacho – cosas todas que hoy consideramos justamente indispensables – sino que surgen soluciones eficaces a problemas inmediatos, a veces imprevistos.
¿Qué significa todo esto hoy para nosotros que vivimos en una “aldea global”, donde todo se conoce en tiempo real, donde está a nuestra disposición una nutrida secuencia de ciencias especializadas? ¿Cómo pasar de una política de emergencia a una política de programación? ¿En base a qué precisos criterios podemos guiar las decisiones concretas dentro de los pliegues de la historia, sin quedarse fuera? ¿Cómo evitar el doble riesgo de perder unidad e identidad, por querer hacer todo, por abandonar obras estables y pasar a cosas pasajeras no bien pensadas, para perder recursos a corto plazo; y el riesgo de absolutizar y hacer perennes aspectos contingentes del Fundador, acabando por contentarse con lo que ya se posee, con lo ya conocido, con una tradición fosilizada, defendida de buena fe por fidelidad al pasado?

7.4. Flexibilidad de respuesta a las necesidades. Del análisis histórico resulta la genialidad y la capacidad de Don Bosco de coordinar, en torno a su vocación de “salvar” a los jóvenes, obras educativas destinadas a los jóvenes de las clases populares urbanas con otras muchas actividades que buscaban otros fines. Alrededor del pequeño Oratorio de Valdocco Don Bosco logró polarizar a miles de jóvenes y conquistar el asentimiento y la ayuda del tejido eclesiástico con un radio cada vez más amplio, virtualmente universal. Y la clausura de obras como el oratorio del Ángel Custodio en Turín, de casas salesianas aisladas como Cherasco, Trinidad, no era indicio de un repliegue, sino de un reasentamiento y de un nuevo impulso. Lo prueban la ampliación de su misión con obras dirigidas a la formación juvenil: la fundación de las FMA, las misiones, los Cooperadores, el Boletín salesiano. Estas diferentes iniciativas ponen en evidencia la continua coordinación, relanzamiento y posterior desarrollo.
Ahora bien, ¿cómo no observar que en nuestra acción debe considerarse importante no sólo y no tanto la imagen, sino la realidad que se relanza y se desarrolla con una coordinación sensata? ¿Tal vez la forzada clausura de tantas obras no corre el riesgo con frecuencia de parecer un simple repliegue, en vez de una opción en orden a un desarrollo ulterior?

7.5. Pobreza de vida y trabajo incansable. En los apuntes que la tradición ha llamado “Testamento espiritual”, Don Bosco dejó escrito: “Desde el momento en que comience [a] aparecer comodidad en las personas, en las habitaciones o en las casas, comienza al mismo tiempo la decadencia de la nuestra congregación […] Cuando empiecen entre nosotros el bienestar o las comodidades, nuestra pía Sociedad ha terminado su camino” (P. Braido (ed.). “Don Bosco educatore, scritti e testimoni”, Roma LAS 1992, pp. 409, 437).
Hoy inspirándonos en Don Bosco ¿no deberíamos tener la valentía de decir que cuando una comunidad religiosa se arrincona ante la TV y la prensa horas y horas, es señal de que, al menos en ese sitio, hemos acabado nuestro camino? ¿Qué decir cuando una obra salesiana se reduce a cuatro muchachitos con un balón y una TV y no encuentra tiempo para convocar a jóvenes para implicarlos en las propias iniciativas, pero que lo encuentra en cambio para hacer viajes culturales? Tal vez esa obra ha hecho su camino, dado que, aunque el número de jóvenes en una obra salesiana local no lo es todo, ahí está el termómetro de la razón de ser de una casa en ese lugar determinado.

 

8.     Sugerencias para la concreción del Aguinaldo

 

A partir del conocimiento de la historia de Don Bosco, los grandes puntos de referencia y los compromisos del Aguinaldo de 2012 podrán ser los siguientes. Cada grupo de la Familia salesiana podrá posteriormente concretarlos.

8.1. La caridad pastoral caracteriza toda la historia de Don Bosco y es el alma de sus múltiples obras. Podríamos decir que ella es la perspectiva histórica sintética a través de la cual se debe leer toda su existencia. El Buen Pastor conoce a sus ovejas y las llama por su nombre; él sacia su sed en aguas cristalinas y las apacienta en frescos prados; se hace puerta a través de la que las ovejas entran en la majada; da su vida para que las ovejas tengan vida en abundancia(cf. Jn 10,11 ss.). La fuerza más grande del carisma de Don Bosco consiste en el amor que bebe directamente en el Señor Jesús, imitándolo y permaneciendo en Él. Este amor consiste en “dar todo”. De ahí brota su voto apostólico: “He prometido a Dios que hasta el último aliento de mi vida será para mis jóvenes pobres”. (MBe XVIII, 229; cf. Const. SDB 1). ¡Este es nuestro sello y nuestra credibilidad ante los jóvenes!

8.2. En la historia de Don Bosco conocemos las muchas fatigas, renuncias, privaciones, sufrimientos, los numerosos sacrificios que hizo. El buen pastor da la vida por sus ovejas. A través de las necesidades y los requerimientos de los jóvenes, Dios está pidiendo a cada miembro de la  Familia salesiana que se sacrifique a sí mismo por ellos. Vivir la misión no es, pues, un activismo vano, sino más bien conformar nuestro corazón según el corazón del Buen Pastor, que no quiere que ninguna de sus ovejas se pierda. Es una misión profundamente humana y profundamente espiritual. Es camino de ascesis; no hay presencia animadora entre los jóvenes sin ascesis y sacrificio. Perder algo o, mejor, perder todo para enriquecer la vida de los jóvenes es la base de nuestra entrega y de nuestro compromiso.

8.3. En el acta de fundación de la  Congregación salesiana y sobre todo en el desarrollo histórico de la múltiple obra d Don Bosco, podemos conocer las finalidades de la Familia salesiana, que poco a poco se iban delineando. Nosotros estamos llamados a ser apóstoles de los jóvenes, de los ambientes populares, de las zonas más pobres y misioneras. Hoy más que nunca nos comprometemos a comprender y asumir críticamente la cultura mediática y nos servimos de los medios de comunicación social, especialmente de las nuevas tecnologías, como potenciales multiplicadores de nuestra acción de cercanía y de acompañamiento de los jóvenes. Mientras estamos en medio de ellos como educadores, como hizo nuestro Padre Don Bosco, los implicamos como nuestros primeros colaboradores, les damos responsabilidades, los ayudamos a asumir iniciativas, los capacitamos para ser apóstoles de sus coetáneos. De ese modo nosotros podemos dilatar cada vez más el gran corazón de Don Bosco, al que le habría gustado llegar y servir a los jóvenes en todo el mundo.

8.4. Los buenos propósitos no pueden quedar en declaraciones vacías. El conocimiento de Don Bosco se debe traducir en compromiso con y para los jóvenes. Como a Don Bosco, ¡hoy Dios nos espera en los jóvenes! Por eso debemos encontrarnos con ellos y estar con ellos en los lugares, en las situaciones y en las fronteras donde ellos nos esperan; para eso hay que ir a su encuentro, dar siempre el primer paso, caminar junto a ellos. Es consolador ver que en todo el mundo la Familia salesiana se está prodigando por los jóvenes más pobres: chicos de la calle, muchachos marginados, muchachos obreros, muchachos soldados, jóvenes aprendices, huérfanos abandonados, niños explotados. Pero un corazón que ama es siempre un corazón que se interroga. No es suficiente organizar actividades, iniciativas, instituciones para los jóvenes; hay que asegurarles la presencia, el contacto, la relación con los jóvenes: se trata de volver a la práctica de la asistencia y redescubrir la presencia en el patio.

8.5. También hoy Don Bosco nos hace preguntas. A través del conocimiento de su historia, debemos escuchar los interrogantes de Don Bosco dirigidos a nosotros. ¿Qué más podemos hacer por los jóvenes pobres? ¿Cuáles son las nuevas fronteras en la región en la que trabajamos, en el país en que vivimos? ¿Tenemos oídos para escuchar el grito de los jóvenes de hoy? Más allá de las ya citadas pobrezas, ¿cuántas otras pesan en el camino de los jóvenes de hoy? ¿Cuáles son las nuevas fronteras en las que debemos comprometernos hoy? Pensemos en la realidad de la familia, en las urgencias de la educación, en la desorientación de la educación afectiva y sexual, en la falta de compromiso social y político, en el reflujo en lo privado de la vida personal, en la debilidad espiritual, en la infelicidad de tantos jóvenes. Escuchemos el grito de los jóvenes y ofrezcámosles respuestas a sus necesidades más urgentes y más profundas, a las necesidades concretas y espirituales.

8.6. De su trayectoria personal nosotros podemos conocer las respuestas de Don Boscofrente a las necesidades de los jóvenes. De este modo podemos considerar mejor las respuestas que ya hemos dado y qué otras respuestas dar. Es verdad que las dificultades no faltan. También habrá que “enfrentarse a los lobos” que quieren devorar el rebaño: el indiferentismo, el relativismo ético, el consumismo que destruye el valor de cosas y experiencias, las falsas ideologías. Dios nos está llamando y Don Bosco nos anima a ser Buenos Pastores, a imagen del Buen Pastor, para que los jóvenes puedan encontrar todavía Padres, Madres, Amigos; ¡puedan encontrar sobre todo Vida, la Verdadera Vida, la vida en abundancia ofrecida por Jesús!

8.7. Las Memorias del Oratorio de San Francisco, escritas por Don Bosco tras la petición explícita del Papa Pío IX, son un punto de referencia imprescindible para conocer el camino espiritual y pastoral de Don Bosco. Se escribieron para que nosotros pudiésemos conocer los comienzos prodigiosos de la  vocación y de la obra de Don Bosco, pero sobre todo para que asumiendo las motivaciones y las decisiones de Don Bosco, cada uno de nosotros personalmente y cada grupo de la Familia salesiana pudiésemos hacer el mismo camino espiritual y apostólico. Se las ha definido como “memorias de futuro”. Por eso durante este año comprometámonos a conocer este texto, a compartir sus contenidos, a difundirlo, sobre todo a ponerlo en manos de los jóvenes: se convertirá en un libro inspirador también para sus decisiones vocacionales.

 

9.     Conclusión

 

Como otras veces, deseo concluir la presentación del Aguinaldo con una anécdota sapiencial. Pero antes de ello quisiera evocar aquí el “sueño de los nueve años”. Me parece, en efecto, que esta página autobiográfica ofrece una presentación sencilla, pero al mismo tiempo profética del espíritu y de la misión de Don Bosco. En él se define el campo de acción que se le confía: los jóvenes; se indica el objetivo de su acción apostólica: hacer que crezcan como personas por medio de la educación; se ofrece el método educativo que resultará eficaz: el Sistema Preventivo; se presenta el horizonte en el que se mueve toda su actuación y la nuestra: el diseño maravilloso de Dios, que antes que nadie y más que cualquier otro, ama a los jóvenes. Es Él quien los enriquece con tantos dones y los hace responsables en su crecimiento, con vistas a una inserción positiva en la Sociedad. En el proyecto de Dios se les garantiza no sólo éxito en esta vida, sino también la felicidad eterna. Pongámonos, pues, a la escucha de Don Bosco y prestemos oído al ‘sueño de su vida’.

«El muchacho del sueño»

Con aquellos años tuve un sueño. Quedaría grabado profundamente en mi mente para toda la vida. Me parecía estar cerca de mi casa, en un patio muy grande, donde se divertía un gran número de muchachos. Algunos reían, otros jugaban, no pocos blasfemaban. Al oír las blasfemias, me lancé en medio de ellos. Traté de hacerles callar usando puñetazos y palabras.
En aquel momento apareció un hombre majestuoso, vestido noblemente. Un manto blanco cubría toda su persona. Su rostro era tan luminoso que yo no era capaz de fijar en él mis ojos.
Me llamó por mi nombre y me ordenó que me pusiese al frente de aquellos muchachos. Añadió: 
– Tendrás que hacerlos amigos tuyos con bondad y caridad, no pegándolos. Ánimo, habla, explícales que el pecado es una cosa mala, y que la amistad con el Señor es un bien precioso.
Confuso y asustado respondí que yo era un muchacho pobre e ignorante, que no era capaz de hablar de religión a aquellos pilluelos. 
En aquel momento los muchachos dejaron de pelearse, de gritar y de blasfemar y rodearon al que estaba hablando. Casi sin saber lo que decía, le pregunté: 
– ¿Quién sois vos que me mandáis cosas imposibles? 
– Precisamente porque estas cosas te parecen imposibles – respondió – tendrás que hacerlas posibles con la obediencia y adquiriendo la ciencia. 
– ¿Cómo podré adquirir la ciencia? 
– Yo te daré la maestra. Bajo su guía se llega a ser sabio, pero sin ella también el que es sabio se convierte en un pobre ignorante. 
– ¿Pero quién sois vos? 
– Yo soy el hijo de aquella a la que tu madre te enseñó a saludar tres veces al día. 
– Mi madre me dice siempre que no esté con los que no conozco sin su permiso. Por eso decidme vuestro nombre. 
– Mi nombre pregúntaselo a mi madre. 
En aquel momento vi cerca de él a una mujer majestuosa, vestida con un manto que resplandecía por todas partes, como si en cada punto hubiese una estrella luminosísima. Viéndome cada vez más confuso, me hizo un gesto para que me acercase a ella, me tomó con bondad de la mano y me dijo: 
– Mira. 
Miré y me di cuenta de que aquellos muchachos habían desaparecido todos. En su lugar había una multitud de cabras, perros, gatos, osos y muchos otros animales. La mujer majestuosa me dijo: 
– Este es tu campo, es aquí donde debes trabajar. Crece humilde, fuerte y robusto, y lo que ahora verás que sucede a estos animales, tú lo deberás hacer por mis hijos. 
Seguí mirando, y he aquí que en lugar de animales feroces aparecieron otros tantos mansos corderos, que saltaban, corrían, balaban, festejando a aquel hombre y a aquella señora. 
Al llegar aquí, en el sueño, me eché a llorar. Dije a aquella señora que no entendía todas aquellas cosas. Entonces me puso una mano sobre la cabeza y me dijo: 
– A su debido tiempo lo comprenderás todo. 
Apenas dijo aquellas palabras un ruido me despertó. Todo había desaparecido. 
Yo quedé aturdido. Me parecía que tenía las manos que me dolían por los puñetazos que había dado, que la cara me quemaba por las bofetadas recibidas. Además, aquel personaje, aquella señora, las cosas dichas y las cosas oídas me ocuparon de tal modo la mente, que aquella noche no pude ya recuperar el sueño (Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales, texto crítico deANTONIO DA SILVA FERREIRA, LAS Roma 1991).

Don Bosco escribe en las “Memorias del Oratorio” que aquel sueño “quedó profundamente grabado en su mente durante toda su vida”, hasta poder decirnos a nosotros hoy que él vivió para hacer realidad aquel sueño.
Pues bien, lo que nuestro querido Padre tomó como programa de vida haciendo de los jóvenes la razón de su existencia y empleando para ellos todas sus energías hasta su último aliento, es lo que todos nosotros estamos llamados a hacer.
La anécdota, que esta vez tomo de la historia, ilustra elocuentemente el deseo de don Bosco de ser para los jóvenes un signo de amor que no decaerá nunca. Lo oí contar por primera vez a un hermano de la Inspectoría de Australia, don Lawrie Moate, en un discurso de felicitación con ocasión de una celebración de jubileos de vida salesiana, en Lysterfield el 9 de julio de 2011:

“Y nuestra música sigue”

“Imaginad el patio de la  prisión de una colonia europea del siglo XVII. Es el alba y mientras el sol empieza a llenar de colores dorados el cielo de oriente, sacan a un preso al patio para su ejecución. Se trata de un sacerdote condenado a muerte por haberse opuesto a las crueldades con que se trataba a los indígenas de la colonia. Ahora está de pie contra el muro y contempla a los que forman el pelotón de ejecución, compatriotas suyos. Antes de vendarle los ojos, el oficial al mando le hace la pregunta tradicional sobre un último deseo que satisfacer. La respuesta llega como una sorpresa para todos: el hombre pide tocar por última vez su flauta. A los soldados se les ordena posición de descanso, mientras esperan que el preso toque. Cuando las notas empiezan a llenar el aire silencioso de la mañana, el ambiente de la cárcel queda como inundado por una música que se expande dulce y encantadora llenando de paz aquel lugar marcado cotidianamente por la violencia y la tristeza.  El oficial empieza a preocuparse porque, cuanto más se prolonga la música, tanto más parece absurdo el cometido que le corresponde. Ordena, pues, a los soldados que abran fuego. El sacerdote muere al instante pero, con el estupor de todos los presentes, la música sigue su danza de vida. A despecho de la muerte. 
¿De dónde viene esta dulce música de la vida?

En una Sociedad totalmente empeñada en sofocar el mensaje de Cristo, pienso que nuestra vocación es encontrarnos entre aquellos que siguen haciendo escuchar la música de la vida. En un mundo que está haciendo de todo para que los jóvenes no escuchen la insistente invitación de Cristo a “venir y ver”, es nuestro privilegio haber sido atraídos por Don Bosco y animados a tocar la música del corazón, a testimoniar la trascendencia, a ejercitar la paternidad espiritual, a estimular a los muchachos en una dirección que corresponda a su dignidad y a sus deseos más auténticos.

¡Esta es la danza del Espíritu! ¡Esta es la música de Dios!

Queridos hermanos, hermanas, miembros todos de la  Familia Salesiana, amigos de Don Bosco, jóvenes todos, os deseo a todos un año nuevo 2012 rico en bendiciones de Dios y un renovado esfuerzo para seguir haciendo oír la música, nuestra música, la que llena de sentido la vida de los jóvenes y les hace encontrar la fuente de la alegría.

A todos un abrazo y mi recuerdo ante el Señor.

Roma, 31 de diciembre de 2011

 

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor